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Mamá

luis acebesluis acebes Pedro Abad s.XII
editado noviembre 2008 en Narrativa
Cómo duele, mamá, es un dolor incomparable y constante, un retorcer de huesos que no descansa ni por la noche y no hay medicinas ni distancias capaces de alejarlo. Recuerdo los días que caían como plumas en medio de la luz del convento y sus campanas musicales: toda una estrategia para que las golondrinas fuesen y viniesen cada año frente a nuestra casa. Me recuerdo de pie en una silla del comedor mientras el chico de la tienda iba poniendo botes de leche condensada alineados y construía castillos y fortalezas que después eran arrasadas por tus manos. La casa era un barco ausente cuyo motor era el tictac de un reloj de pared que daba ritmo a las horas como un percusionista paciente y esmerado.
Yo ya no sé si miramos fotos o son ellas las que nos miran a nosotros, mamá, y se ríen de nuestros ojos de pena al comprobar que el tiempo ha pasado su fregona por nuestras caras borrando lo que éramos y lo que queríamos ser. Cuando estoy delante de esas fotos me paralizo, la sangre también se para a mirar, curiosa, y siento una debilidad imposible que vence poco a poco la resistencia de mi carne.
Mamá, algunas veces me ponía enfermo y me quedaba en casa, en la cama, mirando por el balcón el movimiento de la luz y los embites del viento en los cristales y tú exprimías limones y los mezclabas con agua en una jarra; desde mi cuarto escuchaba el tintineo de la cuchara golpeando sus paredes de vidrio y anticipaba ya el sabor exacto que curaba.
Son difíciles las confesiones. La garganta se te llena de serrín y hay algo paralizante que te frena; también hay pudor, la dignidad que quiere su propia música y sus biógrafos apostados a nuestros pies para ir transformando la historia real en inventada. El hecho de contar es mentiroso, cada vez que las palabras salen en busca de la verdad se tropiezan con la memoria. Pero yo no quiero la verdad ni sabría reconocerla en medio de una infancia tan llena de objetos preciosos. Hablo del cuarto que llamábamos Safari en el que jugamos hasta el día que murió la abuela, después el abuelo vino a vivir con nosotros. ¿Porqué se tuvo que acabar ese tiempo? La campana del ring sonó demasiado pronto; todavía no había acabado el combate, las fieras de mi imaginación tuvieron que buscar escondite en otra parte, durante días corrieron furtivas por la casa, asustadas de cualquier ruido o presencia, con la lengua fuera, deseando un poco de paz para que volviera el juego con sus luces sagradas y sus tambores.
Duele la expulsión, mamá, de ese mundo precintado al vacío, de la sensación de tener alas en los años anteriores al colegio, del cubito azul que un día me ayudaste a sacar al balcón para que yo recogiera la nieve que caía; te recuerdo levantándome en vilo y yo estirando mucho el brazo para que los copos llenaran el cubo, nieve cayendo con absoluta majestad, muy despacio. Creo que todas las madres deberían hacer eso con sus hijos, hacerles partícipes de los milagros, reforzar su fe en lo sobrenatural de todos los días, la única religión posible, mamá.
Un ejemplo: el día que te perdí de vista en una tienda y decidí volver solo a casa. Recuerdo subiendo la calle Luchana con los ojos muy abiertos, mi primera expedición en solitario. Yo estaba muy tranquilo y no pensé en ti, en tus lágrimas cayendo nerviosas de tus ojos al comprobar que me habías perdido. Yo, adulto recién nacido, giraba por Santa Engracia camino a casa, porque sabía dónde vivía y para mí era algo natural, volvía a mi casa, a mi castillo encantado; tú estarías destrozada, como sólo hoy que tengo hijas soy capaz de imaginar. Luego, por la noche, escuché tus lágrimas y la voz de papá. No sé porqué pero aquél día dormí en el salón y recuerdo las sombras de la lámpara de araña en el techo cuando los coches pasaban, fue una noche de verano espectral aunque yo estaba tranquilo y no entendía tu enfado. La sombra de la lámpara se movía dulcemente por el techo, lo barría, bailaba, mis ojos no se querían apartar de aquel juego, de aquella danza que inauguraba el verano con tu sollozo de fondo.
Ser padre lo cambia todo, mamá.
Me refiero a que la vida es otra desde el momento que sales de un quirófano con un bebé en brazos. A mí me pasó con Alba. No estaba nervioso, sabía lo que estaba pasando, sentí lo mismo que el día que fui solo a casa, era algo natural. Las puertas del quirófano se abrieron y aparecí con mi hija. No olvido tu cara, mamá, con todas sus luces encendidas al verla. Había más gente contigo pero yo te la traía a ti. “Mamá, fíjate lo que tengo”, me hubieran dado ganas de decir. Volvía a ser el niño que nunca he dejado de ser, el que le enseña un tesoro a su madre y busca a gritos su aprobación.
Cuando te conviertes en padre tu vida entera se convierte en otra cosa. El atrezo cambia muy rápido como en esas obras malas de teatro. Un nuevo decorado al que te dicen que salgas a actuar de improviso. Yo estaba allí, con mi bebé en brazos y te miraba preguntándome si sería capaz de hacerlo tan bien como tú lo hiciste conmigo.
Sentí mucho amor en aquel pasillo y sentí una rabia adulta (como de lobo) que inundó mi corazón, un sentimiento nuevo y vigoroso no parecido a nada anterior. Rabia porque mis manos vibraban como encendidas y a la vez sentía cómo se cortaban los hilos de mi infancia, de golpe, y mi nave se quedaba a merced de unas corrientes nuevas y desconocidas.
¿Porqué pesa todo tanto? ¿Porqué no tendremos el don de la fragilidad, esa misma que gobierna nuestras vidas? Los acontecimientos van aplastándonos, somos flores bajo el zapato del tiempo, estrujadas, pétalos muertos que luego se secan y desaparecen.
Siempre me ha gustado verte coser. Las tardes pasaban como caravanas de hormigas por delante de mis libros abiertos, en el comedor. Papá se echaba mucha colonia y paseaba por la casa, arriba y abajo, iba y venía haciendo muchas clases de ruidos. Tú cosías como una virgen de Van Eyck escuchando Radio Intercontinental, “aquí Radio Intercontinental, Madrid”, decía el locutor y papá lo repetía. Luego papá se iba y nos dejaba un silencio amistoso, como de espuma, que iba invadiendo cada rincón de la casa. Había una mesa camilla y un calor que ascendía por sus faldas mientras multiplicaba a tu lado; tú seguías cosiendo y a ratos me contabas cosas que eran como el postre de la merienda, dulces palabras que defenestraban a los números y arrebataban mi atención.
Contar, el poder de contar, las palabras organizadas en ejércitos que van tomando tus oídos y se entregan a esa poderosa fuerza enemiga que asedia. Tú contabas, y dada igual lo que contases, eras esa agricultora gigante que esparcía semillas para que mi campo germinase. Ese poder no lo tenía ningún locutor de la radio ni los que -muy peinados- daban el telediario por la noche, mamá.
A veces miro a mis dos hijas intentando recordar lo que tiene que haber en la mirada de un padre. Repaso mentalmente la lista que fui haciendo de pequeño. Sobre todo tiene que haber amor; la lista sólo tiene un punto y se resume en un mandamiento: amor, palabra tan difícil y denostada, tan ridículamente copiada por los mercaderes que nos quieren vender cosas, por las películas ñoñas que simplemente lo sobrevuelan. Pero es el amor y sólo él quien prevalece después de todas las batallas. El amor gana.
Muchas veces le hablo de ti a Alba. Qué fácil resulta. Juego a ser la Sherezade hipnótica de tu legado, de las historias que aprendí a tu lado, del fragilísimo tacto de tu corazón, tan grande y bueno. Alba me mira y en ella advierto lo que tú advertirías conmigo hace tanto ya.
El amor es la mejor escuela, la que nunca pasa de moda. El amor nos convierte en embajadores felices del amor; es el único y mejor testigo que podemos pasar. Ese sentimiento que lucha en las adversidades, que llena el estómago, que seca las lágrimas, que une, que redime, que susurra palabras de calma en las tormentas, que abre el camino o que lo inventa si no lo hay: amor prodigioso, amor a cuyo lado cualquier templo es una pomposa chuchería.
Ese sentimiento hace que puedas pescar peces con una alcayata, ¿te acuerdas? Yo quería pescar y papá no quería comprarme una caña. Quería pescar como habría visto hacerlo a alguien en una película, no sé, el caso es que un día volviendo de El Escorial vimos un río, tú le dijiste a papá que parara un momento y bajaste del coche conmigo para intentarlo. Estábamos pescando asomados a un puente de piedra. Bajé la alcayata muy despacio atada al hilo, te pregunté si a los peces les gustaban las galletas y me dijiste que sí. Papá se desesperaba dentro del coche y pitaba para que nos fuéramos. Creo que para pescar hay que tener calma (como para casi todas las cosas) y tu mano se posó sobre mi pelo para que restara importancia a sus pitidos. Volvimos a casa sin peces pero con una enseñanza: la fe es más importante que la pesca.
La calma, sí, la paciencia, permitir a alguien tropezarse millones de veces con su piedra favorita y no decir nada, no desanimar, no abrillantar ni engrasar la máquina de los prejuicios para emitir esos “te lo dije” o “te avisé de que pasaría lo que ha pasado”. La paciencia es la compañera sentimental del amor, su amiga, su aliada, la que lo despide cada mañana cuando va a trabajar, cuando llueve, cuando luce grande el sol. La paciencia abarca en sus brazos todas nuestras locuras e infamias. Y nos perdona y nos peina con su peine de plata antes de ir a dormir.
Tú siempre tenías muchas cajitas de paciencia para mí. Unas veces de paciencia y otras de respeto, mamá. Es importante conocer la línea que delimita a una persona, sus fronteras, su soberanía frente a los otros. Creo que por eso siempre te ha gustado coser, es algo que ha desarrollado tu paciencia o quizá algo que tu paciencia ha alimentado en secreto; cada puntada era un agujero por el que salía disparada la presión de los días, como un preso que a diario perfora la pared de su celda con una cuchara hasta que, al cabo de los años, construye un túnel por el que escapar. Cosías y hacías jerseys. Había que probárselos muchas veces antes de acabarlos, había que levantar los brazos y estarse muy quieto mientras tú contabas y apuntabas. Tus jerseys nunca me gustaron mucho. Picaban. Me hacían sentir un poco ridículo en el colegio pero sé que te gustaba hacérmelos y que eso podía con lo otro.
Cuando paso por la calle Caracas no me pongo triste. Lo que me da tristeza son otras cosas, todo lo que realmente encierra mezquindad o malicia; pero pasar por esa calle y ver los que aún son los balcones de nuestra casa, no. Me alegra recordar mis días allí, la tranquilidad de los domingos, asomarse y ver el coche de papá reluciente como una pelota blanca y la fuente que había arriba y en la que muchos taxistas paraban a refrescarse o a lavar el coche. Por la noche había gatos. Salían por el hueco de una ventana rota que había en la imprenta. Me gustaba el ruido de las máquinas de la imprenta, el traqueteo sordo y constante que sólo cesaba por la noche. Los gatos entraban y salían y jugaban a perseguirse por la acera.
Me acuerdo de una foto en blanco y negro, estaba con una muñeca que casi era más alta que yo. Mi pelo brillaba con el sol. Me gustaba mucho aquella muñeca de la que ya no recuerdo el nombre. Estaba abrazado a ella con fuerza (mi primer amor) y tú me sacaste una foto. Otra vez la fotografía, esa dama obsesiva que se complace en mentirnos muy bajito al oído: “tú una vez estuviste aquí y fuiste así; tú una vez pisaste el mundo y sonreíste ante sus prodigios.” ¿Tú miras las fotos del pasado, mamá? Creo que a veces te entran unas ganas súbitas, muy grandes, pero siento que no lo haces y es por lo mismo que tampoco yo lo hago. Una fotografía puede destruir un recuerdo. Sé que las mejores fotos están en los polvorientos archivos de nuestra mente; allí permanecen intactas, invioladas, ajenas a la química del tiempo y sus colores lavados, a esa explosión magenta que lo va abarcando todo como en un sueño.
Mamá, qué más decirte, qué más palabras ordenar aquí con la excusa de tu cumpleaños, de tus setenta y cinco años de vida, palabras que llegan hoy aprovechando este ahora tan especial en mi vida, esta parada en medio del desierto en la que alguien me ha dicho que mirara hacia atrás antes de mirar hacia delante. Cómo duele, mamá, llegar a este punto del itinerario y descubrirte en la misma emboscada, la trampa que a todos los hombres les espera en el mismo punto de su vida. Verse en una estación que no figuraba en los mapas y mirar alrededor buscando señales, indicios, salidas. Es el momento en que los ojos se abren de verdad y lo ves todo en la distancia, ves mentiras y verdades agrupadas como edificios en una ciudad, ves el tiempo en perspectiva con sus manos ajadas y sabias que reposan sobre el horizonte.
Ahora pienso en tus cuarenta años, mamá, esa misma región que ahora yo piso asustado, pienso en cómo sería tu sensación y cómo, seguramente, sentirías lo que muchos antes han sentido. El hombre y su tiempo, el combate más desigual de la Historia; y entre medias las luces de un sueño, los fulgores que chisporrotean en el aire y que son, a fin de cuentas, los testigos de nuestro existir.
Uno es lo que es y lo que transporta dentro. Uno es su destino y su propio equipaje, lo que vale y lo que no, los recuerdos de un viaje, la sordidez de un pitido chirriante en la cabeza al recordar. Uno es su propia sombra que le acompaña y le recuerda, que le conmina a cumplir el mandato: avanzar, continuar, acabar de dibujar su propia estela.
Ahora mi mirada se engrandece cada vez que miro a mis hijas y en ellas veo la continuación de todo, el lápiz nuevo que seguirá trazando el camino, con sus pasos, con su propios miedos, con su aura saltarina que la alegría se encargará de mantener a salvo. Todas nuestras torpezas quedan exculpadas. Nuestros vanos intentos y la vanidad de pensarnos más grandes que el propio mundo. Tu vanidad siempre fue muy pequeña -y te lo agradezco, mamá-, otra buena enseñanza, otra moneda que cae magnífica en el cofre. Siempre has sabido ser exactamente lo que eres. Qué importante y qué difícil misión la de saber tu peso exacto, tu cualidad exacta, tu lugar y tu dimensión; sin engaños, sin esas patéticas demostraciones que luego he ido viendo a lo largo de mi vida, personas que caminan con un bombo a su espalda como esos hombres orquesta de hace años. Siempre has sabido ser lo que querías ser o (mucho más importante) lo que tenías que ser. Sabías anteponer a tus hijos, sabías refrenar tus caprichos o tus muchas ansias que ahora supongo y entiendo. Ser padre también es saber hacer eso, ponerse voluntariamente al final de la cola y olvidar tu piel de hombre o de mujer para ponerte la otra, la que lleva escrita tu misión en letras grandes.
Mamá, qué fáciles salen estas palabras, cómo fluyen casi sin que medie mi intervención; soy un transmisor, una antena de repetición que ahora divulga todo esto sin asombro. Quizá escribir sea eso, transmitir algo que no sabemos de dónde viene, hacerlo legible a los demás para así iluminar algo que todos tenemos dentro. Yo escribo para resolver ese misterio, para acercarme al enigma de mi propia existencia. Me siento frente al ordenador y asisto al desmenuzamiento de los hechos, entonces es cuando la habitación se llena de miguitas de pan que atraen a las palomas, con ellas llegan los niños y la fiesta y el ruido de los columpios y las fuentes y a su alrededor una ciudad nueva que se forma a medida que avanzo, a medida que las palabras van tomando posiciones y acaban gobernando un mundo nuevo y entero que gira sólo para mí.
Cuando escribo desaparezco, mamá, como cuando me pasaba horas enteras sentado como un indio en el cuarto del Safari, ajeno a todo, y tú asomabas la cabeza de tanto en tanto y no decías nada porque sabías que estaba jugando. Ahora hago lo mismo en mi casa cuando Mireia duerme y Alba aprende a escribir sus propias palabras en el colegio. Es la misma paz, es la misma melodía la que suena en mi cabeza, la que me dice “adelante, no tengas miedo, es esto lo que quieres ser, no te rindas, no te detengas en el camino porque las nubes de negra musculatura surquen los cielos sobre ti”.
Ahora empiezo a comprender para que he nacido. He tardado más de cuarenta años en averiguarlo, he cometido todas las torpezas que un hombre puede cometer y sin embargo mi alegría está intacta como una de esas pastillas de jabón Lux que guardabas en el armario. La vida y sus misteriosos recovecos. La vida y sus carteles luminosos que nos van confundiendo y nos hacen dar vueltas y vueltas sobre nosotros mismos.
Llega un momento en que todas las piezas encajan: las zonas oscuras, los arrepentimientos, la desbordada euforia, el tiempo de espera, el dolor y sus hilos, la confianza. Un momento en que sólo tienes que pararte a escuchar, bajar el volumen de la realidad y quedarte muy quieto esperando, asomarte a la ventana y ver florecer los árboles de pan, respirar despacio y descubrir que eres el protagonista de tu propia vida.
Qué noble destino el del que sabe escucharse, mamá.
Cada edad viene con sus propias herramientas precintadas en la caja, sólo tenemos que abrir la bolsa y leer atentamente las instrucciones, con paciencia, impidiendo que la prisa lo arrebate todo con su vuelo. Tu edad, la que tienes hoy, es un regalo; otra prueba de que has vivido, de que has pasado por el mundo que te tocó dejando una poderosa huella que permanecerá inmaculada. Quiero acordarme exactamente de tus gestos de hoy para poder recordarlos cuando haya escalado más la montaña y me encuentre con tus años. Saber estar. Saber ser, mamá. Qué difícil es ir pasando por tus días con dignidad, sin tener que desviar la mirada, con la cara alta. Qué complicado asumirse sin engaños y dedicarse a ser lo que somos, no lo que nadie pretende que seamos.
Esta es una nueva etapa, mamá, para ti, para mí, para todos, cada jornada debe serlo, cada día debemos empeñarnos en abrir nuestro regalo, el que simplemente nos hacen con estar vivos, el gozo de existir sin aspavientos ni trascendencia, ya sabes, esa vida pequeña que debemos mimar cada minuto.
Supongo que las etapas nuevas dan miedo, son puertas de las que desconocemos a dónde nos dirigen, que vías nos obligarán a transitar; pero ¿qué otro destino nos queda? ¿para qué fuimos hechos si no? Nuestra naturaleza se resiste a emprender nuevos viajes; es la experiencia la que dicta sentada en su gastado sillón de orejas: “no lo hagas, no toques eso, ni se te ocurra pensarlo” Pero no hay que hacerle caso; la experiencia también es mortal y lo sabe; cree que sus días se prolongarán en el tiempo y que la muerte pasará de largo: es mentira, mamá. Dejemos que la experiencia dé sus sermones y vayamos corriendo al encuentro de lo que nos queda por vivir.
Tú siempre has dicho que la vida es lo más bonito que hay. Te lo recuerdo en numerosas ocasiones y siempre cuando yo estaba triste o preocupado. Qué importante es conocer el sentido exacto de la vida, desplegar el mapa y saber hacia dónde tienes que ir.
Tengo un deseo nuevo, una intuición que cruza mi atmósfera como un pájaro feliz. Veo una vida nueva que está más cerca de lo que soy y de lo que quiero. Esa vida que ahora está empezando te la debo a ti y a todo lo que has representado en mi vida. Creo que no habrá Juicio Final, creo que no habrá Infierno, creo que la única vida es esta que está sucediendo ahora, tocar nuestra piel y darse cuenta de lo que somos; creo que en esta Tierra vivimos todo lo bueno y lo malo, lo grande y lo dantesco a lo que tiene acceso el ser humano. Lo demás es niebla, espeso polvo que lo cubre todo lentamente hasta hacerlo desaparecer.
Mi deseo nuevo sabe todas estas cosas y tiene prisa por empezar a funcionar, quiere desplegar sus alas y hacerse dueño de su espacio, mamá.
No sé si dentro de cien años alguien leerá todo esto o si le encontrará interés o sólo dirá: “mira, más sombras, sombras antiguas que ya no cuentan”. Me gustaría que mis hijas leyeran esto dentro de mucho tiempo, quizá cuando sus años se asemejen a los míos y tengan la mirada preparada para entenderlo. Quiero que sepan quién fue su abuela, qué hizo y cómo pasó su vida. Quiero que su recuerdo permanezca más fuerte que el tornado del tiempo y que alumbre sus caminos que también serán complejos y pedregosos.
Mamá, qué difícil y cómo duele, cómo zumba el viento en contra al abrir las alas, cuán poderosa es la desdicha y cuántos hijos tiene diseminados por esta tierra; pero qué grande también.

Comentarios

  • IncongruenteIncongruente Gonzalo de Berceo s.XIII
    editado noviembre 2008
    Permíteme, Luís Acebes, entrar en tu santuario, para agradecerte, con todo mi corazón, uno de los post más gratificante, sincero, intimista y limpio de los que he tenido en suerte leer jamás en mi vida.
    A tanto llega mi agradecimiento por esta alabanza a una madre, que en honor a ella, te pido permiso para dedicarle un poema que hace años le dediqué a la mía:
    A LA MADRE DE LUIS ACEBES

    Pelo liso, ¿rubio?, brillante, intenso.

    Como un rayo de sol en primavera.

    Así lo recuerdo.

    Ojos suaves, ¿verdes?, siempre sonriendo.

    Acariciando mi alma con su mirada.

    Así grabados los llevo.

    Manos largas, delgadas, ágiles, fuertes.

    Como la hoja de palma movida al viento.

    Así las sueño.

    Labios delgados, rojos, siempre en silencio.

    Prontos para acariciar mi frente con un beso.

    Así los siento.

    Mesa camilla redonda, allá, en el fondo.

    Ropa, aguja, dedal, hilo y .... cosiendo.

    Atenta siempre a todo lo que se hablaba.

    Mirada rápida, sonrisa y ....... silencio.

    Breves recuerdos pero, tan intensos

    Que llenan mi vida, mi alma de sentimientos.

    Así la sigo queriendo.

    Ante mis ojos, después de la lectura de tu semblanza a tu madre, dicen mucho de tu calidad humana, porque no hay mayor demostración de ser bien nacido, que el agradecimiento público a una persona.

    Gracias, gracias, gracias.
  • luis acebesluis acebes Pedro Abad s.XII
    editado noviembre 2008
    Muchas gracias por tus palabras y por el sincero poema que le dedicas a mi madre y creo que a todas las madres del mundo. Este escrito se lo hice con motivo de su 75 cumpleaños y debo decir que le llegó al alma y le ayudó a recordar algunas cosas de aquella época, otra prueba de que las palabras siempre son un regalo.

    Muchas gracias de nuevo por tu lectura (el texto era largo) y un gran saludo.


    Luis Acebes
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