Campo sembrado de lino
La tarde vestida de fiesta se exhibía seductora.
Lentamente dirigí mis pasos detrás del granero, hacia donde el lino verdeaba
y lo recorrí con la esperanza de poder reencontrarme;
pasé por el tambo, el molino, me detuve frente a la tranquera
y tal vez con algún pensamiento, alargué la mirada hacia el horizonte.
Advertí una onda de infinitos verdes que el viento acunaba
y el ruido de una segadora que mutando esos verdes rompía el silencio.
Ese Sol ardiente que siempre fue mi amigo,
observaba atento, escondido entre nubes grisáceas,
con su radiante sonrisa apoyada en la copa de un pino,
curioso, reposando sobre sus brazos, extendido.
La tarde de ese domingo ya pintaba de ocaso
y los pinos sombreaban largo sobre el campo sembrado de lino,
con una templada caricia se despidió mi amigo.
Y de crepúsculo, somnoliento, cansado, me saluda con un último cálido beso.
Y se marcha, con su traje de noche vestido.
Alejandro Casals