Juana apoyaba los dedos sobre las teclas, las acariciaba vertiginosamente, cabalgaba con los dedos sobre el piano como un pura sangre desbocado, el martillo azotaba las cuerdas y las notas se dispersaban por el salón a fogonazos, acordes frenéticos chocaban en las lágrimas de la lámpara, metrallas de arpegios eran lanzados en las grises cortinas como balas en un colchón. La luz del crepúsculo enrojecía sus tirabuzones oscuros y teñía de salmón sus hombros descubiertos. La falda negra se ablusaba como un nubarrón debajo del instrumento y crujía entre los muslos. Los ojos cerrados intentaban destruir la tarde.
La tarde..., pasada..., borrándose a latigazos. El baile con el barón húngaro. Las miradas de Alfonso. La conversación de Luisa y Felipe, su marido, cogidos de la mano. El aliento fétido del barón persiguiéndola. Alfonso despidiéndose con su mujer, correcto y amable, se va a Barcelona a pintar unos retratos, un año. Un año..., mañana mismo, todo preparado,
un viaje largo, sin poder abrazarlo, sin sentir su abrazo, su risa, sus palabras. "¡No! ¡No! ¡No! ¡No y no! No puedo aguantarlo".
Juana, derribada sobre el teclado, sollozaba sordamente. Borbotones de sombras entran por el balcón. Felipe, detrás, se apoyaba en el quicio de la puerta y la contemplaba compungido.
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