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El tuerceletras

antonio chavezantonio chavez Miguel de Cervantes s.XVII
editado 7:24 en Narrativa


El Tuerceletras

Nadie sabía de dónde había venido. Unos decían que había nacido en un pueblo sin nombre, donde las palabras llovían del cielo y los libros crecían en los árboles. Otros, que lo vieron salir de una biblioteca cutre abandonada, con el cabello lleno de telarañas y las uñas manchadas de tinta seca. Pero lo que todos sabían era que “El Tuerceletras” no era un escritor común.

Tenía el aspecto de un cuentista desvelado: un sombrero ladeado, un abrigo sucio y desgarrado, una libreta atada al pecho con hilo verde, y un bigote que parecía un mostachón.

Su verdadero nombre se había perdido entre erratas, y los libreros del pueblo empezaron a llamarlo "El Tuerceletras" porque todas las frases terminaban como empezaban, jugando al pimpón con las sintaxis, además de que ninguna historia seguía el camino correcto. Decía que escribir recto era cosa de muertos.

Lo veían en una cafetería bohemia de su pueblo, escribiendo en servilletas de papel con tinta de café. Y también en trenes nocturnos, garabateando poemas en los cristales empañados de las ventanillas.

Recitaba historias a  perros callejeros y aventureras a las gatas, seguro de que los lectores acreditados no eran humanos, que eran caninos y gatunos, por su capacidad para escuchar sin interrumpir.

—Yo siempre escribo para quie que no sabe leer -decía y sonreía-. Porque las palabras tienen patas y, pateando, pueden pasarse a otra frase.

Publicó su primer libro, gracias a una imprenta de poca monta del pueblo, donde intercambiaba relatos por bocadillos y vino peleón. Le llamaba “Manual para torcer letras sin romperlas”, y traía instrucciones concretas sobre cómo escribir cartas de Amor con insultos, un testamento al revés y hasta un cuento que empezaba por el epílogo. Sólo vendió tres ejemplares, y uno de ellos cayó en mano de un profesor de Literatura de la  próxima ciudad; que, entre risas, catalogó a "El Tuerceletras" como un genio loco. Claro que todos los genios tienen algo o mucho de locura.

Su segundo libro nunca existió físicamente. Lo distribuía en trozos: algunas páginas pegadas en una farola; otras, dentro de un buzón, un capítulo escondido en una revista de modas. Lo tituló “El libro imprescindible”. Hubo quien quería reunir todas esas páginas, para crear un rompecabezas literario, pero "El Tuerceletras" se encargaba de desordenar todo cada vez que alguien se acercaba a la verdad.

—Una historia incompleta es una historia inquieta -solía decir, sonriéndose-. "Lo vivo siempre está por terminar". Esta frase siempre la repetía a algún preguntón.

Era permanentemente perseguido por editores de la ciudad, pero no por admiración ni por dinero, sino porque nunca les entregaba lo prometido.

En una ocasión, le encargaron y pagaron por una novela de amores y desamores, y entregó una caja con marionetas y una foto del Rey Emérito. En otra ocasión escribió la biografía de un gato, que nunca existió, y firmó como "gato inexistente". Lo vetaron varias editoriales, pero él consideraba eso como un elogio hacia su escritura.

Vivía en habitaciones alquiladas, que nunca pagaba el alquiler, o en aquella librería de poca monta del pueblo, que el dueño aceptaba su trabajo como pago del hospedaje.

Una vez se quedó veinte días en la trastienda de la zapatería del pueblo, donde cada noche escribía un cuento que dejaba entre las zapatos. Los lectores veían sus relatos como tesoro: fábulas que hablaban de zapatos rotos y que se fugaban, un reloj que soñaba, un techo que hablaba y gente que se borraba de las fotografías por voluntad propia.

Un día, un amigo de su pueblo le preguntó:

—¿Por qué alguna vez no escribes algo normal?

"El Tuerceletras", sin levantar la vista, respondió:

—Porque el mundo es demasiado anormal, y así nos va.

Durante un tiempo lo creían desaparecido. Se rumoreaba que se había vuelto analfabeto por voluntad propia, que se le secaron las palabras. Pero la realidad era que había viajado a un pueblo en donde los libros eran quemados por superstición. Allí fundó una escuela clandestino de escritura y enseñaba a los niños y niñas a crear palabras y a escribir sin adaptarse a las reglas.

Uno de aquellos días inventó un idioma para hablar con su sombra. Otro día, escribió una historia que sólo podía ser leída si la miraba de reojo. "El Tuerceletras" lloraba cada vez que veía que sus alumnos no aprendían. Y por eso se fue de aquel pueblo sin decir adiós.

Lo siguiente que se supo de él era que trabajaba de poeta en el cementerio de su pueblo, inventando epitafios. Los hacía por encargo y nunca repetía rimas: “Aquí yacen los restos de alguien que soñaba con los ojos abiertos”. “Murió tres veces: la primera cagado de heces”. En verano, los turistas llegaban a su pueblo, pero sólo para leer las lápidas del cementerio.

Ya viejo y achacoso, caminaba con dificultad, pero aún garabateaba ideas donde se terciaba. Un día, un vendedor ambulante lo encontró dormido en un banco de la plaza del pueblo, con una carta entre los dedos dirigida a: “¿Quién se atreve a juzgarme?”.

Nadie supo lo que decía la carta porque "El Tuerceletras" la había vendido a través del Sabelotodo internet a un coleccionista de cosas extrañas y extravagantes. La carta la encerró en una urna de cristal y nunca la leyó.

Su ida definitiva ocurrió en ese otoño. Unos pueblerinos aseguraban que se disolvió en palabras, que su cuerpo se convirtió en tinta china. Otros, que continuaba viviendo, pero dentro de un diccionario del siglo XIX, en la sección de las palabras en desuso.

Lo cierto es que cada mes aparecía un nuevo cuento suyo en lugares insólitos: en una etiqueta de vino tinto, en el reverso de una multa de tráfico, en la caja de un medicamento genérico caducado, o en el tiket de un supermercado.

Y siempre firmaba igual: "El Tuerceletras".

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A Chávez López
Sevilla oct 2026

 :)

 
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