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antonio chavez
Miguel de Cervantes s.XVII
Berta se agrandó los pechos
Berta era una adinerada chica sevillana de 28 años, muy coqueta ella. Pero arrastraba un gran complejo: tenía poco volumen de pechos.
Harta de burlas de extraños e incluso de amigos, a primeros de junio de ese año decidía acudir al mejor cirujano plástico de Sevilla, para que le aumentase los pechos.
Se sentía feliz con sus nuevos pechos. Lo primero que hacía, una vez repuesta de la operación, era irse a Ibiza y ya allí haría topless para deleite de machos ibéricos y foráneos millonarios y famosos que pululan por la isla balear.
Estaba eufórica. Se veía tan bien, tan despampanante, tan orgullosa, tan, tan de aquella manera..., que quería compartir con todos la belleza de sus espectaculares pechos
Su mejor amiga, Rosa, le hacía un comentario:
—¿Vas a Ibiza en avión? ¡Cuidadín con lo que vas a hacer! Las prótesis pueden explotar no bien el avión coja altura.
Y cada una de sus otras nueve mejores amigas le decían una versión diferente sobre las prótesis y los aviones...
—“¡Basta ya! ¡¡Basta ya!! ¡¡¡Baaastaaa yaaaaaa!!!” –gritaba Berta, cabreada.
Pero tan confusa la habían dejado las opiniones de sus amigas, que hablaba con su cirujano, que le decía categóricamente que viajase en avión adonde le diese la real gana completamente tranquila, que no tendría problemas.
Berta cogía un taxi y se iba al aeropuerto, acompañada de Rosa, que, antes de subirse a la aeronave, le preguntaba:
Ya a bordo, no obstante, las últimas palabras de Rosa le daban vueltas y vueltas en la cabeza. Y tantas vueltas eran que ni siquiera la contundente respuesta de su cirujano le daba tranquilidad.
Ya dentro del avión, en el asiento contiguo al suyo, un niño de unos cuatro o cinco años se movía inquieto y revoltoso. Pero Berta, muy habituada a los vuelos, se quedaba dormida.
Y soñaba que iba caminando por la arena blanca de una glamurosa cala solitaria y se cruzaba con el niño del avión, que la seguía y se ponía delante de ella. Hasta que finalmente, el niño cogía su arco y una flecha de juguete, apuntaba a los pechos de Berta y... ¡PUMMMMMMMM!
Berta se despertaba sobresaltada, a la vez que se cogía los pechos con desespero.
Y mientras, aquel mocoso que iba a su lado se estaba quitando de la cara los restos del chicle que había masticado.
