De pronto el jardín donde has jugado desde niño -y donde jugarás toda tu vida- está lleno de maleza. ¿Y qué puedes hacer?
Podarla no sirve de nada. Volvería a crecer. Y tallos tan fuertes y duros, tan espinosos, que romperán tu machete sin inmutarse.
Comprendes que hay que arrancarla de raíz. O eso crees. La raíz es una herida.
Tiras de los tallos. Te destrozas las manos. Sólo desistes cuando comprendes que no podrás tú solo (y a veces eso no se comprende nunca, y te quedas ahí, conviviendo con plantas carnívoras y lianas que tratan de ahogarte cuando menos te lo esperas). Te obcecas. Ganarás tú. Habrá que adaptarse; te harás un experto en eso.
Tal vez si tienes suerte descubres que lo único que funciona es mirar esos taños dañinos, esa ponzoña, de otra manera. Darte cuenta de que otros los sufrieron antes que tú. Algunos no sobreviieron.
Es curioso. Cuando riegas la maleza con lágrimas llorando por tus ancestros, por otros descendientes, la maleza se debilita y florece.
Lo poco que sé de esto es que la raíz sangrante puede cicatrizar.
La infancia es el jardín donde jugamos toda nuestra vida.