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antonio chavez
Miguel de Cervantes s.XVII
Traición por partida doble
Nada pretendía ese día. Ninguno de mis actos iban encaminados a conocer la verdad. Sin sospecha de lo que estaba pasando; por tanto, me declaro inocente de haber causado el final de mi matrimonio.
Era una tarde espléndida para salir de paseo con mi niño; llegar al centro y tomar un café al Sol, sentada a una de las mesas de la terraza de la cafetería, ubicada en la espaciosa plaza, que era la médula de mi pueblo.
Imaginaba, por experiencias anteriores, que mi hijo protestaría durante la caminata. Pensando en eso, invitaba a mi mejor amiga para que, también con su pequeño hijo, nos acompañase. Entre juegos, los críos caminarían entretenidos y sin quejarse.
La telefoneaba a través de mi teléfono móvil, pero me conmovía la tristeza con la que respondía a mi llamada:
Hoy no tengo ánimo para nada, amiga. He discutido seriamente con mi esposo esta mañana.
Me decía eso, sollozando, sin darme más detalles. La tranquilizaba de la mejor manera que podía. Me percataba de que no tenía más ganas de hablar y, por eso, me despedía cariñosamente, pero con la idea de intentarlo otra tarde.
Se me ocurría de repente pedirle a mi marido que nos bajase en su coche al niño y a mí, y así nuestro hijo aparecería en la plaza sin haberse cansado en el recorrido. Pero mi marido me decía que estaba ocupado esa tarde, que Iba a restaurar nuestro antiguo mueble del salón, ese mueble que pensaba hacer lo mismo con su ayuda. Como se lo había pedido otras veces y en ninguna de ellas había logrado su luz verde, hasta me hacía ilusión. Le daba las gracias con un beso al teléfono, que en la portada del mismo aparecía una fotografía reciente suya.
Salía con mi hijo, “hasta donde él aguante", pensaba. Todo el trayecto era cuesta abajo pero sin peligro, lo que facilitaba caminar, sobre todo a mi peque.
En la tercera esquina que rebasábamos, que justo daba paso a la calle donde al fondo vivía mi esa tarde compungida amiga, me agachaba para anudar el cordón de uno de los zapatitos de mi hijo.
Arrodillada aún, y sin motivo especial que me hiciese alzar la mirada, veía llegar a mi marido a la casa donde infinidad de veces había tomado café con mi amiga, compartiendo risas, chistes y confidencias.
Me iba con mi hijo en los brazos, nerviosa y temblándome las piernas, hacia el lugar donde todo iba a terminar, al saberse ambos descubiertos.
Pero si no hubiese levantado mi mirada, si no se hubiera soltado el cordón del zapatito o hecha aquella llamada, si la tarde no se hubiera presentado tan cálida; si simplemente no me hubiera empeñado en ir a la plaza, ahora seguiría siendo ajena a una doble traición y a nuestra separación, quizás para siempre.
No sabía distinguir, a pesar de que son dos conceptos netamente opuestos, las partes que eran casualidades, de las partes que eran causalidades, que a veces parecían que describían un amplificado efecto mariposa.
Mis actos derivaban en serias consecuencias, y cada una iba originando una relación con la siguiente, pero no era una conexión programada. Como cuando pulsas el interruptor que enciende las lámparas del salón y se pone en marcha, en su lugar y por un cortocircuito, el acondicionador de aire frío en una noche de invierno.
Dejaba de pensar en porqué habían sucedido así las cosas, y ese día aprendí el para qué, acogiéndome a la teoría, según la cual el aprendizaje está exento del azar.
Pero algo sacaba en claro de esta doble traición: desde ese día, sólo yo era la responsable de mi vida y de la de mi hijo.

A Chávez López
Sevilla sep 2026
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