Pareces nuevo por aquí. Si quieres participar, ¡pulsa uno de estos botones!
antonio chavez
Miguel de Cervantes s.XVII
El
pene de Ramona
La última vez que veía a Ramona era cuando bajaba llorando la escalera detrás
del féretro de su esposo. Me dolía el hecho de que su mirada no me buscara
cuando llegaba al rellano de mi planta. Desde ese día entendía que no la vería más.
Seis meses antes la encontré una tarde en el portal de mi bloque, rodeada de cajas y
maletas. Alta era Ramona, con cara y cuerpo agraciados y melenita rubia. Por
sus ojos tristes, pensaba en un principio que reflejaban el dolor del fracaso
que le hacía mudarse a un bloque de viviendas de un barrio periférico que se
odia a sí mismo por su mala reputación, donde ella había alquilado un piso,
encima del mío. La estuve ayudando a instalarse. Era una agradable excepción a
las normas que reinaban en aquel bloque con inquilinos incultos, insultones y
gritones y con los que apenas me relacionaba, sólo les decía buenos días,
buenas tardes, o buenas noches, sin respuestas por ninguno de ellos.
Dejo constancia de que no sentía atracción física por Ramona. Había enviudado
año atrás y mi apetito sexual, que nunca había sido excesivo, parecía haber
sido enterrados con mi esposa.
Empezó Ramona a visitarme con absurdos pretextos que yo le agradecía porque
suponían evadirme de mi tedioso trabajo, que era el me facilitaba precarios
ingresos y que consistía en confeccionar web para internet, después de ser
despedido del periódico en que trabajé doce años. Pero, irónicamente, el único
responsable de mi despido me facilitaba trabajo.
Me enteré que Ramona se había mudado a la ciudad, para que tratasen médicamente
a su marido, que estaba en coma por un golpe en la cabeza, causado por un
accidente laboral. El hombre, al que aún no había visto, estaba recibiendo un tratamiento
experimental, a pesar de las pocas expectativas de curación, según iba
deduciendo de nuestras conversaciones. Diarias. Pese a ello, Ramona siempre
ligaba su futuro a una posibilidad, y usaba expresiones como “cuando él
despierte” o “no bien se cure”. Vi en esto que estaba enamorada de su marido y
que no veía un futuro que no estuviera ligado con esas esperanzas.
El día que conocí (no es esta la palabra adecuada) a su esposo, se hallaba
desnudo en la cama. Ramona me había pedido ayuda para bañarlo, que lo hacía
tres veces al mes. La higiene diaria era con un paño húmedo y un gel sobre su
cuerpo, que bastaría, pero no parecía suficiente para ella. El marido era un
hombre alto, fuerte, bien dotado de pene, con facciones atractivas. Parecía
dormido si la terminación de una sonda nasogástrica no asomara por su nariz.
—Ha perdido mucha masa muscular -me decía Ramona.
A pesar de la experiencia que Ramona ya tenía en el menester, trasladar a su
marido hasta el baño era complicado para una sola persona, pero entre dos era
más llevadero.
Me acostumbré a ayudarla en esta tarea una vez cada diez días. Después,
tomábamos café y hablábamos en forma distendida durante un rato.
Uno de esos días, mientras lo llevábamos en silla de ruedas de regreso a su
dormitorio, me sorprendió ver como su pene iniciaba lo que parecía una
erección. Cuando llegamos, no había duda. Con dificultad logré tenderlo en la
cama, porque Ramona, presa de un ataque de risa, no podía ayudarme. Veía que
tenía la boca abierta, pero eso, lejos de apaciguar sus risas, la hacía reír
con más fuerza. Lágrimas de risas brotaban incontenibles.
Como siempre que lo bañábamos, Ramona sólo llevaba puesto una blusa que sólo le
cubría parte de los muslos y que, al terminar mojada dejaba transparentar su
cuerpo hasta parecer desnuda, tapado su sexo por unas escuetas bragas que
además dejaba ver parte de su sexo cada vez que se inclinaba. Pero su desnudez
no me excitaba, hasta que, cesando sus risas, acariciaba el pene de su esposo.
Enseguida sus labios abarcaron el glande, succionándolo. Estaba inclinada sobre
la cama, con su trasero en pompa y apuntando hacia mí y una buena visión de sus
redondas tetas, que no podían ser ocultadas por la holgada blusa.
Sin pensar, me desnudé, le bajé las bragas y metí mi pene en su jugosa vagina,
escorándome hacia la derecha para no perderme las diabluras que hacía con su
mano y su lengua en la entrepierna de él. Ahora succionaba con más intensidad,
y yo intentaba que mis acometidas no la apartaran de su objetivo. Y cuando el
marido descargaba y el semen resbalaba sobre las comisuras de los labios de
ella, empezaba a gemir y, juntos los dos llegamos también a un orgasmo.
—Para evitar comentarios de los vecinos, tienes que irte enseguida.
Sus últimas cuatro palabras rompían el hechizo.
A partir de ese día, mi vida parecía no tener otro sentido que el momento en
que recibía un mensaje en el móvil: “Sube”. Como si fuera lo más normal, sin la
necesidad de decirlo con más palabras. Nunca hubo sexo directo entre Ramona y
yo, sin la impasible participación del pene de su esposo, y nuestros encuentros
estaban supeditados a la súbita erección de él, que generalmente se producía
cada semana.
La tercera vez, Ramona tomaba mi mano derecha y la ponía sobre el pene de su
esposo. Me gustaba su calor, y cómo respondía, palpitante a la presión. No
recuerdo lo que dije en ese momento para disimular mi turbación, pero estaba
fascinado y no quería soltarlo. Ramona empujaba mi cabeza hacia abajo y empecé
a chupar el glande de su marido. Mientras ella se deslizaba debajo de mí e
introducía mi pene en su sexo, empapado y palpitante.
Recuerdo cada una de estas sesiones, en total sesenta y nueve. Coincidiendo el
número con el exquisito “69”.
En la última sesión perdió erección el pene antes de descargar, y Ramona
preocupada, y yo desolado, también perdimos interés y lo dejamos. Tal vez
intuía ella lo que iba a suceder al día siguiente, que falleció su marido.
A la semana de morir, un mediodía veía a Ramona desde la ventana de mi salón
entrar en el portal de nuestro bloque rumbo a su piso, portando en una de sus
manos una bolsa isotérmica. Y a los cinco minutos, un mensaje en mi móvil:
“sube”. Dejé lo que estaba haciendo en ese momento y escalera arriba en menos
de un segundos.
Nada más entrar a su piso, me dijo:
—Fui a ver al forense y le pedí que me diese el pene de mi marido, y después de
firmar un papel, me lo entregó en un frasco con alcohol, aleado con un producto
químico para evitar descomposición, y me dijo que, además de ese combinado de
laboratorio, para mantenerlo erecto era necesario que lo chupase a diario. Así
que si tú quieres, manos a la obra…

A Chávez López
Sevilla ago 2026