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antonio chavez
Miguel de Cervantes s.XVII
Nuria y su profe
De camino hacia el restaurante, el grupo hacía dos paradas en dos cafeterías al paso. Extraña era la mezcla entre la euforia por el fin del curso y la incertidumbre por celebrar el acto de despedida el viernes anterior a la evaluación final. Pero todas las disculpas eran buenas para divertirse y descargar la tensión de los últimos días, plagados de exámenes.
Nuria se reía de las cosas ocurrentes que las primeras dosis de alcohol causaban en sus colegas. Parecía despertársele pensamientos más lúcidos que de ordinario, como atando cabos. Cuando llegaban al restaurante en el que iban a cenar, mentalmente le estaba dando la razón a Martín.
Martín, su profesor, le había dicho que en junio iba a bailar. Se refería al jaleo que le esperaba a su alumnado con el resultado de los exámenes. Pero añadía un significado más literal porque en el restaurante contaban con una pequeña pista de baile.
Aunque Nuria intentaba no pronunciarla, la pregunta estaba en su cabeza: “¿vendrá él?” No quería que su profe notase que lo buscaba en la sala. No quería admitir que le iba a causar tristeza pensar que a partir de hoy perdería de vista a sus amigos, y le suponía tristeza no seguir viendo todos los días a quien, sin duda, era su mejor amigo: su profesor. No quería reconocer que no lo veía sólo como su profesor.
No lo veía entrar. No era un hombre amigo de fiestas y celebraciones. Apenas se había dejado ver un minuto en la sala de actos. Pero, de pronto, oía su voz. Se contenía para no mirar atrás. Lo veía pasar rumbo a su mesa, acompañado de otros profesores.
Su profesor le sonreía. Sorprendente era que una cara tan seria y tímida fuese capaz de deslumbrar con lo que llamaban una sonrisa fugaz, un gesto que duraba poco, pero bastaba para alegrarle el día.
Aún no se había sentado nadie, pero el grupo se iba hacia las mesas alargadas, pero con tanta determinación que no ofrecía duda. Nuria tiraba sutilmente de Lucía, que venía con Luis, y avanzaba detrás de los profesores. “Tal vez digan que soy una atrevida, pero sólo hay una oportunidad”, así que tomaba posiciones y no bien Martín cogía silla, se sentaba a su derecha, como si eso fuese lo más normal. Hacía un gesto a sus amigas, como indicándoles que rodeasen la mesa.
Miraba al otro lado de Martín y veía a la profesora de inglés. “¡Uf, esta tía habla hasta por los codos, seguro que lo va a acaparar! Pero se le iluminaba la cara cuando veía a Alba enfrente. Con Alba allí, la conversación se inclinaría definitivamente hacia su lado, no tenía dudas.
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Comentarios
Martín no se sentía cómodo. Hacía años que no asistía a una despedida, pero algo lo habría empujado después de tanto tiempo.
Sabía que su carácter, serio y de pocas palabras, no facilitaba relación con nadie, pero también sabía que al final de curso se ganaba el cariño de todos sus alumnos. Tenía la paciencia suficiente para tratarlos con respeto, y también en los días en los que ellos no tenían buen comportamiento, y, aunque con los más pequeños no siempre funcionaba, los del último curso acababan tratándolo como uno más, con lo que desaparecía el escalón profesor-alumno, pero la distancia en años era considerable.
Este curso había sido especial. Desde el primer día reinaba el buen rollo en su clase. Los alumnos y las alumnas que habían elegido su asignatura seguían las explicaciones con una atención, propia de gente más mayor. Los resultados eran buenos y las relaciones estrechas, aunque estrictamente académicas.
Hubiera sido un craso error no aceptar la invitación. Como si lo hubiesen estado esperando, sus alumnas se sentaban en las mesas colindantes, pero Martín se sentía inseguro. No procedía pasarse toda la velada hablando de libros y estudio. Lo mejor era mostrarse interesado en los planes futuros que fraguaba su alumnado. Esa era la postura más acertada.
Y allí estaba Nuria, junto a él, pensando que si le hubieran dado a elegir entre todos los asistentes quien le hubiese gustado tener a su lado era Martín. Un sueño de mujer, tan inalcanzable como lo había sido para otras cuando más joven el profesor, pero ahora por un motivo inverso. Y allí estaba él, diciendo lo agradable que le iba ser tan grata compañía, porque el lado izquierdo –conversar con su colega del inglés- carecía de interés.
La cena transcurría tan bien como esperaban. Martín se prodigaba en sonrisas y en ningún momento dejaba el lado de la profesora de inglés, concediéndole comentarios puntuales, suficiente para no parecer descortés.
Martín tenía la capacidad de decir siempre lo más oportuno, tanto en momentos en que se debatían cosas serias, como banales. Nuria aprovechaba, consciente, los momentos en que no había más remedio que sucumbir frente a las risas, siempre que el toque de su profesor multiplicaba la comicidad que dejaba caer uno de sus alumnos. Nuria se permitía acariciarle la mejilla y hasta incluso, se acurrucaba en su cuello.
Él se dejaba hacer; le decía cosas al oído cuando la charla era menos interesante. Nuria ponía sus ojos en él. Su diferencia de edad impedía una relación sentimental, aunque él seguía siendo un maduro atractivo. Pero, al menos podrían bailar. La intervención de Luis era providencial:
-¿Y vas a hacer tú solo el mono o sabes bailar como la gente normal? -le preguntaba Alba.
-Claro que sé bailar. Y bailaré con todas porque no me queda de otra. Y eso si os portáis bien.
-¡Sí, hombre, si! Tendrás que pedírnoslo por favor, y ya veremos si alguna tiene suficiente estómago, Jajajajajajaja…
-Nada de favor. Las normas son las normas. Tengo derecho a un baile con cada una de vosotras. Si no que lo diga nuestro profe. ¿Eh, Martín? Pon un poco de orden. Aún estás a tiempo de suspenderlas.
-Si lo estoy, y a ti también, que lo sepas.
-Pero me porto bien y estoy de tu parte. Nuestro profe también tiene derecho a un baile con cada alumna -decía en voz alta.
-Bueno… eso será si él quiere -terciaba Nuria mirando a Martín, como poniéndolo a prueba.
-Quiero -decía él, entre incómodo y animado.
-Porque no te queda más remedio. No hay dónde elegir -volvía Pedro a la carga, y Alba y Lola, que estaban en ambos lados, lo castigaban con un codazo.
-No sé si te has percatado de que el nivel femenino de nuestra clase es muy alto. Mires donde mires, se alegra uno la vista –decía Martín a Pedro.
-¡Así se habla, profe! —respondía Lola, aplaudiendo, y las otras la secundaban.
Comenzaba la música y Alba Abad se levantaba:
-Yo soy la primera, ¿no? Esto es inevitable.
Se lo decía a Martín, refiriéndose a lo que había dicho antes en la clase. El apellido Abad, aunque pío, está condenado; se le condena a ser siempre el primero que sale a la palestra. Es la ley del alfabeto.
El principio de la segunda canción, con la pista de baile a rebosar, coincidía con cruces de miradas profundas entre Nuria y Martín. Era inevitable. Y sin tiempo para pensar, se veían bailando, menos pegados los cuerpos de lo que parecía que querían.
-Ese era un comentario galante, pero cierto. Espero no haya resultado inapropiado.
-¿Inapropiado? ¡Qué no estamos en clase, profe!
-No, pero seguimos siendo profesor y alumno. Vosotros podéis decir lo que os plazca, cualquier cosa, incluso fuera de tono, pero yo no. Se podría interpretar mal.
-¿Por eso eres tan cuidadoso siempre con lo que dices?
-Sí, y también porque es lo correcto. En mi trabajo tengo que ser escrupuloso.
-Pero entonces debajo de este profesor hay una persona de verdad.
-Claro, también soy un ser humano.
-Me alegra saber eso, y también escuchar lo que acabas de decir… ¿cómo lo has llamado? ¡Ah, sí, galante!
-Lo cortés no quita lo valiente. ¿Estás segura de que por el hecho de que me caes bien, incluso que me gustes, no influye en mi trato ni por supuesto en mis calificaciones escolares hacia ti?
-Lo estoy yo y también los demás compañeros.
-Pero si yo me pudiese calificar el hecho de que me gustas, me pondría un sobresaliente alto.
-Vaya, me vas a ruborizar, profe —la canción terminaba, pero, en lugar de soltarse, se separaban un poco para seguir hablando:
-¡Joder, qué diferentes somos! Tú diciendo sutilezas, y a mí me viene al coco una imagen erótica que vi en la tele; que era que un tío le dijo una cosa picante a una tía y a ella se le abrían las piernas de pronto.
Martín se quedaba pensativo. Y Nuria no atinaba a saber si era por pudor o por estar conteniendo un deseo. Pero en ese momento comenzaba otra canción, así que volvía a agarrarse a él y a dar vueltas de nuevo.
-Perdona por lo que te he contado antes. Es que yo soy una bruta.
-¿Por qué? ¿Piensas que a mí no se me ocurren esa clase de cosas o que no soy capaz de decirlas?
-Me seguirías sorprendiendo. Nunca dices una palabra de más. Y tampoco creo que tengas pensamientos tan lascivos.
-Te equivocas. Lo que pasa es que hay quien los dice y hay quien no.
-Pues te toca.
-Porque me lo pides tú. No soy ciego. Cuando llego al aula no quiero evitar ver lo guapas que sois y lo buenas que estáis.
-¡Vaya pedazo de piropo, profe!
-Ahora se llevan mucho esas mallas negras ajustadas. Tú misma las utilizas a veces y…
-No, hay más.
-¿Qué más?
Disfrutaba Nuria mentalmente imaginándose a su profe masturbándose y pensando en ella. Pero se reponía y le decía:
-Sí, pero tan cerca y tan lejos…
-La vida es así, eso es un tópico. Como ese de: “lo siento, pero lo nuestro es imposible”.
-No sólo eso, es difícil que ocurra. Una pena -decía, con un deliberado roce de mejillas–. Por eso siempre he querido ser mayor.
-Eres más madura de lo que crees. Alégrate por tu edad. Con 15 años menos estaría tanteando mis posibilidades contigo.
-¿Tanteando? Con 15 años menos, ahora estaríamos echando un polvo.
-Pero la realidad es que tú puedes hacerlo con algún afortunado, y yo seguiré mi camino…
-¿Es buena tu vida sexual? ¿Te satisface? -preguntaba ella.
-Ahí vamos. Pero no ayuda no tener ahora pareja.
-A ver si yo tengo la misma suerte.
-¿Por qué no? Tienes todas las cartas en tu mano. Cuentas con la ventaja de que puedes escoger. Preocúpate de elegir bien.
-Si, pero quien sea que escoja va a tener que competir contigo en muchas cosas.
-Entonces no serás exigente.
El tiempo finalizaba. Nadie estaba pendiente de Martín y Nuria, que ella apartaba la cabeza para mirar a los ojos a su profe.
-Sólo me queda por averiguar de ti dos cosas: a qué sabes y cómo besas.
Un beso breve pero profundo, apenas tres segundos. Suficiente.
Nuria quedaba embelesada, sin hablar, relamiéndose los labios. Era obvio que ese beso le había gustado sobremanera. Se tocaba los labios reiteradamente y sonreía feliz. Había sido besada por algún muchacho, pero el beso de su profe era diferente. Finalmente, eufórica, exclamaba:
-¡Qué cabronazo eres, profe, sabes a gloria y besas de punta madre!
Martín, cumpliendo su palabra, bailaba con todas las chicas, y luego seguía con todos ellos conversando. Pero, pasada una media hora, se excusaba; no quería seguir la fiesta de discoteca en discoteca. Nuria no dejaba de mirarlo, y, aunque quería que siguiera con ella, se despedían con dos besos, uno por mejilla.
No volvían a verse, hasta que al cabo de cuatro años coincidían casualmente en un centro comercial y al mirarse a los ojos saltaba la chispa del Amor, pese a la diferencia de edad, él 42, ella 28. Hablaban de todo, cenaban y se acostaban juntos toda la noche, e hicieron el Amor varias veces, sintiendo ella más placer que cuando lo había hecho con su ex novio de su misma edad.
Finalmente, se daban cuenta de que sus corazones se estaban buscando, sin importar la diferencia de edad, los prejuicios sociales y las habladurías.
Al año y medio de tan feliz relación se casaron por lo civil, y hoy, diez meses más tarde, son padres de un bebé y son felices. Él sigue ejerciendo de profesor, y ella, además de madre y ama de casa, trabaja en un bufete de abogados, puesto que terminó la carrera de Derecho.
¡Y… colorín colorado….!
Sevilla ago 2026