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Fui a visitar a mi ginecólogo

antonio chavezantonio chavez Miguel de Cervantes s.XVII
editado 3 de agosto en Erótica



Fui a visitar a mi ginecólogo 

Veinte días después de que me operase de la matriz, acudí de nuevo a mi ginecólogo-cirujano, para que me hiciese una revisión, y así ver los dos cómo iba todo.

Mi ginecólogo es un hombre guapísimo: alto, ojazos, moreno, y, además, soltero y amable. Y todo ello unido a las buenas relaciones y disposiciones con todas sus pacientes lo hacen una persona encantadora.

Siempre se le ve una entrega especial con el expediente de cada mujer, algo que, lógicamente, nos gusta a nosotras porque nos ve nuestras intimidades cuando nos hace desnudar completamente y someternos a exploraciones de vagina y pechos.

Yo vengo fantaseando desde hace años con que en alguna de sus revisiones acabe haciendo el Amor con él en su consulta.

Esta mañana telefoneé a su enfermera-secretaria para que me diese una cita. Me era urgente que me inspeccionase después de una operación tan arriesgada, y, debido a la urgencia que le hice saber, conseguí que me recibiese ese mismo día a última hora de la tarde.

Llegué alrededor de las ocho y sólo había una paciente esperando. No bien se fue, aparecía la enfermera y me decía que podía pasar. Entraba y me preguntaba cómo me hallaba, que si sentía molestias. Una vez que respondía a sus preguntas le decía:

—Hola, mi preferido ginecólogo, quiero consultarte algo -muy desahogada yo.

—Dispara, belleza -me respondió, zalamero siempre.

—A mí me gustan los juegos sexuales. Mi marido y yo somos liberales, y por eso mantenemos intercambios, a la vez que nos damos entera libertad para “hacerlo con otras personas, y lo hacemos con frecuencia. La pregunta es que quiero que al ser yo promiscua si me puede perjudicar, teniendo en cuenta la delicada operación que me acabas de hacer.

—Tener relaciones sexuales con diferentes personas te puede ocasionar enfermedades de transmisión sensual, y más si ellos o ellas no utilizan o preservativos o tampax especiales, pero eso no afecta a tu reciente operación -respondió.

—A ver si lo he entendido bien. Si yo contigo, bueno… no habría problema, sólo el riesgo de contagio si tuviésemos una enfermedad venérea alguno de los dos, o los dos -argumenté.

Mientras asimilaba mis palabras, veía que le había calado; sobre todo, por sus lascivas y reiteradas miradas a mi entrepierna y a mis pechos, y segundo por un interés más abierto, sexualmente hablando, que jamás había mostrado, al menos conmigo; y más aún, por su abultada bragueta.

—Así es. Por cierto, conozco a gente que hace intercambios de parejas. Si quieres te puedo presentar a...

—No, gracias -lo interrumpí-. Lo que quiero es conocer a un hombre cercano a mí para hacer un trío: él, mi marido y yo.

Esperaba que al decirle dicharacheramente esa premeditada insinuación se diese por aludido y mostrase una reacción. Y se producía. ¡Vaya si se producía!

Al ver sus ojos encandilados pensaba que estaba más deseoso que yo por “hacerlo” conmigo y que, por  decoro y respeto a su clientas, nunca se me había insinuado en ninguna de mis visitas, que eran frecuentes que, aunque parezcan excesivas, lo visitaba con asiduidad por tanto sexo como practicaba con diferentes personas, que también se incorporaba a mi colección una amiga casada y bisexual como yo.

—Anda, pillina, entra en ese cuarto -señaló con la mano-. Y vete desnudando, que te voy a hacer “una buena revisión”.

Entré en el cuarto y me desnudé, pero, para no mostrar un acumulado deseo por él por aquello del orgullo, me quité sólo el pantalón y la blusa y me bajé las bragas hasta el inicio de los muslos.


-sigue y termina en página siguiente-


Comentarios

  • antonio chavezantonio chavez Miguel de Cervantes s.XVII


    Entraba él y cuando me veía me decía que me quitase toda la ropa.  Y yo no tardaba en obedecer. Me estaba ordenando que me quedara en pelotas el hombre que más deseaba últimamente.

    Me tumbé boca arriba en la camilla y abrí totalmente las piernas. Me miró y sonrió, pero vi que un dedo suyo empezaba a frotarme el clítoris, y la forma de frotar no era precisamente lo que hacía en las revisiones. Sentía placer y soltaba quejidos mientras él seguía con dedo loco en mi clítoris. Pero yo lo que quería era que me penetrase. Y sólo con pensar que pudiese entrar la enfermera y nos pillase, me ponía más cachonda todavía.

    Mientras el proseguía con "su tarea", yo le abría la cremallera del pantalón y le sacaba el pene de la prisión que lo retenía. Le pedía que se desnudase entero, y me agachaba y me metía su pene en la boca, subiendo y bajando por todo su recorrido y apretándolo con mi lengua.

    Mientras se lo chupaba, iba acabando de desnudarse, quitándose la bata blanca y el pantalón. Saqué su pene de mi boca y me fui desnuda hacia su despacho. Me tumbé en una camilla. Y ya en ella, más deseosa que nunca, exclamé:

    —¡Méteme el pene y aprieta, que estoy a punto de descargar!

    Tumbada lo veía venir hacia mí, desnudo y con el pene erecto, humedeciéndome más al ver un hermosa masculinidad y por saber que en pocos segundos iba a estar dentro de mi deseosa vagina.

    Primero me daba un pasional beso en los labios, se puso encima de mí y me penetró. Notaba que estaba tan caliente o más que yo. Mi clítoris palpitaba en sus jugos, y su húmedo pene, lubricado con mi saliva. Lo sentía dentro de mí, atravesándome hasta lo más profundo, para hundirse en mis entrañas a través de un mete y saca que me daba un placer indescriptible. Es que mi deseo por hacer el Amor con él era una obsesión.

    Luego de emitir gemidos, su boca, que hasta ahora sólo la había usado para mordisquearme los pezones, tapaba mi boca, y su lengua hacía diabluras con mi lengua, las mismas diabluras de su sexo con mi sexo, y el dedo anular de su mano derecha frotaba incesantemente mi clítoris, con una maestría que iban más allá de sus técnicas ginecológicas.

    Tuve dos climax seguidos, y habrían sido más si me lo hubiese propuesto. Un espasmo me llegaba sin avisar, haciéndome cerrar los músculos del sexo para retener su trozo de carne sin hueso que me volvía loca, lo que ocasionaba una convulsión suya, que a su vez hacía que mi espasmo se alargase al sentir en mi interior un latigazo de un líquido tibio espeso.

    En mi vida sexual, siempre me ha gustado sentir los quejidos que lanzan las personas con los que me acuesto. Y más me gusta el sentir de los hombres cuando descargan su semen en mi vagina.

    Cuando veía que su pene escapaba de mi interior y volvía a su volumen de flacidez, me puse en medio de sus piernas, abrí la boca y me lo metí, apretando los testículos hasta que su ariete volvía a tener la dureza y el grosor necesarios para volver a penetrarme.

    Con un deseo que superaba toda vehemencia, me ponía a horcajadas sobre él e, bajando mi cuerpo, iba metiéndome poco a poco su glande, hasta sentarme encima de él, siendo ahora yo la que subía y bajaba sintiendo su pene entrar y salir, a la vez que le decía que esperaba con ansia e ilusión este momento, que me hiciese lo que quisiera. Mis palabras estaban cargadas de lujuria, para excitarlo más, hasta llegar al extremo de lograr juntos una sublime culminación.

    Y después de esos espléndidos minutos en aquella esplendida camilla, descansamos. 

    Medio repuesta le dije que lo avisaría con tiempo para el trío y que con independencia de eso, que cada vez que viniese a su consulta podríamos repetir lo mismo de esta inolvidable “revisión”. 

    No respondió, pero su significativa mirada se encargó de dar respuesta a mis dos propuestas.


    A Chávez López
    Sevilla ago 2026

     :)

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