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antonio chavez
Miguel de Cervantes s.XVII
Ernesto & Dolores
La adolescencia de los 17 años estaba siendo una dulce tortura para Ernesto. Si bien sus fugaces experiencias sexuales se limitaban a un beso robado en un inocente juego en el instituto, o a haber tocado una teta por una apuesta, su cóctel de hormonas le hacía fantasear, soliendo acabar con escapadas al baño para aliviar momentáneamente la presión que sentía en su pene.
Una de las imágenes que más le causaba excitación era la presencia de su vecina Dolores, que contaba 27 años y que aun siendo mayor que él, habían trabado una buena relación amistosa, convirtiéndose en la única persona en quien confiaba sus inquietudes sobre sus impulsos sexuales no controlados
Era en una noche como esa, cuando sus padres aprovechaban un puente para desconectar de la rutina diaria y pedían por favor a la vecina Dolores que durmiese en su casa para que vigilase a Ernesto, con la idea de que no montase una fiestecita que causase quejas del vecindario e incluso una denuncia.
Si bien Ernesto recibía con felicidad aquellas noches con Dolores, le producía incomodidad y muchos momentos en el baño por compartir sofá con aquella morenaza de grandes y bellos ojos azules y un cuerpo ¡ufff!, que siempre acudía envuelta en un cortísimo y ajustadísimo pijama. Aun siendo unos centímetros más baja que él, su cuerpo era imposible de no desear: esculpida piel, caderas pronunciadas, culminadas en las partes bajas de la espalda con hoyuelos, y sus grandes pero bien puestos pechos, aprisionados en blusas o camisetas. El sutil brillo de su piel garantizaba una sexualidad latente, a punto de empezar a sudar de excitación.
Esa noche, Ernesto decidía acostarse antes de lo previsto, porque tener tan cerca aquel relleno pijama se le hacía insoportable, y él no paraba de refugiarse en su dormitorio para masturbarse y pensando en que la maciza Dolores lo irrumpiese en la mitad del acto y fuesen sus dedos los que acariciasen su miembro rebosante. Hasta tres veces se pajeaba alocadamente, teniendo en su cabeza y en su pene la imagen pecaminosa de su espectacular vecina Dolores.
Esos pensamientos no le dejaban coger el sueño. Dolores estaba al otro lado del tabique, pegado por el lado derecho de su cama, y podía oír los muelles del somier cada vez que cambiaba de postura. Pero, de pronto, la oía irse hacia la puerta, girar el picaporte y salir al pasillo. Movido por su fantasía, había dejado la puerta de su cuarto estratégicamente entreabierta, para seguir alimentando el deseo de bella Dolores, si es que se levantaba de madrugada. Oía Ernesto un crujir de pies desnudos acercándose; “irá a la cocina o al baño”, pensaba. Pero el sonido cesaba. ¿Se habría detenido movida por la curiosidad, o podría ser la puerta entreabierta la razón por la que se había levantado en plena sueño? Ernesto no se atrevía a verificarlo si veía su sombra a través del resquicio que había dejado y su envalentonamiento previo al fantasear con una despampanante chica irrumpiendo en su cuarto, se había diluido, dejando paso al temor de que eso ocurriese y no supiese qué hacer ni qué decir.
Todo era silencio, sólo podía escuchar su propia respiración, que por mucho que la intentaba controlar, la sentía forzada de puro nerviosismo, y el calor más sofocante del que causaba de por sí el mes de julio. La camiseta y el slip que llevaba le parecían en aquel momento demasiado abrigo e incluso hasta habiéndose deshecho de la sábana. Su corazón daba un vuelco cuando el silencio fue interrumpido al oír la puerta abriéndose y los pies de la pícara Dolores acercándose del modo más silencioso que podía y después su respiración junto a la cama. Mientras a Ernesto, su súbita cobardía le impedía moverse y sólo fingir que dormía y a la vez suplicar que esa tensa situación acabase. Sentía como Dolores lo miraba, convencida de que realmente estaba dormido, que lo corroboraba sus ojos cerrados y su aparente respiración plácida.
Era entonces cuando Ernesto sentía cómo el calor bajaba por su vientre hasta la base de su pene. Empezaba a tener una erección y sabía que Dolores estaba a medio metro, que su slip sólo harían que la erección fuese más escandalosa y que ella lo vería todo. Y esa idea lo excitaba más. Sólo tenía que seguir con los ojos cerrados y fingir que dormía del modo más convincente posible.
No sabía si era por mantener los ojos cerrados y por centrarse en sus sensaciones, o por pensar que Dolores no estaría perdiéndose detalle, pero sentía más que otras veces la presión en su miembro cuando se engrosaba y cuando iba separándose de los testículos para presionar la tela hasta llegar el límite del elástico. Pero eso no detenía su descomunal erección, alimentada por el roce con la tela mientras se abría camino por la bragueta que era lo único que privaba ver aquel vigoroso pene a Dolores, cuya respiración era cada vez más entrecortada.
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Ernesto debía esforzarse al máximo para aparentar la placidez del sueño porque al asomar el pene por el límite de la bragueta, éste sujetaba su prepucio y hacía que el glande se mostrara a los ojos de Dolores con cada latido, estimulando más su erección, que iba apartando la tela de su slip. Podía sentir cómo la tela que se cogía a la base del glande cedía y se deslizaba hasta la base, dejando al aire su grueso y largo pene, erecto como nunca antes lo había tenido. Sentía cómo le palpitaba, y cómo la excitación hacía que gotas pre-seminales lo recorriesen, estimulándole más y haciendo que el simulo de estar dormido fuese una difícil tarea.
Oía cómo a la respiración agitada y próxima de Dolores se unía un sonido húmedo, que le hacía entornar unos segundos los ojos, y grabar en su cabeza la imagen de ella mirando fijamente los latidos de su pene, mientras se mordía el labio para acallar sus jadeos. Sus brazos apretaban al bajar sus pechos brillantes por el sudor que se intuía por el escote de su blusa. Sus manos se perdían dentro de su corto pijama, por encima del que se presentían un movimiento de sus dedos que le iban dando un delicioso sonido húmedo y hacía que sus muslos se separasen mientras intentaba permanecer en pie.
Pese a su monumental excitación, con tendencia a subir, Ernesto no se atrevía a dar el paso definitivo, sólo intentaba permanecer inmóvil, mientras la imagen que seguía viendo, pese a tener cerrado los ojos, causaba humedad en su pene por su propia secreción y que sintiese cada milímetro que se expandía más allá de su límite con cada latido.
Era entonces cuando sentía cómo la yema de un dedo de Dolores se posaba tímidamente en su humedecido glande, animándose a deslizarse por él, como queriendo dibujarlo. Pronto eran dos dedos los que cogían el glande, sintiéndolo palpitar, estimulándolo y cubriéndose de una deliciosa lubricación. El púber no podía soportar la forma de toquetear su virilidad a la que Dolores lo estaba sometiendo, dejando escurrir sus dedos mientras la escuchaba jadear y a la vez que se aceleraba el sonido húmedo que provenía de entre sus muslos.
De pronto, Dolores detenía sus movimientos y Ernesto estaba a punto de descargar en los dedos de ella. La tregua duró un segundo; los jadeos aumentaban y del ajustado pantalón de pijama de Dolores aparecía más sonoro el sonido que describía cómo sus dedos entraban y salían de su triángulo, que derramaba ríos por la cara interna de sus muslos y cómo el mero roce de su hinchado clítoris le causaba unos gemidos que no podía acallar. Sentía su aliento jadeante a un centímetro del glande, sus labios se apoyaban en la punta y se deslizaban para abarcar la cabeza de la bestia palpitante que latía entre ellos y que apenas dos centímetros metidos que, más allá de él, ocupaba los rincones de su boca, presionando contra su lengua que hacía que saborease su espesa lubricación en su garganta.
Ernesto no podía aguantar más y sentía cómo una violenta contracción recorría su pene, separando aún más los labios de Dolores e inundando de calidez el poco espacio que le quedaba, y ella se sorprendía al sentir cómo un intenso orgasmo sacudía su cuerpo al sentir la embestida y el blanco semen que rebosaba entre sus labios y su garganta, ahogando sus ahora rugidos en una mordaza de erección y cálido y espeso sabor a pubertad, mientras sentía sus dedos chorrear, reos de sus propias contracciones.
Dolores se incorporaba exhausta, sintiendo como sus flujos resbalaban por la cara interna de sus muslos, encaminándose de nuevo a su dormitorio e intentando no preguntarse si Ernesto había sido consciente de todo aquello.
Pero Ernesto permanecía inmóvil, tratando de recuperarse de tan violenta descarga.
Medio repuesto, maldecía su indecisión mientras oía a través de la pared que los separaba cómo Dolores gemía e imaginaba cómo se sentiría el pene del chico al abrirse paso dentro de su sexo y penetrándola más allá de lo que nunca había experimentado.
Hasta que Dolores, la única de los dos (quizás por mujer o por mayor que él y también porque no quería ver a Ernesto sufrir) más conocedora de asuntos carnales y completamente desnuda, se fue al dormitorio del excitado Ernesto, y ya en él, lo llevó a culminar como mandan los cánones. E hicieron el Amor toda la noche y parte de la mañana del otro día porque los padres de él no llegarían hasta el anochecer. Seis veces descargó Dolores y cuatro Ernesto. En esa larga velada de sexo hubo de todo: felaciones, cuningulus y hasta lamidas de los dedos de los pies.
Y a partir de entonces, cada vez que salían de viaje los fines de semana los padres de él, Dolores y Ernesto hacían el Amor. Lo malo era que se estaban enamorando y quizá no fuera aceptada una relación entre ellos por los padres de él, porque él tenía 17 años y Dolores 27. Diez años de diferencia, quizá demasiados. Pero cada vez que estaban encamados, no querían pensar en nada más que en lo que se estaba cociendo.
Sevilla ago 2026