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¡Cuánto me gustaría tocar el cielo!

antonio chavezantonio chavez Miguel de Cervantes s.XVII

¡Cuánto me gustaría tocar el cielo!

Sólo un pensamiento reinaba en mí durante todo el vuelo. Con mi cabeza apoyada sobre el marco de la ventanilla de mi asiento, miraba cómo las nubes se iban alejando de la aeronave. Con dos dedos de mi mano derecha trataba de atravesar el compacto vidrio para penetrar su textura y seguir hacia arriba. En mis labios se torneaba una suave sonrisa, mientras mi corazón suspiraba la ausencia de un deseo: “¡cuánto me gustaría tocar cielo!”.

Una voz aflautada me despertó de mi sueño anunciando la llegada de mi avión al aeropuerto. Con las manos en movimiento me despedí de las nubes y volví a la realidad. Entre empujones y prisas, conseguí salir del avión.

Tras esperar veinte interminables minutos, pude recoger mis maletas y dirigirme al aparcamiento del aeropuerto, donde un coche de alquiler esperaba. Siempre me había gustado conducir, y esa vez eran más de doscientos kilómetros los que me separaban de mi destino. No era un tiempo perdido para mí porque las tres horas de carretera me iban a permitir poner en orden mi cabeza e intentar aclararme la decisión que me había llevado a realizar esa aventura.

Buscaba soledad, tranquilidad y olor a campo. En una de las maletas: dos minifaldas vaqueras, tres camisetas, ropa interior, un libro y este bloc. En la otra, sandalias, sábanas, toallas y accesorios para el cuarto de baño y la cocina.

Una semana de meditación, donde esperaba encontrar mi ego, que lo había perdido hacía tiempo.

¿Cuántas veces me había prometido a mí misma no volver a llorar? Pero, como siempre, rompía mi promesa dejando que  lágrimas brotasen de mis ojos, deslizándose por mis mejillas.

Inútil era seguir luchando contra mis sentimientos. Inconscientemente, en él pensaba, en un Amor perfecto, tan a mi medida que no sabía por qué estaba huyendo, pero que me había hundido una vez más en la desesperación. Quería con todo mi ser dejar de creer en el Amor, construirle una coraza a mi corazón, protegerme a toda costa de sentimientos extraños, que siempre me habían llevado a mi propio fracaso. Sin embargo, esta vez iba a ser todo diferente: ya había desaparecido el Amor.

Sentía el aire en mi cara. El ruido exterior del coche se mixturaba con el sonido de la radio, pero, pese a eso, mis ojos conseguían  sobrevivir a la belleza del paisaje que iba dejando a mi paso.

No debimos permitir que nuestro juego se nos escapase de las manos. Pensaba haber encontrado al hombre ideal, pero ahora reconozco que no fui justa con él. Por su carácter, creía que era una persona fría, capaz de controlar al máximo su corazón, de no enamorarse, y al que no le haría daño y del que no tenía que defenderme. No debí de haber sido tan cruel con él. El hecho de que no me ofreciese sus sentimientos, no significaba que no los tuviera. Mi egoísmo hacía sentirme injusta. Cuando, por ejemplo, un viernes por la noche. No necesitaba yo un niño con quien jugar, necesitaba un hombre hecho y derecho y entregado a negarse a mis caprichos, uno con una personalidad que nada la pudiese destruir.

Le puse a prueba. Le dejé una nota pegada a la puerta de su casa.

Si quieres dormir esta noche más tiempo y deseas que te prepare y te sirva el desayuno en la cama mañana, te espero. Si decides venir, pulsa una vez el timbre, que yo estaré despierta y en atenta.

Pero, o no le apetecía dormir más tiempo, o no querría que le preparase y le sirviese el desayuno en la cama. No obstante, hizo lo que yo esperaba: no acceder a mis caprichos.

Era el hombre que buscaba. Pero lo veía todo muy claro: si uno no da lo que tú quieres, no pide nada. Era perfecto; con él lo tenía todo; cariño, ternura, sexo, y… nada. Por primera vez en mi vida... nada.

Un contrato perfecto para dos que no esperan nada, que no quieren dar nada. Yo era feliz. Tenía el espacio que no existe en una relación consagrada: caprichos, salir sin control de tiempo de tiendas, pasear con mis amigas... Es definitiva, todo lo que desaparecía cuando el Amor aparecía y llamaba a mi puerta.

¿Qué era lo que él pensaba él? A veces estuve tentada de preguntárselo, pero nunca tenía valor para hacerlo, así que dejábamos que el tiempo pasase y que nuestros encuentros nocturnos acostumbrasen nuestras vidas.

Empezaba ya a oscurecer. Me sentía cansada. Desvié el coche de la autopista y busqué un motel. Cené algo suave y me fui a mi habitación. No podía dormir, y el silencio de las cuatro paredes hería mis oídos.

Cerré los ojos e intenté coger el sueño, pero mi corazón me llevaba al recuerdo de las noches en que nos convertíamos en amantes, fundidos en besos y caricias, y un sobrecogedor calor nos extasiaba, y a la misma vez nos permitía, en un corto espacio de tiempo, eternizar el final de nuestra unión, hasta más allá del infinito, sin pedirnos nada, ofreciéndonos todo y aceptando sólo el regalo de nuestra mutua compañía.

No había eternidad para nosotros sin el calor de nuestras miradas, ni siquiera un momento que pudiese olvidar el tiempo. No había secretos, ni sueños, aunque grandes, que pudiesen superar esos momentos.

Pero la noche acababa, y en el día sólo compartíamos malhumor, reproches, rabia y hasta odio. Posiblemente era miedo a descubrir que además de amantes podríamos ser... ¿amigos?

Debí quedarme dormida cuando amanecía, pero un fuerte dolor de cabeza me estaba matando. Me duché, me vestí, desayuné y en coche recorrí los pocos kilómetros que me separaban del olor a campo, tan deseado por mí.

Era un pueblecito con casas antiguas y poco habitado. Deje mi equipaje en la casa que alquilé y me fui a recorrer sus calles. Grande era la iglesia en proporción al pueblo. Su puerta estaba abierta, así que entré y me senté en uno de los bancos alargados.

Y nuestras vidas seguían. ¿Cuánto? Tal vez un año o dos más. El tiempo pasaba rápidamente y nuestros secretos, de muchas noches compartidas, seguían riéndose del Amor.

-sigue y termina en página siguiente-


 

Comentarios

  • antonio chavezantonio chavez Miguel de Cervantes s.XVII

    ¿Cómo podíamos ser tan tontos e inconscientes? Nadie puede reírse del Amor, nadie puede sobrevivir a él. ¿Por qué íbamos a ser nosotros que lo consiguiésemos?

    Estoy cansada de recordar, de buscar y encontrar una explicación lógica a una cosas que no la tiene. ¿De qué queríamos huir? ¿De nosotros mismos?

    No era necesario seguir alargando la agonía con recuerdos. El final de nuestra historia estaba sentenciado desde el principio.

    “Te amo”, me dije para mi interior.

    Nunca lo había visto llorar, ni había sentido su cuerpo temblar entre mis brazos de esa forma. Con sus mano retiraba el pelo de mi cara, acariciaba mis mejillas tiernamente y me besaba. Besos eternos y cálidos que nos llevaban a fundir nuestros cuerpos en uno. Por una y única vez, no era practicar sexo: hacíamos el Amor.

    Me abrazaba, me besaba en los labios, y después se daba la vuelta. Me era imposible dormir. Los pensamientos se me agolpaban en la cabeza.

    ¿Qué era lo que había hecho?

    Nada menos que romper nuestra promesa: “nada de Amor, ni un te amo”. Ese minuto de debilidad había acabado con una amistad, una historia cargada de tiempo y felicidad: un contrato perfecto.

    Sentía sus brazos sujetándome, su cuerpo desnudo rozando el mío, su respiración fuerte acompasada, y su corazón, con un ritmo normal, como siempre, sin vivir las emociones.

    Yo lloraba. Ea nuestra última noche.

    La humedad de mis lágrimas mojaba sus hombros. No podía permitir que me viese llorar, que descubriese mi debilidad. Me alejaba, pero me volvía a abrazar, me besaba en los labios y me decía:

    —Yo también te amo -como si hubiese leído mis pensamientos.

    Tampoco él podía dormir. Yo me sentía cómoda y feliz entre sus brazos, como si el tiempo se detuviera.

    Pronunciaba mi nombre.

    —¿Qué? –respondía.
    —Nada –agregaba él.
    —Lo siento, nunca debí… -no me dejaba acabar la frase.
    —Nunca debiste decirme la verdad. Somos sólo amigos, ¿no?

    "¿Amigos, amantes...?". Ni nosotros mismos sabíamos qué éramos.

    —No sé -respondía.
    —¿Qué vamos a hacer ahora? -me preguntaba.
    —Sólo una cosa, lo acordado desde el principio: que ambos respetemos nuestra libertad.

    Los dos sabíamos que el Amor no era perfecto. El Amor era el principio de nuestros problemas: “yo te dije”, “tú me dijiste”, “llegas tarde”, “de dónde vienes”, “a dónde vas”, “prefieres a tus amigos que a mí”, “eres egoísta”, “me duele la cabeza”… Problemas y más problemas que nunca habían existido entre los dos, hasta ese momento.

    —Sólo podemos hacer una cosa –respondía, finalmente.

    Volvía a abrazarme y a besarme por última vez. Se levantaba de la cama, se vestía y sin mirar atrás y antes de salir de nuestro nido de Amor, me decía:

    —Adiós.

    Por única vez, desde que habíamos empezado nuestras relaciones, no se quedaba conmigo el resto de la noche. Y eso que dicen que el Amor no cambia.

    Lloraba con desesperación. No tenía fuerza para seguir luchando, ni siquiera contra el Amor. Así que decidía emprender este viaje para empezar a olvidar.

    ¡Qué bonita es la Iglesia, pero que frío hace aquí! Me hubiese gustado rezar una oración que me sabía, pero mi memoria se negaba a recordarla. Si pudiese recuperar mi corazón de la forma tan rápida como mi libertad, todo sería más fácil.

    Me arrodille y le pedí a Dios que me ayudase a entender, que me ayudase a tomar una decisión, o que me ayudase a olvidar, pero dentro de mí, sólo se repetían dos palabras: te amo.

    Dos palabras que grité con toda mi fuerza, con la idea de permitir que el eco me las recordase. Cerré los ojos, pero desde el interior de aquellas paredes viejas y húmedas de la iglesia, parecía que una fuerte voz me respondía:

    ¡Yo también te amo!


    A Chávez López
    Sevilla ago 2026

     :)

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