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Ella provocó la decisión de él

antonio chavezantonio chavez Miguel de Cervantes s.XVII
editado 29 de julio en Erótica



Ella provocó la decisión de él

Nada hay más hermoso y a la vez más poderoso que el Amor cuando se ama de un modo irracional.

Una mañana cualquiera de un invierno gélido en Madrid. El autobús de siempre, a la hora de siempre. El Sol aún no quería salir, su lugar lo ocupaba la niebla, que lamía la Tierra con las últimas sedas. En el firmamento, suave se dibuja la Luna. El tiempo y el espacio parecen disolverse si miramos hacia arriba.

Él pensaba en ella, un día más, como una devoción desde que aparecía en su vida. Él se veía feliz, estaba seguro de ello. No tenía la necesidad de pensar en el placer de la seducción, porque le parecería teatral. Se acordaba de sus bromas cuando un amigo o enemigo, vayan a saber, miraba a la chica con una mixtura de lujuria y deseo, propio de un depredador.

De forma instintiva imaginaba la mecánica del juego e intentaba recobrar su aire de altivez. Se sentía excitado y su corazón parecía ser ejecutado por sus febriles embestidas. Su mano parecía cobrar género en la entrepierna de ella. Cerraba los ojos para disfrutar de sus propias caricias. Sentía cómo su aliento rozaba sus mejillas. Un deseo ardiente iba apoderándose de su pene, pero su mano se detenía a pocos centímetros. Pasos que se acercaban a la parada del autobús, que parecían haberlo puesto en contacto con la realidad.

El autobús se ponía en movimiento. La ventanilla de su asiento le devolvía el reflejo de la aromática decadencia de Madrid. Exquisita decadencia. Un sentimiento de soledad lo acompañaba. En el trayecto, notaba los afilados cuchillos de la soledad, pero trataba de sobreponerse.

No podía separar sus ojos de la silueta que estaba volviendo a ver, como cada día, desde la ventana de su despacho. Tiempo atrás, conseguía zafarse de sus obligaciones y bajaba a la plaza, donde una muchacha se sentaba en un banco a leer. Tenía que liberarse y estar en ese momento allí, con ella, junto a ella, por si algo ocurriese.

Sabía todos y cada uno de sus gestos. Sabía la manera exacta en que ella cruzaba las piernas, para que su falda no dejase intimidad expuesta. Sabía cuándo retiraba el pequeño mechón de su cabello, que se esparcía por su rostro. Sabía el sonido de sus manos, tratando de ajustarse la minifalda.

En principio se había sentido ridículo, un mirón más, un salido más de los muchos que se detenían para mirarla, para tratar de entablar una charla con ella. Pero pronto dejaba de torturarse con sus angustiosos pensamientos.

No podía ser malo dejarse llevar por un deseo. Por fin, era capaz de reconocer que la deseaba por encima de todo. Quizás el deseo nacía en la parte interior de su minifalda. Lo cierto era que cada día estaba más ansioso por volver a la plaza, incluso reunía el valor necesario para hablarle y confesarle lo mucho que la deseaba.

Sólo necesitaba saber que ella seguía yendo regularmente a la plaza. Se quedaba escuchando con atención;  escuchaba el sonido de su voz al devolver una pelota a un niño, que la había lanzado con mala puntería. Su voz, el brillo de sus ojos, el olor de su perfume, le parecían más embriagadores que nunca.

Uno de aquellos días cruzaba sus ojos con los de ella y sentía un agradable dolor de estómago. El tiempo y el azar habían hecho su trabajo. Pero sabe Dios que lo había intentado antes. Poco a poco conseguía reunir las fuerzas necesarias para irse hacia ella. Le atenazaba la angustia, pero seguía adelante. Solo eran veinte pasos, que se le antojaban aterradores

—Bonito día el de hoy –musitaba, de pronto

Ella esperaba una mejor insinuación

Él se decía para sí: “¡soy un imbécil; menuda perogrullada acabo de soltar!”.

Sin embargo, ella era más directa:

—¿Quieres que que gamos el Amor? –le preguntaba en un tono atrevido, pero dulce.

“De eso se trata”, pensaba y quería aunar el aplomo suficiente para contestar, pero la chica de nuevo se le adelantaba:

—Te vengo observando durante las últimas semanas, y he visto que tienes una extraña forma de seducirme. Es más, había pensado en seducirte yo.

Ya no tenía escapatoria posible. Se había resuelto el asunto de una forma tan inesperada como inusual, y ahora tenía que aplicar su ingenio. Mucha gente no sabe lo que quiere; no obstante, aquella chica lo tenía claro; lo quería a él. Puede que su mente anduviese vagando por las páginas del libro que simulaba leer, pero en su corazón estaba él.

Sus pechos temblaban al contacto de los dedos de él. Sus pezones se endurecían. Las palmas de sus manos y una dudosa sensación de vértigo, por el calor auspiciada. Las caricias invadían un pubis, levantando el suave vello cual leve y tibia brisa. El placer que inundaba el cuerpo en la entrega de la piel. El impacto de su cabeza sobre la suya, con el cabello enmarañado, como un rayo de Sol que en forma inesperada se posa sobre el agua. Su aliento como el aliento del mar, desembocando en la playa, esperando el juego prohibido; el primer beso, suculento de salivas y estridencias de dientes.

Ella admiraba el estilizado cuerpo de él, y lo admiraba con un sentimiento que desarma. Pero su mente iba por un camino diferente: calculaba el tiempo que podía mantener una erección un hombre bien dotado.

Sus ojos, sus manos y sus labios se alejaban, pero volvían a su pene, a sus nalgas, a sus piernas, a su pubis, haciéndole el Amor, deslizándose como cera en vela que se extingue. Le acariciaba como si el tiempo muriese con ellos, ofreciéndose al placer con la furia de placeres largamente acariciados. El fuego alumbraba sus ojos, mientras él llevaba su mano, cual ave rapaz, dirigiéndola a puntos inexplorados de su cuerpo. Los escalofríos se convertían en lavas, en un sentir de cuerpos que tiemblan al unísono.

La noche que ya terminaba no acababa al mismo tiempo en este espacio. Aún ganaba la ansia y los picos de la madrugada. Cerraba los ojos, rotos por la batalla, sintiendo la firmeza inagotable de la lujuria. Él aún le permitirá descubrir el oro de un corazón blando entre sus nalgas; era la puerta que se cerraba y se abría con el silencio roto por gemidos. El dolor y el placer se entremezclaban en la tormenta. Durante algunos minutos, sentía las mortales cornadas del semental, pero el languidecer del estremecimiento, el principio de la embriaguez en la gran cama blanca.

Iban tocando el cielo en cada uno de los acentos suspendidos. Él pronunciaba palabras dulces al oído de ella, y rememoraba los momentos frescos, en la búsqueda de un paraíso y la miel que quedaba dentro. No le importaría morir de placer ahora.. Ahora sabía que en sus brazos podía pasar el resto de sus días y que podía ahogarse en sus ojos sin sentir frío.



A Chávez López
Sevilla jul 2026

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