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antonio chavez
Miguel de Cervantes s.XVII
Toda una vida de lucha y trabajo
Y ahí sigue, infatigable siempre, asido con una de sus manos a una muleta como única forma de mantener en pie su desgastada figura, mientras con la otra trabaja en su recoleto huerto a golpe de azadón su fatigada tierra; una vieja compañera silenciosa y ya protestona, que aún mañana dará hermosos y brillantes frutos rojos y verdes, y siempre él con la misma cantinela incumplida de que éste va a ser el último año.
Ahí va él, erguido nuestro héroe con su viejo sombrero de desbaratado entramado que si se lo quita deja ver una pronunciada calvicie y unos pelos blancos esparcidos, que el Sol, al que no renuncia por innegociable colega, abrillanta.
Su piel tostada y gruesa delata la manera de vida de este nonagenario, seguido a donde quiera que va por su perro, que parece haber envejecido con él y que sólo ladra a los foráneos si su amo no está presente. Y cuatro perezosos gatos que caminan como silentes visitantes cuando los desperdicios de comidas hacen su aparición, y de la mano de su siempre enamorada, inseparable e incondicional compañera de viaje, de día y de noche.
Se ha puesto nuestro anciano junto a la lumbre de la chimenea, hecha por él mismo, ahora no recuerda cuántos años. Los trozos de brasas de los deshidratados troncos entrecruzados le proporcionan un agradable calor a sus desgastados huesos, aliviándole las dolamas artríticas.
Pero, a pesar de sus permanentes dolores, pensando está siempre el abuelo en que mañana tiene que volver a su huerto, donde ya empiezan a asomar incipientes brotes de delicias que decorarán su mesa, y también esperan sus impertérritos animales, ajenos al sufrimiento corpóreo de él; y ellos, ávidos de sus cariñosas y mimosas palabras.
Ahí está él, reposando cual veterano caballero de guerra. Él es el mismo que un día, siendo un púber, decidía que quería conocer de cerca las sensaciones de la guerra; vivir el peligros y la angustia que causan los estruendos de las bombas y los silbidos de las balas al estrellarse contra algún parapeto, en el que uno ha de cuidar su integridad.
Parece que fue ayer cuando, con tan sólo 17 años, junto a sus hermanos y a su angustiada madre, comunicó a su padre durante la cena, alrededor de la mesa redonda, huérfana de manjares, que quería alistarse a la División Azul.
No pretendía defender ideología, ni patria por la que morir, sólo quería defenderse a sí mismo y a la vez descubrirse en las peores circunstancias. Tenía espíritu aventurero, y la contienda de mediados del siglo XX era la panacea perfecta para la lucha.
Como un soldado derrotado y denostado, y ultrajado a su paso por los pueblos, que festejaban la caída del altivo pueblo tudesco, terminó en un severo campo de concentración en Berna (Suiza), y allí, tierra neutral, pasaba el último año de una aventura que le forjaría para siempre en un trabajador y luchador infatigable.
Cuando lo soltaron, fue acogido por un matrimonio chocolatero, que azuzó el físico del joven español, con la cara curtida por cientos de sufrimientos.
El Amor de una guapa y estilizada patinadora helvética no se hacía esperar, atraída, sin duda alguna, por el aura de heroicidad del atractivo español. Pero no, él no se dejó seducir, él le era fiel a una muchacha ignota, regordeta y de pómulos rosados, que el destino le guardaba en su pueblo natal.
Un delicioso aroma a fritura, proveniente de la cocina, lo rescataba de sus viejas reminiscencias. Le parecía que sólo había pasado un día de tan dramática experiencia, que daría paso a una vida de penurias, que un día lo llevaba, que ni en sueño había soñado, a prestar sus reconocidos saberes a tierras germánicas, dejando atribulados a su esposa y a sus dos vástagos de corta edad, con el único objetivo, incrustado en su mente, de ofrecer a su familia un hogar digno, construido a golpe de lucha y trabajo.
Ahí está él, tranquilo, exponiendo las palmas de sus dos manazas, esculpidas con el esfuerzo al fuego de la hoguera que le alivia la gelidez de noches invernales, repasando una vida llena de alegrías y sinsabores, por la que había pasado el nacimiento de sus hijos, la muerte de sus padres y su matrimonio con una regordeta muchacha rústica, de cara rosácea, muy amada por él y con la que ha compartido toda una vida.
“¡A cenar!”.
Con ese clarín de su esposa, despierta de su abstracción de recuerdos de una vida intensa, en donde el ocio y las desganas eran palabras prohibidas. Tiene 90 años, pero rulando está siempre en su mollera que ni un día puede dejar de acudir a su tesoro, su huerto. No se puede permitir el lujo de no atender a sus tomates y sus pimientos, ni tampoco los bancos de hortalizas, que todo esto pide agua, bajo la amenaza de putrefacción.
Finalmente, esos relucientes y tersos frutos lucirán, espléndidos y victoriosos, en el centro de la mesa redonda del comedor de su casa, que, sin duda, simbolizan el tesón de un hombre hecho a sí mismo.
