¡Bienvenido/a!

Pareces nuevo por aquí. Si quieres participar, ¡pulsa uno de estos botones!

La dignidad cuando se superan los 39 grados

 

Siempre había considerado que la dignidad era una cualidad irrenunciable del ser humano. A mis años, después de una vida razonablemente ordenada y de unas cuantas batallas personales , estaba convencida de haber preservado intacta esa noble virtud. Hasta que llegó la ola de calor.

El primer día resistí con entereza. Cerré las persianas, bebí abundante agua y repetí varias veces la frase «no es para tanto», con la misma convicción con la que una persona atrapada en un ascensor asegura que enseguida vendrá alguien a rescatarla.

El segundo día empecé a negociar con principios que hasta entonces había considerado innegociables. Me sorprendí cenando gazpacho , de pie y frente al frigorífico abierto. No me sentí orgullosa, pero tampoco especialmente culpable.

El tercer día comprendí que la civilización era un concepto extraordinariamente frágil.

A las cuatro de la tarde, el termómetro de la farmacia marcaba treinta y nueve grados a la sombra. Ignoro cuántos alcanzaba mi salón, porque el termómetro doméstico, tras un leve titubeo, había decidido cesar toda actividad y mostrar únicamente dos rayas horizontales, como si hubiera sufrido una crisis existencial.

Intenté mantener la compostura. Me senté en el sofá con un ensayo sobre filosofía clásica, convencida de que la elevación intelectual ayudaría a trascender las limitaciones del cuerpo. A los tres minutos utilizaba el libro como abanico y reflexionaba, no sobre los estoicos, sino sobre la posibilidad de trasladar mi residencia permanente al interior de un supermercado, preferiblemente junto a la sección de congelados.

A partir de ese momento, la dignidad empezó a evaporarse a la misma velocidad que el agua de un charco en agosto. Dejé de cocinar porque encender los fogones me pareció un acto de heroísmo innecesario. Dormía abrazada a una bolsa de guisantes congelados y mantenía conversaciones cada vez más afectuosas con el ventilador del dormitorio, al que empecé a tratar de usted por respeto a los servicios prestados.

Lo más curioso, sin embargo, era la pregunta ritual que todos parecían obligados a formular:

—¿Y tú, cómo lo llevas?

Al principio respondía con cierta compostura:
—Bueno, ahí vamos.

Dos días después, la sinceridad se impuso:
—Derretida.

Y lo decía con una sonrisa, porque a esas alturas una descubre que el humor no elimina el calor, pero al menos evita que una se funda del todo por dentro.

Una tarde, mientras permanecía inmóvil frente al frigorífico abierto, disfrutando de aquella corriente de aire polar con una gratitud cercana a la experiencia religiosa, comprendí una verdad profunda sobre la condición humana: creemos que somos seres racionales, sofisticados y dueños de nosotros mismos, hasta que el termómetro supera determinados límites. A partir de ahí, todo nuestro refinamiento intelectual, nuestra educación y nuestras convicciones se reducen a un único y noble propósito: sobrevivir hasta septiembre.

Y fue entonces cuando comprendí también que la dignidad es, sin duda, una de las grandes conquistas del ser humano; pero, por desgracia, a partir de los treinta y nueve grados se convierte, esencialmente, en una actividad estacional.

Comentarios

  • Hola, @Anapazia,

    Me ha gustado mucho tu relato, tiene una escalada bien escrita, es cotidiano, pero a la vez con un giro muy personal. No explicas, muestras el calor y sus efectos. ¡Bravo!
Accede o Regístrate para comentar.


Para entrar en contacto con nosotros escríbenos a informa (arroba) forodeliteratura.com