Quizá llegue a ser la mujer de mi vidaMi padre me enseñó todo lo que sé, y en lo que más interés ponía era en meterme en la mollera algo muy importante: “¡uno debe conocer siempre sus propios límites; quien los traspase, jamás llegará a buen puerto!”. Y me lo decía con frecuencia y hasta con énfasis, como si le fuese la vida en ello, pero no siempre le hacía yo caso.
Reconozco que no soy un hombre deslumbrante, sólo agraciado de cara y cuerpo. Pero creo que ahora no vale la pena entrar en este detalle. Simplemente, mi físico no es para tirar cohetes.
Pero, eso sí, he aprendido a arreglármelas solo. Y no quiero más que esto, porque sé que tal vez no pueda llegar a más. No es que envidie a quien vive del éxito, o como quieran llamarlo. No, no es eso lo mío. Quizás por esto nunca me he insinuado a una mujer con la picardía necesaria. Tuve una relación amorosa en mi juventud, pero a estas alturas de mi vida, 55 años y aún sin pareja, supongo que sólo necesito compañía.
Pero un día conocí a una mujer, poco después de montar la tienda de perfumería. Entró con un hombre alto, fuerte y rubio y me compró un gel. Me regaló una sonrisa mientras recogía el cambio. Ahora ella sigue igual; educada y risueña. Habla moviendo despacio los labios. Nunca tuve un rollo con ninguna de mis clientas, a menos que alguna insista, que también la ha habido.
Volvió esa mujer a visitar mi tienda, hasta hacerse asidua. Es probable que le resuelva los pequeños olvidos porque nunca compra gran cosa: un carmín, siempre rojo; una pasta de dientes, un rímel…, pero siempre me deja una sonrisa. En realidad, salgo ganando.
Ella dejó al rubio, y me di cuenta que venía más a menudo por mi tienda y me compraba más artículos. Una mañana le dije que tenía ojeras. “Ya ve usted”, me respondió. Pasada una semana entró a la tienda un señor trajeado y elegante y me preguntó cuánto costaba el lirio, que era un adorno en un jarrón para la tienda. Le dije que no estaba en venta. Se volvió de espalda y miró hacia la calle, y entonces la vi en la acera, esperando. Logré que el hombre aceptase la flor como regalo, por más que insistía en pagármela. Vi la sonrisa de ella cuando recibía la romántica flor de mano de su acompañante, amigo, vecino o lo que fuese, que a mí me pareció un individuo insulso y afectado. ¡Qué bien conocía yo la sonrisa de ella!
Un día, después de cerrar a la dos, decidí averiguar dónde vivía ella. Fue tan fácil como visitar el barrio y hacer una pregunta a una antigua clienta mía, que me encontré en la calle principal.
Una mañana escribí unos versos en un folio, que lo metí en un sobre y lo deposité en su buzón. Hago las cosas sin pensar, porque es la única forma de vencer mi inseguridad.
Al día siguiente volvió ella por mi tienda. Me pedía un perfume sencillo. Siempre quería cosas sencillas. Le pregunté qué tal le iba, mientras empaquetaba la cajita del perfume. “Bien, ¿y a usted?”, respondió, pero su cara decía otra cosa.
Ahora me visita con frecuencia. Me pregunté para mi interior si leería mis pobres letras que le había seguido enviando.
Un día temprano decidí abandonar mi patética costumbre cuando al atardecer vi el color pálido del folio en su mano mientras caminaba. Miraba, de vez en cuando, a todos lados. Lo guardaba en su bolso y seguía caminando con paso lento.
Esa tarde, mi habitual tranquilidad se veía turbada. Nadie lee lo que no quiere leer. Se lee porque gusta lo que lee, o no se lee. Simple. Pero, mi proverbial sensatez no quería sacar conclusiones. Quizá mis rimas no eran tan anodinas como yo mismo pensaba, o a ella le gustaban. Qué más da. Lo importante para mí era no dejar que esa mujer se agrandase en mi corazón como una esperanza.
“Sigue tu vida Eusebio”, me decía a mí mismo.
Un día entró a la tienda con un aire misterioso. No recuerdo ahora qué me pidió. Se veía extraña. Le di lo que me había pedido y me preparé para admirar su sonrisa. Pero nada, no hubo sonrisa. Pero me miró y me preguntó:
—¿Me respondería usted a una pregunta?.
Sobresaltado por la novedad, le dije que me peguntase.
—¿Sabe usted si hay algún poeta en nuestro barrio que acostumbra a distribuir gratis sus obras? Supongo que aquí en su tienda escuchará usted todo, máxime siendo su clientela mayoritariamente femenina.
—Ni idea –respondí, nervioso, pero creo que ella se percató de mi nerviosismo.
—Es que recibo poemas de una persona que no conozco -añadió.
—¿Le molestan? -le pregunté, intrigado, e interesado también.
—¡Oh, no, al contrario! -y se despidió, pero olvidando de nuevo su sonrisa.
Ya en mi casa repasé otro de mis poemas antes de meterlo en el sobre. “No le molestan, al contrario”. Recorría el pasillo dando vuelta a sus palabras. Pero no estaba yo seguro de que mis poemas fuesen buenos. A punto de salir hacia su casa, vi mi imagen en el espejo alargado del pasillo; un hombre maduro con un papel en la mano. Aparté la vista y dejé el sobre encima del mueble de la entrada. Entonces, nació dentro de mí algo parecido a la ira. Pero tenía que llevarle mi último poema.
Antes de cerrar el sobre, añadí una línea al final, como una post data: “espero no haberla molestado; este es mi último envío”. Ella no lo entendería, y quizá eso era lo mejor. Cerré el sobre con una sensación de asfixia y me miré al espejo antes de salir. “Algunas veces me pregunto quién coño ha diseñado esta estúpida sonrisa mía”, dije al espejo, o sea, a mí mismo.
Pasada una semana, antes de cerrar la tienda, la vi en la acera de enfrente una lluviosa tarde. Caminaba con semejante lasitud que parecía enfermiza. Llevaba un paraguas color café que hacía juego con su gabardina. Cerré la tienda y la seguí sin saber por qué hacía. eso. Las luces de las farolas filtraban la lluvia. Caminé detrás ella por calles concurridas de la ciudad, hasta llegar a la plaza principal. Entró en a una cafetería que tenía grandes ventanales y se sentó en una silla de una mesa frente a la puerta de entrada y salida. Me resguardé bajo el toldo de una tienda de electrodomésticos de enfrente, a pocos metros de la cafetería. El camarero apareció y le sirvió café. Se quitó la gabardina y la extendió en la silla de al lado. Abrió su bolso y sacó mis folios. Se recostó en su silla y comenzó a leer, a la vez que removía su café. Al poco, dejó la lectura y miró hacia la calle, colocó la cucharilla sobre el plato y bebió un sorbo, llevó la taza a su lugar y, seguidamente siguió leyendo.
Acabó su café y se quedó mirando la calle con mis papeles en una de sus manos. Decidí acercarme con la misma sensación que debe sentir el recluta cuando aparece su general. Con un gesto de satisfacción me miró cuando empezó a cruzar la calle. Pero, sin poderlo evitar, por el gentío y por la lluvia, topé con el cristal de la cristalera. Miré fijamente mis papeles y a ella. Asomó una mueca de contento a su rostro, y sus grandes y bellos ojos estaban abiertos de par en par, asombrados. Pero, de repente, sus brillosa mirada cayó dando tumbos, echando la mujer mano de su pañuelo para que la socorriese.
Sollocé una sonrisa, y el espejo del cristal me devolvió una imagen desvalida de un don nadie que quería ser poeta, pero a ella le gustan mis versos y, a juzgar por el brillo en sus grises luceros, también yo le gusto.
A Chávez LópezSevilla jul 2026