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antonio chavez
Miguel de Cervantes s.XVII
Habla nuestra Conciencia
Todos hemos escuchado alguna vez ante determinadas situaciones estresantes, una voz interior que susurra un sibilante consejo para superar un problema que encaramos. Pero a veces sólo aceptamos sugerencia como si de ley se tratase, y automáticamente pasamos de ella, tan pronto superamos la encrucijada coyuntural. Y siempre culpamos esa voz a la Conciencia, con la pragmática pretensión de ocultar nuestra ignorancia al respecto. Por desconcertante que parezca, desconocemos por completo el verdadero origen de la voz.
Cuando pensamos que el oficio de nuestra vida es, por ejemplo, la abogacía, oímos esa voz, y ahora somos abogado y odiamos nuestro trabajo.
Cuando conocemos a una mujer sentimos que no podemos amar a otra, esa voz reafirma nuestras impresiones con su opinión favorable. En la actualidad, estamos divorciados y solos.
Cuando nace muestro primer hijo decimos que va a superar en todo a su mediocre padre, pero la voz no estaba de acuerdo con nosotros, porque nuestro hijo, influenciado quizá por una vorágine de vicios o por el consumismo actual, o por guiado por malas compañías, se arrastra por la vida, perdido y sin rumbo.
Maldecimos esa repulsiva voz, que hace de nuestra travesía por la vida un perenne calvario.
“¡Somos los culpables de todos nuestros males!” -gritamos con ira.
Y entonces la presencia se revela junto a nosotros en el mismo reducto de la mente que habitamos en soledad, que creemos de exclusiva propiedad. No somos más que nuestros propios pensamientos. Descubrimos un velo de inconsciencia, como el ladrón que roba joyas en una casa, que el legítimo dueño creía suyas, palideciendo a consecuencia de la impresión recibida.
Y así vamos, sacudiéndonos nuestro fuero interno, deseando sea debido a un trastorno mental transitorio o a un desdoblamiento de la personalidad.
Escuchamos sus palabras, sin prestarse a dudas. Jamás escuchamos una voz más espantosa:
No se te ocurra nunca culparme de tu mediocridad. Todos los consejos que has recibidos de mí te indicaban la mejor opción a seguir. Has sido tú, inepto, quien la has truncado y la has desaprovechado por desidia. Naciste siendo un perdedor y así morirás. Ni por asomo pienses que yo te di mis consejos por Amor o por obligación. Para mí no eres más que una carcasa de carne vacía que yo necesito para continuar perpetuándome. Tampoco debes considerarme como un ente informal. Yo he cumplido con mi parte del pacto, del que los dos somos beneficiarios. Que tu propia ineptitud haya osado a desaprovechar la ayuda recibida, no es de mi incumbencia.
Y reconociendo que las cosas son tristes e ineludiblemente verdaderas, apenas si acertamos a balbucear una pregunta:
—¿Y quién eres tú?
Y tenemos que admitir, sin reparos, su respuesta:
Yo soy tu necesidad por excelencia
