¡Bienvenido/a!

Pareces nuevo por aquí. Si quieres participar, ¡pulsa uno de estos botones!

Esta maravilla es Ámbar

antonio chavezantonio chavez Miguel de Cervantes s.XVII

Esta maravilla es Ámbar

—Ésta maravilla es Ámbar –me dijo la monja Alegría-. Y es la que quiero que usted inspeccione, señor veterinario –añadió, a la vez que señalaba con la mano la perra.

Miré el color pálido, casi miel, del pelo de las orejas, del cuello y los costados de aquel canino.

—Ya veo por qué le ha puesto este nombre. Podría apostar, sin riesgo a perder, que brilla con la luz del Sol.
—Sí -sonrió-. Era un día soleado cuando la vi por primera vez, y ése nombre me vino a la mente -me miró con inocente picardía-. Creo que soy buena para los nombres –sonrió y se esponjó, pero sin suficiencia.
—Sin duda –le devolví la sonrisa.

Era una broma entre nosotros. La monjita Alegría necesitaba relajación, considerando el rigor y el intenso trabajo a que se veía sometida diariamente en el convento. Controlaba todos los perros y los gatos no deseados, sin olvidar los muchos que pasaban por el pequeño asilo para animales domésticos del convento, ubicado en la parte trasera del local. Los alimentaba y los cuidaba ella misma. Como monja y enfermera, entregaba buena parte de su vida al servicio de los seres humanos. Algunas veces yo me preguntaba cómo podía encontrar tiempo para pelear también por los animales domésticos…

—¿De dónde viene Ámbar? –le pregunté.

Se encogió de hombros y respondió:

—Ayer la encontré vagando en una de las calles de Cerro Hierro. Abandonada, por supuesto.
—¿Cómo es que puede haber personas que hagan eso a animales tan indefensos? -la ira me apretó la garganta. Era cruel darles la espalda y que se defendieran por sí solos.

Por unos momentos recordé a Balú, un chucho "abandonado" por mí en el Laboratorio Municipal de Sevilla, pero por una razón razonable: mis hijos pequeños padecían de alergia, en especial a epitelio de perro, lo que me obligaba a no poder hacerme cargo del chucho por la seguridad de los niños. Pero ahora, restablecidos mis hijos, gracias a vacunas y medicamentos, y sin posibilidad de recuperar a Balú, porque está en otra casa, cuidado y atendido, tengo otro perro igual físicamente que lo rebautizamos como Balú2 y que siempre que puedo me lo hago acompañar. Es un sosias del propio Balú.


—Algunas personas creen tener sus razones –respondió-. En el caso de Ámbar es por un roce en la piel, pero sin importancia. Tal vez les asustó, y si tienen hijos pequeños o alérgicos... –parecía que me había adivinado el pensamiento.
—Al menos podían haber dejado aquí a Ámbar -le dije, mientras la monja abría la puerta del asilo, que era en realidad un corral con flores y varios árboles frutales.

A Ámbar le vi una zona sin pelos alrededor de las patas. Cuando me arrodillé para examinarla, me acarició con el hocico y movió el rabo. Miré sus orejas caídas, su quijada enérgica, y la expresión de confianza en los ojos; confianza que había sido traicionada.

—Ámbar tiene expresión de sabueso, monja Alegría-. Pero el resto, ¿cómo llamaría usted a esta raza? Porque yo tengo dudas y no acierto a definirla.
—Pues si usted no acierta, imagínese yo –sonrió.

No obstante, el cuerpo moteado con manchas marrones, negras y blancas, no presentaba la forma de un sabueso. Además, tenía patas grandes y largas y delgado y diminuto rabo en casi permanente movimiento.

—Sin importar de la raza que sea, es agradable y tiene buen carácter -le abrí la boca y le miré las hileras de dientes-. Y calculo que debe tener diez meses de edad. Pero es una cachorra crecida. Promete buena envergadura.
—Cuando termine de crecer, va a ser realmente grande –dijo la monja, entusiasmada.

Como si quisiera corroborar las últimas palabras pronunciadas por la monja, Ámbar se levantó y puso las patas delanteras en mi pecho. Volví a mirar su boca, que parecía reír, y esos ojos… preciosos. Los ojos eran de un tono acaramelado, que la hacían más atractiva. Reunía una serie de encantos que podía ser del agrado del más exigente dueño de una mascota.

—Ámbar me gusta –le dije, de pronto.
—¡Me alegra oírle decir eso, señor veterinario! –rebosaba de alegría-. Pero tenemos que solucionar pronto el problema de la piel, para encontrarle un hogar. Creo que sólo se trata de un poco de eczema –se apresuró en agregar
—Probablemente… probablemente… Pero veo una parte sin pelos alrededor de los ojos.

Las enfermedades de la piel, tanto en perros como en humanos, son engañosas. A veces es difícil hallar los orígenes, y no son fáciles de sanar. En este caso, no me gustaba la combinación de las patas y los ojos, pero la piel estaba seca y su textura era firme. Tal vez no tenía nada malo y deseché de mi cabeza el espectro que apareció un instante. No quería preocupar más a la monja.

—Sí, quizá sea un poco de eczema –le dije-. Úntele este ungüento dos veces al día durante dos semanas.

Le di un bote con una aleación de Óxido de Zinc y Lanolina’3, una vez que lo cogí del coche. Esperaba que eso, con higiene y la buena alimentación que recibía todos los días de su protectora, tuviera éxito.

Cuando pasaron las dos semanas sin tener noticias de Ámbar, me sentía aliviado. "Habrá sanado", me dije. Empero, una mañana me llamó la monja. Su voz nerviosa al teléfono no iba en la misma sensación de alivio que yo experimentaba antes de la llamada. De nuevo, mi cabeza comenzó a pensar en cosas extrañas.

-sigue en página siguiente-


Comentarios

  • antonio chavezantonio chavez Miguel de Cervantes s.XVII

    —¡Señor veterinario, la parte sin pelos no mejora! ¡De hecho, se está extendiendo en la cara y las patas! ¡Es horrible verla así! ¡Le ruego por favor que venga a verla lo antes posible!

    Nuevamente me asaltó el espectro.

    —Tengo que hacer una visita cerca del convento. Después me pasaré por allí –respondí.

    Y sobre la marcha me fui al automóvil de mi socio Pérez y cogí el microscopio, que él lo había utilizado esa misma mañana para analizar un forúnculo, precisamente a una perra, y salí para atender los dos casos. Para el primero no necesitaba el microscopio, pero para Ámbar sí.

    Después de acabar con mi primer paciente, que pude resolver con éxito, gracias a la providencia divina, porque se trataba de una infección de ovario de una yegua, Ámbar me recibió de la misma forma que la vez anterior: moviendo el rabo. Pero me sentía mal cuando le veía la piel desnuda en la cara y en las patas. Levanté al canino del suelo y me lo acerqué, con la idea de oler las partes desnudas. Este era un detalle importante.

    —¿Qué es lo que está haciendo? -la monja Alegría me miró con una expresión de curiosidad y sorpresa a la vez.
    —Tratando de detectar un olor a rata. Y… ¡ahí está!
    —¿Y qué significa eso?
    —Sarna.
    —¡Dios mío! –se llevó la mano a la boca-. ¡Eso suena mal! -echó los hombros hacia atrás, en un gesto que le había visto en otras ocasiones.
    —Pero, por ahora no se preocupe demasiado –me aligeré en añadir.- Ya atendí un caso de sarna y pude combatirlo. Azufre, agua tibia y una solución de Semprolina, creo que será suficiente.
    —¡Qué bien entonces…!

    Puse a Ámbar sobre el suelo y me enderecé, sintiendo de pronto un cansancio repentino. Es que eran tantos los casos a atender y en tan poco espacio de tiempo…

    —Pero no se apresure. Usted está pensando en sarna común, y esto es peor. Parece sarna demodécica. De hecho, los síntomas la delatan –decidí enfrentarla a la realidad.

    El espectro apareció de nuevo. Esa enfermedad me obsesionaba desde que había obtenido el título de veterinario. Había tratado a perros que tuve que ponerlos "a dormir", aun mis intentos por salvarles la vida. Me fui al coche y cogí el microscopio.

    —Puedo estar equivocado, pero  esta es la única forma de saberlo –le mostré el microscopio.

    Raspé la piel en una de las patas con el bisturí, y luego puse la muestra en el portaobjetos. Miré a través del ocular, y ahí estaba el maldito ácaro, llamado Demodex. Y no uno. ¡Dios, todo el campo visual estaba poblado! Mentalmente repasé los casos que había atendido de perros y recordé que, por superstición, usaba un bisturí nuevo en cada caso. Pero en éste, por error, prisas u omisión olvidé mi vieja tradición. No le daba importancia. Habían sido manías puntuales que quizás iban a servir para vencer mi absurda norma. Y no quedaron remordimientos en mi interior. "Al menos, eso era lo que pensaba en ese entonces".

    —No hay duda. También le he cogido cariño a Ámbar. Esta bonita perra padece sarna demodécica –miré a la monja..
    —¡Pero...–su expresión era trágica-, ¿no hay nada que se pueda hacer?! ¡¿Y esos nuevos avances de la ciencia?!
    —Puedo probar con algo. y lo voy a hacer ahora mismo. Siento afecto por los perros. El año pasado logré curar uno de esos casos con una loción –nos fuimos hacia el coche y removí en el maletero, ajetreado por mi hijo, hasta que hallé lo que buscaba:

    —-¡Aquí está! Odylen. Aplíquele a Ámbar esta pomada tres veces al día durante dos semanas. Y que Dios la proteja.
    —¡La protegerá! -apretó las mandíbulas con esa determinación que había salvado a tantos animales-. Pero, ¿qué ocurrirá con los otros perros? ¿No se contagiarán? –me preguntó.
    —A diferencia de la sarna darcóptica, vulgarmente llamada sarna común –respondí categórico-, la sarna demodécica rara vez es contagiosa, comprobado científicamente.
    —Al menos es algo a favor. ¿Pero cómo adquiere un perro esta enfermedad? ¿Se produce de igual forma en ambos sexos?
    —No se sabe. Pero una mayoría de veterinarios pensamos que todos los perros tienen ácaros demodex en su piel, aunque no está delimitado el porqué de que en unos provoca sarna y en otros no. La herencia genética es significativa. A veces, padece de sarna sólo un perro de una misma camada. De todas formas, sigue siendo un tema desconcertante, sobre todo para los veterinarios. Y por eso pedimos que no cesen las investigaciones.

    Le entregué el bote de pomada. Quizá el caso de Ámbar podía ser una esperanza en mis experiencias. Pero a la siguiente semana tuve noticias: "aunque había aplicado al pie de la letra la pomada, la sarna seguía avanzado", eso me dijo la monja.

    Salí rápidamente hacia el asilo. La alegría en Ámbar no había disminuido, pero su cara estaba desfigurada por creciente calvicie. Pensaba en la belleza que me había cautivado en mi primera visita pero lo que ahora estaba viendo era un duro golpe. Tenía que probar con otros medicamentos. Empecé a medicarla con una solución de arsénico de Fowler, que entonces era el tratamiento más popular para las afecciones en la piel.

    -sigue en página siguiente-


     
  • antonio chavezantonio chavez Miguel de Cervantes s.XVII

    Después de dos semanas, empecé a abrigar algunas esperanzas. Pero sentí una decepción cuando la monja me llamó antes del desayuno, a las siete y media de la mañana.

    —Señor veterinario –tenía los ánimos bajo mínimos-, Ámbar ha empeorado. No hay nada que la haga sentirse bien. Empiezo a pensar que lo mejor sería…
    —Deje ese pensamiento. Salgo ahora mismo hacia el convento –la interrumpí-. No pierda la esperanza. Casos como este tardan hasta meses en sanar -le dije, tranquilo, con la idea de no intranquilizar más a ella.

    Camino del convento pensaba que mis palabras no estaban sustentadas en una base real. Pero había tratado de decir algo que le subiese la moral. Sabía que nada detestaba más la monjita Alegría que poner "a dormir" a un perro. De los muchos que había cuidado, algunos había muerto de enfermedades incurables; eran perros viejos, con problemas renales o cardíacos, o cachorros con moquillo. Pero la monja batallaba hasta que cada animal quedaba en buen estado. También me resistía a poner "a dormir" a Ámbar. Esa perrita tenía algo especial, aun habiendo visto muchos perros en mi profesión.

    Cuando llegué, por vez primera no tenía ni la más remota idea de lo que iba a hacer ni decir. Mis propias palabras, que fluían  de forma instintiva, me iban sorprendiendo. Pero la experiencia me demostraba a diario que mi instinto tenía personalidad.

    —Voy a llevarme a Ámbar. Usted tiene ya bastante con cuidar a los otros. Y aunque yo también estoy ocupado, en el consultorio estamos dos veterinarios y varios estudiantes de veterinaria voluntarios. Sé y me consta que usted ha hecho todo lo posible, pero quiero hacerme cargo personalmente de este caso.
    —¿Y de dónde va a sacar usted el tiempo?
    —Puedo administrarle un tratamiento durante las noches, y así iré controlando su progreso o retroceso. He venido con la firme determinación de llevármela. Y lo voy a hacer, pero me gustaría más que fuese con su aquiescencia.
    —No sé… Pero quién mejor que usted para saber si puede hacer eso. De todas maneras, nunca vi en toda mi vida un veterinario, y le recuerdo que traté con muchos en mi época en Sevilla, con tanta dedicación para con los animales domésticos. Dios le proteja. Ahora es cuando siento que Ámbar se va a curar –hizo una pausa y añadió-: y por supuesto que cuenta con mi consentimiento. Además, rezaré por los dos.

    De regreso al consultorio, me sorprendía la profundidad de mis sentimientos. A lo largo de mi carrera, a menudo tenía un deseo compulsivo de curar a los animales domésticos. Pero, no sabía por qué, no era tan persistente como con Ámbar. La perra estaba entusiasmada por ir en el coche; saltaba de un asiento a otro, me lamía la cara, ponía las patas delanteras sobre el salpicadero, se pasaba de la parte de atrás a la de delante, se miraba en el espejo retrovisor, e incluso trataba de ponerse en mi asiento. Veía una cara feliz, a pesar de la enfermedad. De pronto, golpeé el volante con la mano, como diciéndole: !¡voy a curarte, Ámbar!".

    En el consultorio no disponíamos de las instalaciones que se necesitan para una residencia de perros. Ningún veterinario la tenía en aquel entonces, pero me las compuse para construir una perrera confortable en un establo que había en el jardín. A pesar de su antigüedad, la construcción estaba libre de corriente. La perra estaría tan cómoda allí que no sería necesario llevarla a mi casa. Con una guardia permanente, el teléfono a mano, y yo a trescientos metros eran motivos suficientes para estar tranquilo. Y mejor así, no fuera que a mi hijo pequeño le diese por volver a las andadas y enganchase a Ámbar en la enredadera, recordando sus tiempos de trepador. Y Ámbar no estaba para esos trotes. Y en el establo estarían controlados los dos: mi hijo y Ámbar. “Así que definitivamente, no me la llevo a mi casa", pensaba.

    -sigue y termina en página siguiente-



  • antonio chavezantonio chavez Miguel de Cervantes s.XVII

    También tomé otra decisión: mantendría a mi esposa al margen de esto. Recordé su amargura la vez que adoptamos un dálmata durante un año y al final tuvimos que devolverlo. Sabía que le cogería cariño a Ámbar. Pero me olvidé de mí. No era bueno para un veterinario encariñarse con sus pacientes. No obstante, antes que pudiera percatarme, ya me había ocurrido con Ámbar.

    Le daba de comer y beber, le cambiaba la paja en la perrera y le administraba el tratamiento, sin nadie que se acercara mientras yo estaba allí. Este episodio ocurría a primeros de octubre, por lo que oscurecía temprano (aún no era fecha del cambio horario).

    Después de mi trabajo diario en las granjas, conducía hasta el consultorio, y después dirigía la luz de los faros del coche hacia el establo. Apenas abría la puerta, Ámbar estaba esperando, como para darme las buenas noches, con sus patas delanteras sobre el tejado de la perrera. Sus orejas amarillentas brillaban con los rayos de la luz. El rabo no dejaba de moverlo, ni siquiera durante el proceso de curación. Le untaba una loción en la piel, le inyectaba Estafilocóco y le tomaba muestras para controlar los avances o los retrocesos. A pesar del cansancio de todo el día, siempre reservaba energías para Ámbar.

    Al transcurrir los días, sin que experimentar mejoría la perra, empecé a desesperarme. Le apliqué baños de Azufre, de Retonona y de unos champúes que había en el mercado en esa época. Aun mis dudas, esperaba hallar alguna cura mágica entre todo eso. Y bien podría haber seguido con el tratamiento bajo la luz de los faros del coche, de no ser por una noche que parecía que veía a Ámbar por primera vez. La sarna se había extendido por todo el cuerpo; las largas orejas no eran ya peludas, sino calvas, e igual la cara. Por todos lados de su leso cuerpo, la piel se había engrosado, llenándose de arrugas azuladas.

    Me sentaba en la paja, sin apartar la mirada de la perra, mientras ella saltaba lamiéndome y moviendo la cola. Sus patas cogían mis piernas, como para que no me fuese. A pesar de su terrible estado, su naturaleza alegre no había cambiado. Y aunque tenía más vitalidad y más Amor que sarna, su final estaba próximo.

    Pero esto no podía seguir así. Habíamos llegado a un callejón sin salida. Mientras pensaba, le alcé la testa. Los ojos, antes alegres, se veían patéticos en una cara de espantapájaros. "¿Qué le voy a decir ahora a la monja Alegría después de tantas palabras de aliento?", pensaba.

    Tardé hasta la tarde del día siguiente en decidirme a hablar con la monja. En mi afán por ser lo más realista posible, creo que fui demasiado brusco.

    Esa noche la pasé fatal. Me vinieron a la mente todos los perros, e incluso hasta los nombres de los que no pude hacer nada por ellos. Me cambiaba de postura en la cama, con una frecuencia que en mí no era normal, pues, a causa del cansancio acumulado de todo el día, caía rendido en una misma posición. Pero flotaba algo en mi subconsciente que no acertaba a poner en pie. No le daba importancia porque no podía ser superior a lo que estaba ocurriendo. Pero ahí seguía…

    —Sor Alegría –la telefoneé-, no hay nada que pueda hacerse ya. He probado con todo, y por segundo está peor. Así que la voy a poner "a dormir" –así de bestia y rotundo me expresé.

    La severidad de mis palabras, enseguida se hicieron notar en la respuesta de la monja.

    —¡Pero eso es terrible! Y sólo por una enfermedad en la piel…
    —Lo sé, pero es una enfermedad letal. Ámbar está incomoda ahora, pero pronto esa incomodidad se transformará en dolor. No podemos dejar que continúe así. Una vez vi sufrir a un perro un segundo, y le aseguro que ha sido el segundo más insoportable e interminable de mi vida.
    —Confío en su buen juicio, señor veterinario. Sé y me consta que no hace nada que no sea necesario -hacía una pausa. Luchaba por no llorar y seguía hablando-: si ya ha agotado todos los recursos, lo dejo en sus manos. Que Dios le proporcione las fuerzas necesarias para… –no podía terminar la frase.

    Mi trabajo diario me mantuvo ocupado todo el día. Como siempre, era oscuro cuando llegué al establo y abrí su puerta, y como las otras veces, Ámbar estaba en el haz de la luz moviendo el rabo con su característica alegría, dándome la bienvenida

    La acaricié y le halé, mientras ella, feliz, me miraba. La luctuosa tarea iba a empezar. Llené la jeringuilla. Siéntate, le dije, y se posó. Le cogí la pata para exponer la vena radial. Mientras metía la aguja, Ámbar la miraba como intentando adivinar qué nuevo juego era este. Estaban de más las palabras de consuelo que se decían en estos casos: "no vas a notar nada, sólo es una sobredosis de anestesia". Pero allí no había un amo lloroso. Sólo Ámbar y yo: la paciente y su médico. Y cuando le decía "mi bonita Ámbar" y ella se hundía en la paja, tenía la convicción que si hubiese dicho algo más, sería la verdad. Ámbar no sentía nada, entre el juego y la inconsciencia, y así era la única manera de librarla de un sufrimiento que enseguida se iba a convertir en tortura. Salí de establo y después apagué las luces del coche. En la fría oscuridad de la noche, el jardín nunca me había parecido tan oscuro. Después de tantos días de entrega y lucha, el sentimiento de derrota era abrumador.

    Durante muchos días de después, sentía como si llevase un enorme peso encima. Y aún hoy lo siento, que sigue en mí. Y me da la sensación de que no quiere abandonarme.

    Con el paso de los años, cada vez que me viene a la mente el recuerdo de Ámbar, la imagen permanece oscura, mientras la perra aparece en los rayos de la luz de los faros del coche.



    En la actualidad, la sarna demodécica se cura con fosfatos orgánicos, antibióticos y, por supuesto, y eso no ha cambiado, higiene. Pero ésos medicamentos no estaban disponibles cuando Ámbar los necesitaba. Su tragedia era nacer antes que la ciencia. Y esta precocidad, por otro lado para gozo de los amigos y protectores de los animales domésticos, la pagó con creces "esta maravilla es Ámbar", como me la presentó la monja Alegría.

    No obstante, quizá eso que flotaba en mi subconsciente, que en mucho tiempo no acertaba a descifrar; ahora, en la lejanía de los años, he conseguido poner en pie: "si hubiera usado un bisturí nuevo". ¡Pero no! ¡Basta de supersticiones absurdas! ¡Al diablo con ellas! ¡Sólo confío en la Providencia Divina!


    A Chávez López
    Sevilla jun 2026

     :)

Accede o Regístrate para comentar.


Para entrar en contacto con nosotros escríbenos a informa (arroba) forodeliteratura.com