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El viejo y antiguo baúl

antonio chavezantonio chavez Miguel de Cervantes s.XVII
editado 4 de junio en Narrativa

El viejo y antiguo baúl

En el rincón más polvoriento del desván de la vieja casa de la abuela, justo debajo una ventana que apenas dejaba entrar la luz, había un viejo y antiguo baúl. Era grande y oscuro y con herrajes oxidados y una cerradura que ya no cerraba. 

Este baúl había estado allí siempre o al menos desde que Andrea tenía uso de razón. Nadie de la casa le prestaba atención, como si fuera un objeto más entre muebles rotos, cajas apiladas, trastos inservibles y telarañas.

Pero un sábado tarde, mientras la lluvia golpeaba el techo de la casa con furia y el viento ululaba entre las rendijas, Andrea subió al desván en busca de objetos antiguos olvidados. Su abuela había fallecido hacía un mes; y, desde entonces, la casa parecía guardar un secreto en cada uno de sus rincones más recónditos. Andrea sentía una extraña atracción por ese baúl desde niña, una especie de intuición que ese sábado, por fin, decidió descubrir.

Se agachó frente al baúl y pasó suavemente una de sus manos por la tapa de cierre. El polvo levantado la hizo toser, pero no se detuvo. Abrió con esfuerzo la gruesa y pesada tapa y, al hacer eso, el crujido de la madera pareció romper el silencio del desván, como una exhalación contenida durante años.

Lo primero que vio eran papeles amarillentos y atados con cintas descoloridas: cartas, periódicos, fotos en blanco y negro… Había también un vestido blanco de encajes cuidadosamente doblado, una muñeca de porcelana con una grieta en el rostro, una caja de música que, al cogerla y moverla, emitía una melodía melancólica. Cada objeto que descubría parecía contar una historia, como si el baúl fuera un santuario de memorias.

Andrea cogió una de las cartas al azar. La caligrafía era de buena calidad, pero la tinta estaba desvaída por el tiempo. Estaba dirigida a un tal Adolfo, y firmada por Carmen, que era el nombre de su abuela. La leyó con el corazón encogido:

Mi muy amado Adolfo. Han pasado ya dos semanas desde que partiste, y mi corazón se siente vacío sin tu sonrisa. Te estoy escribiendo desde el jardín, bajo el limonero que siempre te ha gustado. Floreció temprano este año, como si supiera que lo esperabas. Te echo de menos. Regresa pronto. Siempre tuya, Carmen.

Andrea sintió que el mundo se detenía unos momentos. Jamás había oído hablar del tal Adolfo. Su abuelo se llamaba Luis, y según le había informado su madre, sus abuelos se habían conocido siendo los dos muy jóvenes y se habían casado al poco tiempo de conocerse. 

¿Quién era entonces Adolfo? ¿Quizás un Amor secreto? ¿Quizás un primer Amor?

Siguió leyendo carta tras carta, y los fragmentos de historia se iban completando como piezas de un rompecabezas. Adolfo había sido el Amor de juventud de su abuela: un joven y apuesto músico que tocaba el violín en una cafetería del centro. Se conocieron en el verano del año 1943, cuando Carmen tenía apenas diecisiete. Se amaron con la intensidad de quienes creen que el tiempo es eterno. Pero él fue llamado a servir a su patria en Francia, y nunca regresó. La última carta que Carmen le escribió estaba manchada de lágrimas. En ella le decía adiós.

Andrea se quedó un rato en silencio, sosteniendo la caja de música entre las manos. ¿Cuántas veces habría su abuela abierto ese baúl para revivir su Amor? ¿Cuántas veces habría llorado en secreto por aquel joven que nunca volvió?

Entre las cartas, encontró también un cuaderno con las tapas desgastadas. ¡Era un diario! En sus páginas, su abuela relataba no sólo su Amor por Adolfo, sino también su decisión de seguir adelante. Contaba cómo conoció a su marido Luis y cómo aprendió a quererlo, pero sin el fuego de su primer Amor; cómo formaron una familia, cómo eligió la estabilidad y el cariño sobre una pasión desbordada. Era un testimonio  humano, honesto, sin máscara.

Andrea se sintió conmovida. Su abuela, a la que siempre había visto como una mujer fuerte y sabia, se le revelaba ahora en su más pura humanidad: frágil, enamorada, rota y reconstruida.

En el fondo del baúl encontró un sobre cerrado, con el nombre Andrea escrito en letras mayúsculas:

ESTE SOBRE ES PARA MI ÚNICA NIETA ANDREA, QUE ADORO. QUE LO ABRA CUANDO YO ME HAYA IDO DE ESTE MUNDO

Con dedos temblorosos lo abrió. El papel que había dentro decía:

Queridísima nieta. Si estás leyendo esto, es porque has abierto el baúl. Siempre imaginé que serías tú quien lo haría. Eres curiosa, intensa, valiente. Este baúl guarda mi pasado, mis recuerdos más íntimos, mis verdades. No fue fácil vivir con ellos, pero aprendí a atesorarlos sin dejar que me dolieran. Te informo que la vida no siempre se trata de elegir lo perfecto, sino de construir algo bello con lo posible. He amado, pero también he sufrido. No obstante no cambiaría nada. Ese baúl es tuyo ahora. Llénalo con tus propios recuerdos, tus cartas, tus errores, tus aciertos, tus divertimentos, tus amores. Porque al final, eso es lo único que queda: todo lo que recordamos y todo lo que dejamos atrás para que otros lo recuerden. Te quiere, tu abuela, Carmen.

A Andrea se le paró el tiempo, no acertaba a saber cuánto pasó allí, sentada en el suelo del desván, rodeada de cartas, fotos y emociones. Cuando recuperó la normalidad y volvió a cerrar el baúl, pero no lo hizo con tristeza, sino con una sonrisa. No lo vio más como un baúl de nostalgias, sino como un puente entre generaciones.

A partir de entonces, Andrea cada día subía al desván, no sólo a leer las diferentes historias de su abuela, sino a escribir las suyas propias. Celosamente guardaba cartas, fotos y pequeños objetos con significados. Porque comprendió que cada vida está hecha de momentos que merecen ser recordados, y que el Amor, aunque cambie de forma, nunca muere.


A Chávez López
Sevilla jun 2026

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