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Buscando a Peter I

Un relato inspirado en una relación que tuve con un chico con problemas de drogadicción y psicosis. Perdonad si es muy extenso, lo divido en dos partes!

La noche empieza a consumirse. Un reloj dorado colgado de una pared gris y que parece a punto de caer, marca las dos de la mañana. Sin embargo, mi reloj de mano apunta a las dos menos cinco, y yo sin saber quién de los dos me engaña. Es un sábado hecho de la misma materia que el resto de los sábados que recuerdo de esta vida mía, cada uno reflejo de cualquier otro y todos ellos ociosos e insulsos. En días como estos me siento enemiga del tiempo. Miro las baldosas del suelo, blancas y negras, que tanto me recuerdan a un tablero de ajedrez en el cual no soy más que un insignificante peón, preparado para abandonar la partida en cualquier momento, partida que, por otro lado, no sufrirá ninguna alteración con mi ausencia.

Después de tantas noches acontecidas en el mismo pub, soy capaz de predecir qué canción sucederá a cada una de las cuales aparece como vieja amiga. A mi alrededor, las mismas caras petrificadas sonríen. Yo, por mi parte, me dejo convencer para pedir la última copa de la noche. Parar nunca es una opción, yo siempre quiero algo más de diversión.

Reviso el local con la mirada y observo algunos rostros conocidos en pleno rito de apareamiento ocioso. Entonces me doy cuenta de que esta luz tenue sienta bien a cualquiera, lo cual supone un gran peligro y puede llevar a situaciones violentas en las mañanas de resaca de los domingos. Esas mañanas preferiría estar en misa, al menos una copa de vino me llevaría.

Finalmente me canso de mirar tantos rostros perpetuos que nada revelan del que a mí me interesa. Desearía poder contemplar el inmaterial, pero es invisible a los ojos. Los cristales están empañados, fuera parece hacer una tormenta de mil demonios. “La gota fría…” y así me doy cuenta de que he vuelto a malgastar otro año más. Me pongo de un humor de perros, enfadada con todo el mundo, pero, sobre todo, conmigo misma. No sé en qué momento dejé de gustarme… Y pensando en esta idea, mientras me despellejo ansiosa la piel de los dedos, aparecen mis amigos con las copas prometidas y unos chupitos imprevistos. Empiezo por el chupito. Por un momento se me desfigura el rostro y se me encoge el cuerpo. Recompuesta, continuo con la copa.

El alcohol inunda mi mirada, aromatiza un aliento mortal y dirige con torpeza cada uno de mis movimientos. Los ojos se balancean como la proa de un barco que se enfrenta a la tormenta, lo cual me provoca una terrible sensación de mareo. Intento deshacerme de ella fijando la mirada en un punto concreto. Mi objetivo es la puerta de madera del local. De repente, mi curiosidad despierta: qué sucederá antes, entrará o saldrá alguien del local. Es extraño, pero tengo el presentimiento que entrará alguien inminentemente, alguien que traiga consigo una oscura aventura. Abandono a mis amigos y me aproximo a la puerta lentamente. Sigo la llamada de mi destino.

La puerta se abre de golpe y la entrada se inunda de agua. Entra bruscamente un joven que enseguida me mira y me coge por los hombros. Me tambalea y grita desconsolado. Su mirada es la de un loco, con unos ojos de imperceptibles pupilas y tan abiertos que ocupan casi todo el rostro. Son de color verde y parecen emitir fluorescencia, resaltando sobre una piel más oscura que la noche. Enseña constantemente sus dientes blancos de esmalte de porcelana, entre los cuales destacan unos colmillos prominentes. Me asusto e intento escapar de sus manos, pero, entonces, él empieza a llorar angustiado. Se derrumba mi desconfianza y su faz dibujada por la congoja se instala, así de fácil, en mi corazón. Lo abrazo. Y él es consciente de que estoy atrapada. Mi joven loco cae al suelo mientras sus lágrimas se diluyen en el agua torrencial. Beso su mejilla húmeda y acaricio sus rizos divinos. Una voz entrecortada se abre paso entre sus temblorosos labios, aunque apenas la llego a percibir. Se acerca a mí, acortando la distancia entre nuestras pieles hasta el estrecho espacio que ocupa un grano de arena. Cierro los ojos esperando lo inevitable, no dispongo de fuerzas suficientes para ofrecer resistencia, pero entonces murmura a mis oídos “Peter, Peter, Peter…”. De repente, empieza a gritar enloquecido “¡Prometió que vendría! Peter Pan me prometió que vendría!”. Vuelve a agarrarme de los hombros y me tambalea mientras pregunta reiteradamente “¿¡Dónde está!? ¿Dónde está Peter Pan?”. De nuevo, el miedo domina mi cuerpo. Sin embargo, una luz radiante ilumina su rostro, el cual oscila indeciso entre el de un lunático y el de un beato sagrado y venerable. Me pregunto, ¿será un ángel caído o un demonio ascendido? Vacilo, pero inevitablemente vence el amor. Le cojo de la mano y abandonamos el local mientras suena el nostálgico Van Morrison. Antes de desaparecer de la escena observo a mis amigos, quienes me miran como un juez al delincuente, sentenciándome con la mirada.


Comentarios

  • He reconocido muchas veces que soy una mala lectora. Yo te recomiendo que intentes buscar un mayor fluidez.
  • antonio chavezantonio chavez Miguel de Cervantes s.XVII


    ¡Oh, experiencia agridulce la tuya! Como me he quedado con ganas de seguir leyéndote, voy a leer de nuevo la segunda parte, y en ella te daré mis impresiones, pero te adelanto que me sobrecoge un tanto esta clase de escritura. ¿Hay una tercera parte?

    Saludos cordiales

    :)
     
  • Te sugiero que dividas tus bloques de texto para que sean más cortos, que tengan una mayor fluidez y que haya descanso para los ojos.
    Tu relato está muy interesante. A continuación separo tu relato como te sugiero:

    La noche empieza a consumirse. Un reloj dorado colgado de una pared gris y que parece a punto de caer, marca las dos de la mañana. Sin embargo, mi reloj de mano apunta a las dos menos cinco, y yo sin saber quién de los dos me engaña. 

    Es un sábado hecho de la misma materia que el resto de los sábados que recuerdo de esta vida mía, cada uno reflejo de cualquier otro y todos ellos ociosos e insulsos. En días como estos me siento enemiga del tiempo. 

    Miro las baldosas del suelo, blancas y negras, que tanto me recuerdan a un tablero de ajedrez en el cual no soy más que un insignificante peón, preparado para abandonar la partida en cualquier momento, partida que, por otro lado, no sufrirá ninguna alteración con mi ausencia.

    Después de tantas noches acontecidas en el mismo pub, soy capaz de predecir qué canción sucederá a cada una de las cuales aparece como vieja amiga. A mi alrededor, las mismas caras petrificadas sonríen. Yo, por mi parte, me dejo convencer para pedir la última copa de la noche. Parar nunca es una opción, yo siempre quiero algo más de diversión.

    Reviso el local con la mirada y observo algunos rostros conocidos en pleno rito de apareamiento ocioso. Entonces me doy cuenta de que esta luz tenue sienta bien a cualquiera, lo cual supone un gran peligro y puede llevar a situaciones violentas en las mañanas de resaca de los domingos. 

    Esas mañanas preferiría estar en misa, al menos una copa de vino me llevaría.

    Finalmente me canso de mirar tantos rostros perpetuos que nada revelan del que a mí me interesa. Desearía poder contemplar el inmaterial, pero es invisible a los ojos. Los cristales están empañados, fuera parece hacer una tormenta de mil demonios. “La gota fría…” y así me doy cuenta de que he vuelto a malgastar otro año más. 

    Me pongo de un humor de perros, enfadada con todo el mundo, pero, sobre todo, conmigo misma. No sé en qué momento dejé de gustarme… Y pensando en esta idea, mientras me despellejo ansiosa la piel de los dedos, aparecen mis amigos con las copas prometidas y unos chupitos imprevistos. Empiezo por el chupito. Por un momento se me desfigura el rostro y se me encoge el cuerpo. Recompuesta, continuo con la copa.

    El alcohol inunda mi mirada, aromatiza un aliento mortal y dirige con torpeza cada uno de mis movimientos. Los ojos se balancean como la proa de un barco que se enfrenta a la tormenta, lo cual me provoca una terrible sensación de mareo. 

    Intento deshacerme de ella fijando la mirada en un punto concreto. Mi objetivo es la puerta de madera del local. De repente, mi curiosidad despierta: qué sucederá antes, entrará o saldrá alguien del local. Es extraño, pero tengo el presentimiento que entrará alguien inminentemente, alguien que traiga consigo una oscura aventura. 

    Abandono a mis amigos y me aproximo a la puerta lentamente. Sigo la llamada de mi destino.

    La puerta se abre de golpe y la entrada se inunda de agua. Entra bruscamente un joven que enseguida me mira y me coge por los hombros. Me tambalea y grita desconsolado. Su mirada es la de un loco, con unos ojos de imperceptibles pupilas y tan abiertos que ocupan casi todo el rostro. 

    Son de color verde y parecen emitir fluorescencia, resaltando sobre una piel más oscura que la noche. Enseña constantemente sus dientes blancos de esmalte de porcelana, entre los cuales destacan unos colmillos prominentes. Me asusto e intento escapar de sus manos, pero, entonces, él empieza a llorar angustiado. 

    Se derrumba mi desconfianza y su faz dibujada por la congoja se instala, así de fácil, en mi corazón. Lo abrazo. Y él es consciente de que estoy atrapada. Mi joven loco cae al suelo mientras sus lágrimas se diluyen en el agua torrencial. Beso su mejilla húmeda y acaricio sus rizos divinos. 

    Una voz entrecortada se abre paso entre sus temblorosos labios, aunque apenas la llego a percibir. Se acerca a mí, acortando la distancia entre nuestras pieles hasta el estrecho espacio que ocupa un grano de arena. 

    Cierro los ojos esperando lo inevitable, no dispongo de fuerzas suficientes para ofrecer resistencia, pero entonces murmura a mis oídos “Peter, Peter, Peter…”. De repente, empieza a gritar enloquecido “¡Prometió que vendría! Peter Pan me prometió que vendría!”. 

    Vuelve a agarrarme de los hombros y me tambalea mientras pregunta reiteradamente “¿¡Dónde está!? ¿Dónde está Peter Pan?”. De nuevo, el miedo domina mi cuerpo. Sin embargo, una luz radiante ilumina su rostro, el cual oscila indeciso entre el de un lunático y el de un beato sagrado y venerable. 

    Me pregunto, ¿será un ángel caído o un demonio ascendido? Vacilo, pero inevitablemente vence el amor. Le cojo de la mano y abandonamos el local mientras suena el nostálgico Van Morrison. 

    Antes de desaparecer de la escena observo a mis amigos, quienes me miran como un juez al delincuente, sentenciándome con la mirada.



  • ¡Oh, experiencia agridulce la tuya! Como me he quedado con ganas de seguir leyéndote, voy a leer de nuevo la segunda parte, y en ella te daré mis impresiones, pero te adelanto que me sobrecoge un tanto esta clase de escritura. ¿Hay una tercera parte?

    Saludos cordiales

    :)
     
    No hay tercera parte. Saludos!

    :)
  • AïdaM dijo:
    He reconocido muchas veces que soy una mala lectora. Yo te recomiendo que intentes buscar un mayor fluidez.
    Gracias por el consejo, Aïda. Un saludo!
  • Hola, Paula. Yo creo que está bien escrito. No noto que falte fluidez. Simplemente, no es el estilo que a mí me gusta. Pero eso es una cuestión mía que no tiene nada que ver con tu talento. Nos vemos en la segunda parte. Abrazo.
  • Cada escritor tiene su estilo y esto es muy respetable.
  • Soy de un estilo muy diferente al tuyo creo, pero reconozco que me gusta tu forma de narrar, con una carga emotiva muy grande y un trasfondo trágico, como los buenos relatos de amor.

    Enhorabuena...
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