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TRES Y UNA ( II parte)

Su nacimiento, y mi partirme en dos, en la mente y el cuerpo, quedará en lo más profundo del hueco de esta mujer. Hay momentos que serán los recuerdos compartidos de dos en silencio y sin palabras, sin que nadie pueda atravesarlos, ni siquiera con sonrisas, porque se trata de encuentros que vienen desde otro lugar mas lejano, y que se conectaron por cordones de plata e hilos de seda, tan resistentes y suaves, que crearan la única certeza propia que una mujer puede tener; ella ya siempre será mi hija, y yo siempre seré su madre. El sagrado acto del dos contenido en uno.

Mi madre, su abuela, entró en la habitación a escasas dos horas de su nacimiento.  La sostenía con una tranquilidad que a todos les parecía extraña según me dijeron después; la alegría viene revestida con colores que te ascienden hasta las mejillas y que hacen olvidar cualquier penar.

—¡No la cojas! ¡No la acostumbres a tus brazos que después ya no querrá estar sola! —Me dijo  de una forma impulsiva para dejar en las paredes de aquella habitación sus propios recuerdos y continuar con su retahíla —Tu no dejabas de llorar por las noches, no había forma que te durmieras, solo querías brazos y brazos. A tu padre y a mí nos entraban ganas de tirarte por la ventana más de una vez—repitiéndome la tan oída historia de los suplicios nocturnos que les provoqué cuando ni palabras habitaban en mí.

Entró el vacío en la boca de mi estómago y se asentó la rabia en su trono, con todos los honores que merecía el comentario olvidado de amor y de ternura. Hubo dos nacimientos aquel día; la madre resonaba con furia y con fuego.

También vino el resto; su súplica al pediatra para que él mismo cada tarde me lavase los ojos con agua y manzanilla, y ella evitar el asco que le provocaba el pus que lloraba y que me acercaba a una ceguera sin remedio al mes nacida. Hay emociones inevitables cuando no llegan del centro sino de desvíos huecos. Recuerdo ya más crecida, aquellos ojos grandes redondos y azules que me ponían nerviosa, igual era porque no sabía ser mirada de verdad.

Yo nací defectuosa. El cordón umbilical no llegó a alojarse bien en mí; se quedó abierto de por siempre; creo que por esto, se perdieron muchas puntadas, se anudó como se pudo, a ratos, entre dos lados que jamás llegaron a estar unidos al completo. Qué triste es la maternidad no deseada, esa que une con losas de sufrimientos y días largos sin futuro. La condena heredada. Y otra negación a curarme y otros reproches para ser una hija que continuaba dándole asco.

 


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