Rafaela trabajaba de pescadera en la pescadería del único supermercado de su pueblo.
Contaba 36 años y era de ideas un tanto liberales; mujer guapa y con buenas hechuras, aunque delgada. Tenía bellos ojos verdes, peligrosamente soñadores. En realidad, además de guapa era llamativa. Sus pómulos, que sobresalían más de lo normal, daban al rostro un cierto hechizo exótico.
Vestía prendas de última moda, calzaba zapatos de marca y siempre iba emperifollada y maquillada, incluso en su puesto en la pescadería, lo que suponía una comidilla a todo trapo de las cotillas del pueblo, que comentaban que su lujoso vestuario y su plan de vida no estaba al alcance de su bolsillo.
Su esposo: guardia municipal del pueblo, de 41 años, era un hombre de mediana estatura, agraciado de cara y cuerpo, pero llevaba siempre la ropa sucia de manchas y de cenizas, le apestaba el sudor y sus hombros raramente no estaban nevados; había en él un mucho de repulsivo, pero a su frívola esposa, esas “simplezas" no parecían importarle.
Lo único que le importaba y casi obsesionaba a Rafaela era codearse con gente adinerada y exitosa de la ciudad, a costa de lo que fuese, por encima incluso de su matrimonio. “Dispuesta a todo” estaba la pescadera Rafaela.

Antonio Chávez López
Rota (Cádiz) agosto 2023
