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UNA PARED DE LOCOS I

Me gustan las lámparas. Las de mesas más que ninguna otra, forman parte de mi mundo fetiche, junto a parabanes, telas antiguas y divanes. Casi rozan la obsesión a pesar que no me dedico a la decoración o al diseño.

Me gustan porque me gusta, sin razón aparente y, sin embargo, en esta necesidad humana de otorgar un sentido que nos regalé un orden y una causa, bauticé al acto en silencio y en secreto como “la poiética de las cosas”.

En mitad de la noche cuando toda está en oscuridad, solo hay que alargar la mano a su perilla y encenderla. Entonces la luz, la corta. Tal vez solo suponga un espacio iluminado de treinta centímetros, o igual tiene la suficiente potencia para iluminar todo el dormitorio. Pero sea como sea, la luz viene a recordar a la oscuridad que no existe la una sin la otra. Su presencia sobre mi mesita de noche, es la torre desde la cual yo puedo transitar por cualquier negrura con la absoluta tranquilidad que llegará. Solo depende de un juego infantil del tiempo y de la paciencia inocente. Creer en este devenir provoca pequeñas crisálidas alternadas que colgaran de ella.

La poiética de las cosas es la comunión entre dos mundos; lo tangible y lo intangible. Para muchos supondrá una simple metáfora, para mí siempre revierte en la observación de un acto bello, tan bello, como la presencia de cualquier vida. Lo es tanto que, llevada a la práctica, me produce una relación con las cosas bastante peculiar; cobran vida en otras vidas o en otros pasados. Te cuentan que alguien, dejó sobre ellas algo, un pequeño borde que las rodea, como una sombra indefinible que les regala un poco de su esencia:  lo humano que resbaló sin darnos cuenta en pequeñas gotas de intención muda de quienes somos, reflejado en sus formas y colores, en las texturas elegidas, en su propia ejecución y hasta en su proceso. Las cosas vienen hablarnos de nosotros y de quienes fueron.

Mi casa es un pastiche de mil cosas que nada tienen que ver la una con la otra, pero yo aparezco de constante como un fantasma cada vez que las uno y las coloco haciendo parejas o tríos para crear una composición equilibrada. Otras simplemente coloco una figura central que cuente una historia grandiosa.

En la pared de mi salón, cuelga un cuadro de arte abstracto de noventa por noventa, no se llega a ver su firma porque el propio marco la cubre. Podría ser hasta famoso por la inversión que hicieron en él. Aún no me ha pesado tanto la curiosidad como para averiguarlo, de hecho, prefiero mantener la incógnita. Elijo pensar que era algo importante para alguien, más que algo valioso para el resto. Me quedo con su secreto contado a susurros para mí, y el empeño del destino en mantener el anonimato. ¿Quién soy yo para derribar el deseo de quien lo ocultó? Ya me regala bastante con sus tonos verdes agua y su forma sin sentido. No necesito más por el momento. Le reservo la paciencia para que la vida me lo muestre.

A su lado, dos marcos dorados antiguos, con par pastús de los años 70` en negro que intentaban mantener a flote una pequeña colección de pájaros y que yo cambié por postales al relieve que hablan de los símbolos bordados en tejidos turcos. Me evocan aquel mundo y su cultura. La magia de los cuentos árabes y la imposibilidad de todo lo posible y viceversa.

 Los más curiosos, son dos enormes pendientes en plata de más de 25 cm de largo, que alguna mujer bereber compró hará más de un siglo para embellecerse el día de su boda para un hombre. Me gusta creer que lo amaba y él a ella, le aporta un final de felicidad mitológica y a mí la esperanza de creer en algún mito.


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