Tu conciencia te pregunta
¿Qué sabes tú de amor, niña? ¿Qué sabes tú de caricias, niña? ¿Qué sabes tú de abrazos, niña? ¿Qué sabes tú de la ruta hacia sus labios, niña? ¿Qué sabes tú de respiración agitada en un loco anhelo, niña? ¿Sabes tú algo de esto, niña? ¿Sabes tú, niña, qué significa que te devoren con una mirada en una intimidad tan pequeña y saturada que no sabes cómo salir ni quieres salir de ella, niña? ¿Se te han nublado los sentidos entre algunos brazos, niña? ¿Has jadeado tú, sedienta de más, niña? ¿Me puedes decir qué sabes tú de todo esto, niña?
Me preguntaba una y otra vez, acongojada, mi conciencia, sin compasión hacia un alma de virgen rota
Caída, olvidada y tirada sobre mi cama, aún sin florecer, no sabía nada. Era como un pajarillo trémulo, sin un lugar en la tierra. Ni en el cielo. Un calor extraño me subía por el cuerpo y se alojaba en mis mejillas rojas y virginales, pero no tenía desahogo. No había manera de deshacerme de su presencia, anhelante y oculta. No había manera de rescatarme de este calor frío e inútil. Y mi conciencia, cruel, seguía preguntándome.
Tenías que llegar tú. Y llegué. Y mi conciencia se calló, pero amenazado. Sabía que ante tus ojos no eran sólo el olvido y la pasión. Él adivinó en tus labios un destino irremediable para los míos.
Se daba naturalmente como el agua que fluía, sin que nos diésemos cuenta. La conciencia, muda ante nosotros, y el calor en aumento. Entonces, dejaba las puertas cerradas porque, como siempre, estaba cuidándome mi flor, pero nunca dejaba que nadie lo notase, cual cofre podrido albergando monedas de oro. Por esto, dejaba las puertas cerradas y por esto le hablaba desde mi silencio. Tu piel sobre mi piel desnudas, que ardían, tus ojos sobre una luz visible, que despedían mis muslos albos o mis febriles mejillas.
Ignorabas cómo podías y querías precipitar sobre mí tus labios ávidos de piel perfumada de niña. También yo quería, pero no podíamos hacerlo, nos lo decían nuestros mayores cuando éramos niños. Estaba en los albores de mi juventud, en plena virginidad adolescente enfrentándome a los tabúes que desde la pubertad deformaban nuestros deseos.
“¿Y qué sabes tú de amar, niña?” seguía preguntándome tercamente mi conciencia. Nuevamente había regresado a su cruel interrogatorio.
“Sé que para amar hay que ser libre y dueño de uno para regalarse a otro”, me dije para mi interior, valiente yo.
Y a la vez, tus labios se encontraban con la piel de mi cuello. Tus manos empezaban a recorrer la suavidad curvilínea de niña-mujer, nunca antes tocada ni valorada ni usurpada. Ni tampoco amada.
No nos importaba en absoluto lo que nos dijesen los demás, lo que nos inculcaban desde niños: la culpabilidad y el silencio, y la represión de uno mismo.
Nunca fuimos tan inocentes y esencialmente puros, que cuando juntos y unidos y enredados entre las sábanas.
Quizás no sabía nada de amor, pero entre los jadeos de aquella noche... sabía amar más que nadie. Y también sabía lo que significaba ser amada.
Nunca fui más hermosa que entre tus abrazos, desnuda y carnal, que tú bajabas tu aliento y tu mirada, albergándome en el interior de tu cuerpo.
Desde es noche en que le planté cara a mi conciencia, nunca más volvió a interrogarme. Por fin conseguía silenciarla.
Antonio Chávez LópezSevilla junio 2023
Comentarios
La voz de la conciencia duele cuando todo lo demás se siente bien, nos hace sentir culpables, o lo que nos parece correcto o incorrecto es esencialmente un fenómeno social. Eso es lo que nos inyecta las normas sociales; la moral es de la sociedad, y es disímil de un grupo de personas a otro. Disímiles épocas de la historia y disímiles lugares geográficos han tenido disímiles normas morales.
Cualquier cosa que nuestros antepasados pensaban que era inmoral, es algo que hoy en día hacemos sin sentir vergüenza. La moral siempre difiere de una persona a otra, según la etapa y las situaciones. No tiene relevancia existencial. Pero nuestra humanidad sí tiene relevancia existencial.
Con la moral desarrollamos una conciencia, que no consciencia. Si nuestra humanidad es plena y funciona todo el tiempo, no necesitamos moral. La moral es como una imitación de la humanidad. La moral puede arreglar algunas cosas en la sociedad, pero causa estrago en la naturaleza interna del ser humano.
La humanidad también trae el orden social, pero en modo relajado y sin imposiciones. Hace bueno al humano. Eso es lo más importante. Si la humanidad florece y se desborda, entonces la divinidad es el siguiente paso natural. Sólo si permitimos que se desborde la humanidad dentro de nosotros florece la divinidad. Sin la riqueza de la humanidad, la divinidad no puede suceder; no importa lo que hagamos.