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CAMPANAS

editado junio 2023 en Narrativa

Me gusta escribir, más que un gusto, apuesto todo mi pequeño reino que se trata de una necesidad. Creo un puente invisible entre lo de fuera y lo de dentro; a veces, a mitad de su trayecto, también con lo de más allá. Un camino discreto y silencioso que resurge a gritos en el fondo de mi cabeza, con una voz que me persigue repitiéndome una y otra vez que no olvide esta historia y que abra bien los ojos.

Entre letra y letra siempre se esconde una verdad de alguien, que mañana nos dará los buenos días, o conducirá el autobús que nos lleva al trabajo. Cualquiera podría ser, pero siempre es alguien. Esto me produce cierta curiosidad y admiración secreta. Todos somos dignos de un corazón y de una historia.

Llegó dando los buenos días con fuerza. Su vestido de colores y su forma de sentarse en la silla frente a mi mesa, me contó en un breve tiempo que era una mujer rotunda. Con sus setenta años poseía una feminidad alejada de todo lo convencional y perseguido. Era coqueta sin caer en excentricidades; los pendientes que colgaban de sus orejas me confirmaron que había sido elegidos haciendo juego a su vestido. Bien peinada y uñas limpias al natural. Simplemente era una mujer que toda ella hablaba de si misma. Curtida en no sé cuántas guerras e imagino que no todas ganadas.

Le pregunté cuál era el motivo de su visita y comenzamos a conversar. No siempre se dan estos encuentros, pero a veces, las venas se alargan para nutrir al otro y para que el otro te devuelva una sangre de vida y experiencia, regalándote algo que te falta y que una misma no sabe definir.

Hubo complicidad y entendimiento mutuo: las mejores “filosofías” surgen de lo vital y de todo aquello que con el pasar del tiempo se tornará en viejos cuentos perdidos de alguien, que una vez, en algún lugar, existió. Borrones pasados de realidades que, sin embargo, en su momento, detuvieron la vida o la transformaron, aunque no siempre fuera para bien, y  lleven a un pozo que arranca las tripas a tirones.

La acompañé hasta la puerta cuando acabamos con la entrevista, conversando de una forma amena. No quería dejarla sola hasta que su marido pasara a recogerla. Sin saber cómo surgió:

—Yo tuve un novio ¿sabes?, hace muchos años. Ahora ya soy vieja, pero era muy bonita. Tuve varios pretendientes, pero a mí solo me gustó él. ¡Me traía loca! Nos estuvimos conociendo cinco años, poco a poco, no como ahora, que enseguida está todo resuelto.

No quise interrumpir el momento, y me preparé para escuchar relajando el cuerpo entero para sostener sus palabras, su aire saliendo de los pulmones, sus manos quietas, y sus ojos perdidos al fondo de la plaza, sin mirar a nada en concreto.  

—¡Le amaba tanto! Me vino a buscar tres días antes de la boda para decirme que no quería casarse conmigo. Tenía mi vestido de novia preparado y colgado de la puerta del armario. Y no me dio más explicaciones, por más que le pregunté, se fue sin decir. De la calle vinieron a contarme que otra se había cruzado en su camino y estaba entrando en su casa. Ni vergüenza tuvo para decirme la verdad —. Respiró fuerte mitad aliento y mitad pena y continuó. —Tarde ocho años en volver a salir a tomar algo con las amigas, antes no tuve fuerzas. Y nunca le he dicho a mi marido que le amo. No tengo quejas de él, y se desvive por mí, pero me quedé porque fue el único que aguantó mis despechos y aún así se quedó, pero no le amo. Al menos tengo dos niños estupendos, ¡la única alegría de mi vida! ¿Qué le voy a reclamar? No le digas nunca a un hombre que le amas porque entonces, creerá que te tiene. Piensan que el amor es el derecho para hacernos sufrir. ¡Qué no salga de tus labios nunca mujer!  Ni siquiera me regaló con la verdad. Son capaces de cubrir una mentira con la siguiente y esperar nuestra fe.

Un silencio entre nosotras nos envolvió como una sentencia de muerte leída antes las condenadas. Giré la cabeza para mirarla, lloraba tímidamente. Hay dolores que velan en las noches oscuras y que cuando llega el alba se visten con trajes de colores, pero que siempre quedarán al fondo de la fosa, porque hay amores que matan a tiempo y a recuerdos.

Sonó la bocina de un coche en doble fila. Su marido ya había llegado. Se secó las lágrimas con las manos y se despidió de mí.

Era una mañana de primavera, casi de verano, estupenda. Me fijé en el cielo azul turquesa de esos que parecen cuadros de niños pintados a dedo, con nubes blancas y juguetonas de caras bonachonas sustentadas en libertad, coches tranquilos con la marcha aminorada buscando un aparcamiento rodeando la plaza, señoras con sus carros al super, personas tomando café en las terrazas de los bares, la normalidad de cualquier lunes.

La luz laminada entre las hojas quietas de los árboles, parecían fotos de instantes de mil movimientos. Comprendí la rotundidad de Paquita, su vulnerabilidad entre pilares de fortaleza y dolores ocultos, de su vestido para intentar tornar a la vida de colores, de sus uñas al natural para poder agarrarse con fuerza sin miedo a partirlas y, de sus pendientes colgados de sus orejas, que se movían para darle el vaivén de una cuna que le regalará la sensación de un minuto de amor honesto.

No era necesario mucho más. Me di cuenta entonces, que ambas nos habíamos apoyado sobre el cristal de la misma puerta. Esta era la única verdad; el reflejo de dos vidas. Sonaron las campanas de la Iglesia, pero no para boda sino a entierro, habían matado a dos mujeres inocentes.

 


Comentarios

  • Un momento recortado al tiempo y regalado al que lo quiera leer. Gracias DIODAMA. Aunque es imposible que todos los matrimonios sean por amor, al menos esperemos que las campanas dejen de contar mujeres muertas.
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