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Murcianico

antonio chavezantonio chavez Miguel de Cervantes s.XVII
editado enero 2023 en Narrativa


Murcianico

Pasaba yo por la misma calle de la ciudad de Murcia todos los días camino de mi oficina, y siempre lo veía recostado sobre la pared del llano de unas escaleras, arrebujado en una manta, con su botella de coñac que era la que lo ayudaba a sobrellevar el implacable rigor del crudo invierno, y completamente ajeno a los ajetreos de la calle.

Junto a él, su siempre fiel y cariñoso amigo: su servicial perro, y sus pocas pertenencias; un simple carrito con dos ruedas, en el que cargaba periódicos, cartones y chatarras, y que después vendía en su chatarrería habitual, y también una pequeña mochila verde.

Me resultaba difícil calcular su edad puesto que la barba le comía media cara, y no quería dejarme engañar por las arrugas que le surcaban parte de la frente, a causa de su pétrea vida a la intemperie.

Por allí lo llamaban Murcianico, según me dijo el dueño del bar, en el que yo desayunaba por casualidad una mañana de enero, cuando Murcianico entraba a recoger un montón de periódicos atados con una fina cuerda y todos ellos pasados de fechas, que le tenían reservado.

— ¿Un carajillo, amigo Murcianico? –le preguntó el dueño del bar.
— Antes el negocio que el ocio –respondió, rechazando la invitación.

Y salió del bar con pasos rápidos, para tratar de vencer el frío acumulado en su cuerpo por tantas noches sometido a las severas inclemencias del tiempo. Tenía trabajo, esto era algo evidente, y disciplina también.

No sé por qué desde ese día me hacía asiduo de ese bar. Y las apariciones esporádicas de Murcianico, en lugar de decrecer mi interés por conocerlo, subía. A toda invitación del amable dueño del bar, siempre soltaba una de sus ocurrentes máximas:

— Si ya dejé el fornicio, lo mismo hago con el vicio –le dijo a sovoz, para que solo él lo escuchase, aunque mi fino oído lo captase.

E inmediatamente después, empezó a salir con sus siempre apresurados pasos, pero topó conmigo y aprovechó ese pequeño incidente para pedirme por favor un cigarrillo.

Siempre me asombraba el empaque y la enjundia que caracterizaba a aquel peculiar personaje. Cara a cara los dos, pude ver grandes ojos vivaces, del color del castaño, y unos labios agrietados por el fuego del coñac.

Pero se fue el invierno y con él las ocasionales visitas de Murcianico al bar. Yo lo echaba en falta. Habría ampliado mi ruta manteniendo el método que pensaba que seguía: cada semana recogería sus periódicos y sus cartones, y con esta periodicidad aparecería por el bar y después con su carrito con las chatarras se iba hacia el comprador de sus, para él, valiosos productos.

La confianza que llegamos a tener el dueño de ese bar y yo me permitía preguntarle qué sabía él del pobre Murcianico, pero más por curiosidad que por otra cosa.

Desayuno tras desayuno, me contaba lo poco que sabía de Murcianico; una aciaga suerte concatenada a otras: una súbita viudez con rescoldos de un amor aún latente; sin hijos a su cargo; haber figurado en la lista de despido por el cierre de la empresa donde había trabajado durante 30 años; bien entrado en canas; un desahucio de su casa por no pagar la hipoteca por no tener recursos económicos, y un refugio en la bebida, la cual lo apartó definitivamente de su familia.

Informado y enterado de parte de la vida de, para mí, un buen hombre, salí consternado del bar, cavilando acerca de qué hubiera hecho yo de dárseme no todas sus luctuosas circunstancias, solo una de ellas. No quise pensar más en eso, y dejé de frecuentar ese céntrico bar. Solo fui una vez más, pero para despedirme del propietario del mismo.

Y me llegó la jubilación. Nueva vida y nuevas rutinas me hacían pasear por el Paseo del Malecón, disfrutando a tope de la siempre buena compañía de mi amada esposa.

Olvidada ya la oficina, olvidado también Murcianico. Hasta que caída una tarde de un día caluroso del mes de mayo, lo vi tumbado sobre un banco de dicho Parque. Me hubiese parecido de pésima educación pasar de largo, sin siquiera saludarlo, pero que mi esposa no se percatase de lo que iba a hacer. Seguramente que ya no se acordaría de mí. Pero no. Al verme soltó una de sus típicas ocurrencias, tras pedirme un cigarrillo:

— Es de buena condición, por lo que veo, disfrutar de la jubilación.

Le di el cigarrillo, ante la atónita mirada de mi esposa que no paraba de preguntarme de qué conocía yo a aquel mendigo, mirándolo de reojo. Me aproximé a él y le pregunté si había dejado de chatarrear. Y sonriendo me respondió:

— No señor, sigo aún con mi negocio, pero ahora estoy de vacaciones.

Después de despedirnos, con un fuerte abrazo incluido, miré a mi esposa, que rebullía inquieta por sacar de mis labios de qué conocía yo a Murcianico.

¡Mujeres, siempre curiosas!



Antonio Chávez López
Sevilla enero 2023

Comentarios

  • SarasvatiSarasvati Fernando de Rojas s.XV
    editado enero 2023

    "Murcianico" es una historia de un realismo muy humano.
    De ese tipo de realismo que retrata las cosas con la precisión de lo esencial, rehuyendo la obviedad, lo fácil del dramatismo y la moralina.

    Hay empatía y ternura en el tratamiento del personaje, pero sin caer en el buenismo sentimental. El "Murcianico" tiene además un relieve personal y literario, el rasgo del humor y el más característico, el de la disciplina; no es un estereotipo plano. 

    Destaco la viveza expresiva tras la sencillez del estilo: 

    "grandes ojos vivaces, del color del castaño, y unos labios agrietados por el fuego del coñac" 

    Es realista también la ambivalencia en la reacción del protagonista; la mezcla de conciencia e indiferencia olvidadiza, porque la solución a los peores problemas sociales no está (individualmente) en nuestras manos. Observar y saber no es suficiente, pero la mayoría ni tan siquiera mira. 

    Es un relato magnífico, Antonio. 

  • antonio chavezantonio chavez Miguel de Cervantes s.XVII


    Hola, amiga murciana.

    Amén de que sabes traducir (interpretar) lo que lees, siempre dejar caer comentarios que enriquecen mis textos. Y digo esto con propiedad porque, como sabes, te sigo en el foro dondequiera que vas. No se te pasa un detalle, siempre vivaz. Definitivamente eres mejor lectora que yo escritor. Los caramelos literarios que me regalas son de un dulce superior al almíbar 

    Con lectores como tú, en este caso lectora, escribir para ser leído, con objetividad y con dedicación, es el mayor gustazo para todo escritor que se precie.

    Observo que no eres de esos que responden con "me gusta", "bien escrito", "sigue así", ni muchísimo menos. Para ti no hay un mañana si algo te interesa hoy; o respondes como siempre lo haces, o no respondes. Así de simple.

    Gracias, guapa 

     :)
     

  • SarasvatiSarasvati Fernando de Rojas s.XV
    editado enero 2023


    Hola, amiga murciana.

    Amén de que sabes traducir (interpretar) lo que lees, siempre dejar caer comentarios que enriquecen mis textos. Y digo esto con propiedad porque, como sabes, te sigo en el foro dondequiera que vas. No se te pasa un detalle, siempre vivaz. Definitivamente eres mejor lectora que yo escritor. Los caramelos literarios que me regalas son de un dulce superior al almíbar 

    Con lectores como tú, en este caso lectora, escribir para ser leído, con objetividad y con dedicación, es el mayor gustazo para todo escritor que se precie.

    Observo que no eres de esos que responden con "me gusta", "bien escrito", "sigue así", ni muchísimo menos. Para ti no hay un mañana si algo te interesa hoy; o respondes como siempre lo haces, o no respondes. Así de simple.

    Gracias, guapa 

     :)
     



    De ser mejor lectora que tú escritor, Antonio, mi criterio como lectora perdería sentido. Saber leer no es difícil. 

    No creas, no siempre reacciono ni siquiera a lo que me interesa o me gusta (y mucho menos, con presteza); soy inconstante hasta para eso. 

    También he despachado opiniones en ocasiones con un escueto "me ha gustado" o parecido, por vagancia, aunque no me gusta hacerlo. 

    Como sueles decir, un saludo afectuoso 
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