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Desolación

SamiSami Pedro Abad s.XII
editado septiembre 2008 en Narrativa
Desolación

Y los días se volvieron noches, pero ningún cambio se produjo en ella. Desde el momento en que recibió la llamada, hasta que partió en el micro, nada perturbó sus sentidos. Continuaba igual que siempre.
Sus ojos sin brillo recorrían los paisajes, pero sin concentrarse en ellos. Su mirada iba más allá; se perdía en un lugar mucho más lejano que aquel que vislumbraba.
Las horas se disiparon, sin detenerse. El tiempo, aquel viejo asesino de ilusiones, la acompañó todo el trayecto con su mutismo infernal.
La llanura abrió camino a los pequeños montes, que encerraban al pueblo de casitas bajas y tejados rojos donde ella había vivido en su juventud.
Dani, su hermana menor, la recibió con un fuerte abrazo, mientras unas cuantas lágrimas rodaban por su rostro. Juntas regresaron a la casa paterna. Un lazo negro adornaba la salita. El ataúd se encontraba en el centro, y una fotografía de un hombre con rostro severo descansaba sobre un altarcito preparado especialmente para la ocasión. Ya había varios vecinos; las mujeres rezaban, los hombres charlaban en voz baja.
Sólo se detuvo unos segundos a observar la escena. Se dirigió a su cuarto. A medida que subía las escaleras, un pedacito de su antiguo corazón se quedaba en ellas. Acarició las cortinas con bordados azules, y con delicadeza, abrió la ventana. Una suave brisa entró al dormitorio, trayendo consigo un perfume dulce de azahares. Cerró sus ojos.
“-Te amo-“ la voz que escuchó en su mente era la de un chico de ojos color castaño, que la miraba con ternura.
“¡Vas a abortar, me escuchaste! ¡Para limpiar la honra de la familia!-“ ahora retumbaban en su cabeza esas palabras odiosas, que pertenecían a un hombre frío, feroz.
-Bianca- ella abrió sus ojos rápido y miró a Dani fijamente- ya es hora.
Algunas hojas se desprendieron de los árboles. El ataúd comenzó a descender. Todos arrojaron sus flores; todos excepto ella. Bianca apretaba la suya con fuerza entre sus dedos. Aquel hombre que había controlado su forma de pensar, de sentir; aquel que la dominó, que la humilló, se alejaba más y más con cada puñado de tierra que lo cubría para siempre.
Todos se marcharon. Ella se quedó.
Su mirada se clavó en la cruz.
-Soy un ser vacío, papá- murmuró con una voz cargada de amargura-por tu culpa y por la mía también. No voy a llorar. Ojalá Dios pueda perdonarte, porque yo jamás voy a poder hacerlo.
Se disponía a irse, no sin antes arrojar su flor al viento. Esa flor blanca que le pertenecía sólo a él, al hijo que nunca tuvo; a la vida que nunca fue.
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