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Solo iba a comprar un libro

antonio chavezantonio chavez Miguel de Cervantes s.XVII


LA CAJA DE MSICA 10 UN RINCONCITO PARA COMPARTIR - Pgina 4 Erztic44


Solo iba a comprar un libro

Después de una dura jornada laboral de diez horas, llegué a casa a las cuatro. Me pegué una siesta de dos horas, y a eso de las seis me fui al cuarto de baño y me bañé con agua tibia, pero antes eché en la bañera sales Loewe. Me salí del espumoso saneamiento al cabo de media hora, cogí una toalla y me sequé todo el cuerpo, deteniéndome en mis “cositas más íntimas". Seguidamente perfumé todos los rincones de mi siluetada anatomía con mi perfume de los "3 Quizás”. Pero, aun mi esmero con sales y perfume, mi sexo seguía oliendo a sexo. Salí del baño y me fui a mi dormitorio, metí mis hermosos senos en un generoso sostén rojo, y me puse mi tangas rojos. Después de recrearse un rato en el espejo vertical observando mi rellenito palmito, me embutí en un vestido rojo, ceñido y corto, y finalmente me calcé unas sandalias rojas de tacón. Cogí mi bolso rojo, y muy equipada salí de mi casa. Crucé, muy puesta yo, mi calle. Llegué a la librería de mi pueblo. Mi amiga, Francisca (que aún no había catado macho y ya tenía 25 primaveras) cumplía años ese viernes, y yo quería regalarle un libro picante, sí, de esos libros eróticos que incitan a buscar urgente un pene. La campanilla de la puerta del local sonó, seguidas veces, pero, al igual que siempre, Pepe, el maduro propietario de la librería, que, por cierto, es un tío guapísimo y está buenísimo, ni siquiera me miró.

Caminé despacio entre los pasillos del local mirando títulos, pero sin pajolera idea de cuál elegir. Miré a un lado y otro para ver si había alguien allí a quién preguntarle, pero no había nadie, excepto Pepe, que me percaté  de que estaba dominando todos mis movimientos. Al fin, vi uno con un título sugerente “Ya lo probé”, que sobresalía en lo más alto de una estantería. Pepe, que no me quitaba ojo de encima, me indicó con los ojos que cogiese la escalerilla. Le sonreí en la distancia, y empecé a subir peldaños. Mis caderas se cimbreaban, provocativas, mis pechos rebotaban, y el olor de mi sexo viajó hasta Pepe, que percibí de su expresión que su verga se llenó de deseo. ¿Pensaría en mi apetitosa entrepierna, en mis duras nalgas y en mis hermosos pechos queriéndose fugar de la prisión de la tela del sujetador?

Creo que sí, porque, peldaño a peldaño, mi dos ojos en el libro, una mano tibia se aferró a una de mis cachas, erizándola. Otra mano se alargó y abarcó mis dos senos, mis mamelones se ponían firmes. Mi cabeza se giró hacia abajo y mi visión, sorprendida y expectante. Y allí estaba Pepe, detrás de mí subiendo. En el siguiente peldaño, nuestros olores se mezclaron, el temor a caernos hacía que nos sostuviésemos el uno al otro. Mi afiebrada almeja no podía más, palpitando. Deseosa, mi coco ordenó a una de mis manos que se aferrase a la bragueta del tío que me seguía y de pronto, un súbito jadeo liberador rompía el silencio. Pepe tiró de mí y me llevó a la trastienda de la tienda que, entre caricias escrutadoras y besos enroscados y más jadeos y hasta rugidos, nos revolcamos. ¡Y al libro, ni caso! Finalmente, el guapísimo cuarentón me hizo mujer ¡Y dos veces mujer!, lo que requería un cavilar: se veía que estaba tan famélico de sexo inexperto como yo de pene experto.


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Antonio Chávez López
Sevilla mato 2002

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