Carmen y su encrucijadaEra una noche calurosa. Al amparo de la luz de la Luna, Carmen salía del salón y se iba al cuarto de baño de la planta baja de su casa rural, sin luz eléctrica. Buena temperatura hacía, pero todos los pelos de su soez anatomía se erizaban mientras se iba desnudando. Cogía el telefonillo de la ducha y el agua empezaba a caer.
La ducha estaba conectada a un enorme bidón de 1.000 litros que se hallaba en la azotea, y de ahí caía el agua hacia abajo. Carmen se masajeaba su esbelto cuerpo y se tranquilizaba un poco. Pensaba que el agua fría la haría reflexionar con más claridad, a la vez que amansaba su sangre hirviente, siempre ansiosa de sexo. Se estremecía nuevamente cuando recordaba las caricias de su más que amigo Jaime; un chico de ciudad, enamorado de ella, pero, tocante al sexo era pasivo, sobre todo por sus ocupaciones y sus estudios, que le hacían no aparecer a menudo por el pueblo.
Pero también recordaba a Ángel, un obrero de la hacienda de su padre, el cual estaba encaprichado con ella, pero solo para hacer el amor, lo contrario de Jaime. Carmen se sentía dividida por el hecho de amar a la vez a dos hombres, cada uno de ellos con objetivos diferentes.
Jaime conocía todos los secretos más íntimos de Carmen, que ni Ángel ni otro u otra de sus amigos sabían.
Después de ducharse, cogía la toalla, y se secaba nerviosa, porque no se sentía demasiado feliz por mantener dos relaciones a la vez. Buscaba a tientas su ropa... pero no la hallaba.
—¿Dónde está mi ro…? -no le dio tiempo a que terminase su propia pregunta. Ángel, desnudo completamente, entró a la ducha e intentó penetrarla.
El cuerpazo de Carmen le dio la bienvenida con movimientos provocativos. De ahí que Ángel la besase apasionadamente, le diese la vuelta, la empotrase contra la pared del pequeño habitáculo y desparramase sobre ella besos y mordiscos.
—¡Basta, basta…! -exclamó Carmen, como arrepentida por su entrega.
Pero Ángel se pegaba más todavía a su cuerpo y, con esa intención, propia de un hombre que solo quiere lo que quiere, la manejaba a su antojo.
Rodeaba su cuerpo besándolo, acariciándolo, y la atraía hacia sí cada vez que ella trataba de escabullirse.
Carmen no hacía uso de la fuerza que tenía, y por eso Ángel se satisfacía y a la vez la satisfacía, dando pie a él mismo para "abusar" de ella.
—¡¿Qué quieres que te haga hoy?! ¡¿O quieres que pare y me vaya?!
La ajustaba para penetrarla. La levantaba, como si pluma fuese, y ella cruzaba las piernas sobre la espalda de él, que, con fuerza, seguía empujando mientras ella gemía y le rogaba que se detuviese. Pero no paraba. Sabía que lo deseaba y que no quería que parase.
Y así, culminaron una vez más, pidiéndole ella ahora repetir...
Sin embargo estar sintiendo tanto placer mientras hacía el amor con Ángel, su maldita encrucijada la atormentaba por el hecho de haber organizado su vida de una manera tan loca como desconcertante: evidentemente, necesitaba la pene de Ángel, pero también necesitaba el alma de Jaime.
Antonio Chávez LópezSevilla octubre 2001