Aquel chico de ojos verdes
Estaba yo dibujando corazones en la arena, mientras la brisa del mar jugaba caprichosamente con mi pelo. El agua brillaba, tranquila y cristalina, y bendecida por un radiante Sol que hacía que el cielo fuese adquiriendo una tonalidad dorada, medio rojiza, aquella tarde-noche del mes de julio.
Pensaba en ese momento si darme un paseo por la playa, o si pegarme otro baño. El agua estaba fría, pero hacía tantísimo calor que me apetecía. Así que me levanté y me fui hacia la orilla.
Mientras caminaba por la orilla, con las aguas a medio muslo, me percaté de que a unos metros de mí llegaban tres chicos. Mientras se quitaban las camisetas, sus risas y sus voces me hacían girar la cabeza y mirarles. No estaban mal. Ellos también me miraban. Era verdad que mi bikini verde me quedaba de ensueño. Aparté mi melena a un lado y me metí despacio en el mar y empecé a nadar de espalda.
Me di cuenta de que era observada por aquellos tres, y esa sensación me estaba gustando. Me quité el nudo del bikini por la espalda para dejar mis pechos al aire. Me gustaba nadar así, y así lo hacía siempre. "¿Por qué hoy no?", pensé y me recreé en esa sensación. Al cabo de unos minutos, decidí salir de agua, semi desnuda, para tomar el sol.
Sentí unos ojos clavados en mi cuerpo, y vi que tres bañadores se estaban abultando por la parte delantera. Uno de aquellos chicos me gustaba especialmente. Tenía un cuerpo espectacular, una sonrisa irresistible y, ¡uf, unos ojazos! ¡Era guapísimo! Solo con mirarlo me provocaba un cosquilleo en la entrepierna.
Me estaba tumbando en la toalla, cuando vi que se me estaban acercando dos de ellos. Apenas llegaron a donde yo estaba, se arrodillaron frente a mí, pero el chico que más me gustaba permanecía donde estaba, con una cámara de grabar, cogida con un cordón al cuello, y una toalla colgando de su musculosos hombros.
Me dejé llevar por los dos que se había acercado hasta donde yo estaba, que tampoco estaban mal. No sé cómo ni por qué, pero medio me entregué a ellos. Seguro que sería porque en ese momento tenía ganas de sexo.
Mientras uno me acariciaba los senos, el otro deslizaba la mano por mis piernas, excitándome a medias. Les correspondía, pero no me concentraba. No podía apartar los ojos del tercero, el que estaba filmando las escenas.
Sin que me diese tiempo a reaccionar, mis dos repentinos amantes me deshacían los lazos del bikini y éste lo dejaban sobre mi bolso. Separé deliberadamente las piernas para que "mi chico" me filmase, pero habría deseado que él fuera quien jugase con mi cuerpo, aunque tampoco hacía ascos a los otros dos. Estaba ya a punto, cuando de pronto se apartaron.
"¡Yo no soy de piedra, me han dejado excitada y se van! ¿Qué es lo que pasa?", me dije para mis adentros
Pero, de pronto, el chico de los ojos verdes comenzó a caminar hacia mí. Cuando llegó a mi lado, me cogió de la mano y me levantó suavemente. Mientras dejaba su cámara encima de la toalla, me decía al oído '"ahora es mi turno; ahora eres mía". Y, sin más, me cogió en brazos y me llevó hacia el rompeolas.
Ya en él, nos abrazamos y nos besamos apasionadamente, y yo, caliente y excitada, no tardé en quitarle el bañador. Quería que estuviese desnudo, como yo. Y enseguida sentí un bulto duro clavándose en mi entrepierna.
Caímos poco a poco sobre el agua de la orilla, y allí, en la misma orilla, mientras las olas nos bañaban con sus permanentes movimientos, me puse encima de él y le hice gozar tanto o más que él a mí.
El Sol se había marchado ya a dormir, y una Luna llena de un blanco inmaculado asomaba por el horizonte, invitándonos a continuar haciéndonos el amor
Y, agradeciéndole a la luna su amable invitación, hasta el alba estuvimos complaciéndola, y todo el tiempo tocando el cielo con la mano.
Antonio Chávez LópezSevilla julio 1999