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Nuestra realidad cotidiana

antonio chavezantonio chavez Miguel de Cervantes s.XVII




Complicidad total...


Nuestra realidad cotidiana

Entro en la cocina y observo que ella trastea en la cubertería y en los vasos. Está guapísima con ese tanga y ese delantalito blanco. Robo una manzana del frutero de mesa y la muerdo. Cruje, chorrea un jugo dulce. Levanto cada gota con la punta de la lengua. Luego, me apoyo en el marco de la puerta. Ella va mirando de reojo todo lo que hago. Doy otro mordisco a la manzana.

-¿Me convidas a un bocadito, guapo?

Muerdo un trocito de manzana, y mi boca lo transporta hasta su boca. Nuestros labios se pegan, se funden. ¡No se pueden separar! Siento que su boca me pide guerra, y sus ojos son más grandes que nunca; me da vértigo mirarme en ellos, pero no puedo apartar los míos.

De pronto, sus ávidas manos rodean mi cuello y nuca. Hechizado, la cojo entre mis brazos. No sé si la manzana se cae o la dejo caer. Solo sé que su boca está en mi boca, sus ojos están en mis ojos, su alma está en mi alma, mi corazón está en su corazón. Todo lleno de amor. Su cuerpo se aprieta contra el mío: me roza, me toca... Su pasión me llega a través de la ropa. Se para el tiempo.

-¿Qué hay de almorzar? -le pregunto entre besos. Pero no sé por qué le hice ésa pregunta.
-Ya lo estás viendo, chiquillo –responde.

Sonrío, porque es cierto. ¿Existe mejor almuerzo que este? Su mano corre entre mis vaqueros. Busco sus pechos empinados. Me baja el cierre, me abre la cremallera y sus dedos envuelven mi entrepierna. Mientras chupo sus mamelones rígidos, gime, y echa la cabeza hacia atrás. Tiro de un hilillo y creo que me he cargado otro tanga. Pero esto no importa ahora.

Acaricio, beso y succiono sus labios de abajo. Ahora los mordisqueo; una humedad tibia, tirando a caliente, me empapa la boca y las manos. Sus piernas se cierran sobre mi cintura y me atraen y guían mi miembro; que es suyo como suele decirme, y yo me encorvo hacia su dilatada vagina, mi vagina, como suelo decirle.

Entra mi pene en su nido como un fuego, y siempre con esa misma sensación de quemarse en su interior y en los suspiros de ambos. Sus mamas rozan mi pecho. ¿En qué momento me abrió la camisa? Beso su cuello, sus hermosos hombros. Les paso la lengua, los chupo, los muerdo. Sus diez uñas de gata salvaje pintan líneas de escalofríos en mi espalda. Me muevo de extremo a extremo. Voy hasta el fondo, esperando su reacción. Y ella lo sabe...

-No la saques, porfi.

Su voz, su aliento en mi cuello, su lengua…

-¡Toda adentro para ti! -le digo, medio ronco, y empujo más...

De nuevo, sus uñas se clavan en mi espalda. Me atraen. Le acaricio el trasero, los muslos, los pechos… Se desmelena…

-¡Poséeme, hazme lo que quieras…!

En ese momento me muerde en los hombros. Son mordiscos fuertes y chupados, que me dejarán marcas y que luego ella revisará satisfecha. Entro y salgo, cada vez más excitado y más rápido. Mis dedos se enredan en su cabellera. Y mis brazos, como una palanca de acero, apretándola fuertemente contra mí.

-¡Dame mi licor! -dice, de pronto, sus dientes clavados en mi carne.
-¡Dámelo ya…! -repite, impaciente.
-¡Es tuyo! ¡Ahí lo llevas…!

El primer espasmo me paraliza de placer. Ella jadea; un jadeo ahogado que tan bien reconozco: el jadeo del éxtasis, cuando el orgasmo la arrastra oleadas tras oleadas.

Clavado hasta el fondo, le empujo las nalgas con la primera descarga. Como si me pasasen una varilla al rojo por el meato. Estallo en su vulva empapada. Nuestros jugos se entremezclan y chorrean: sexo adentro, sexo afuera...

El delirio dura… ¡qué sé yo! Jamás sabré si un minuto o un siglo. Solo sé que temblamos, que nos sacudimos de placer, que quedamos abrazados, abajo nuestros párpados, nuestras respiraciones anhelantes. Poco a poco nos vamos recuperando, pero algún ramalazo de disfrute se nos cruza de vez en cuando. Y, de pronto, vuelve a ser mi niña, acurrucada en mi pecho. Beso su pelo, su frente... Busco sus labios.

-Te amo.
-Yo también te amo.

Nuestras voces suenan colmadas. Apenas retiro mi sexo del suyo, hago una copa con la mano y recolecto ese íntimo jugo que rezuma. Pegajoso y tibio, se lo acerco y luego se lo vuelco en su cara y en sus pechos...

-Oh, qué delicia! -me dice, y después lo esparce, con los ojos cerrados y con cara de satisfacción, por tan nutriente vitamina facial.

Poco después, nuestras lenguas se acarician y probamos juntos el placer salobre y dulce de la pasión.

-¿Me llevas a la ducha, guapo? –me dice, mimosa.
-Claro. Estaba esperando esa pregunta –le respondo, embelesado.

Entonces vuelve a enlazar mi cintura con sus piernas y mi cuello con sus brazos. La levanto por las nalgas y nos vamos al cuarto de baño, con la seguridad de que allí culminaremos lo no terminado todavía. Y así un día tras otro, y ya llevamos dos años viviendo juntos...

Bajo el agua semi caliente nos vamos mojando nuestros cuerpos, con la gracia de dos amantes que se aman. Nos frotamos los cuellos, las espaldas, las nalgas y las piernas. Hago que ella se dé la vuelta hacia mí y la estrecho amorosamente contra mi cuerpo. Le enjabono los pechos y también esos vellitos negros que protegen su nido, y mientras, el agua tranquilizadora y en nuestro caso milagrosa va rociando nuestros dos anatomías

Concluida nuestra reconfortante ducha, de nuevo hacemos el amor, pero más apasionadamente que la vez anterior, Bueno, igual de apasionadamente me dice ella.


LA CAJA DE MSICA 2 UN RINCONCITO PARA COMPARTIR  - Pgina 37 Grohe_11


Antonio Chávez López
Sevilla febrero 2093

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