¡Bienvenido/a!

Pareces nuevo por aquí. Si quieres participar, ¡pulsa uno de estos botones!

Si la red es fuerte, pesca segura

antonio chavezantonio chavez Miguel de Cervantes s.XVII


Si la red es fuerte, pesca segura

Chateando en la red contacté con una mujer de 38 años. Después de un mes intercambiándonos mensajes, decidimos dar el paso de conocernos personalmente. Ambos seguíamos casados por lo civil, y ambos pasábamos de juzgados para tramitar los divorcios. Ninguno de los dos teníamos hijos, cosa que ayudaba en gran medida a más libertad. Su esposo y mi esposa eran personas liberales, por lo que también "se lo montarían a su manera". Pero esto era algo que no nos importaba, porque nosotros nos propusimos ir directamente a lo nuestro.

En Facebook se hacía llamar "sama", pero su verdadero nombre era Samanta. Y, aunque sabíamos nuestros apellidos, esto es una cosa que no viene a historia a esta historia. Por cierto, yo me llamo José Manuel y tengo 40 años.

Nos citamos una tarde para tomar algo y así ver si nos gustábamos, tanto en el trato como en el físico y en todo lo demás. En realidad, no sabíamos qué nos íbamos a encontrar. Los dos conocíamos nuestra marchas cibernéticas, y a veces nos excitábamos viendo fotos de nuestros cuerpos, que nos cursábamos vía privado acompañadas de palabras picantes, que contribuían a calentarnos más aún. Pero no conocíamos nuestras caras ni nuestras voces.

Llegué a la cafetería en la que quedamos y la localicé fácil, pues me dijo que llevaría un pañuelo azul sobre la cabeza. Y allí estaba ella, en la barra. Era morena, y no iba vestida provocativa: blusa larga azul, zapatos de tacón medio y pantalón azul; eso sí, ceñido y ajustado. Su blusa dejaba ver un más que apetecible canalillo. Podría decirse que en conjunto era una mujer bastante atractiva...

Y además, le veía yo algo especial. No sabía atinar si eran sus ojos o su boca, pero me embobé apenas la vi y conectamos enseguida. Después de tomar un café y de conversar un poco, nos fuimos a un motel situado a las afueras de la ciudad, en el que, previamente yo había reservado una habitación. Entramos, y después de superar los primeros momentos de timidez, empezamos a besarnos; primero, tanteando, y luego con más intensidad, lengua suya bulliciosa...

Noté pronto que le urgía sexo. Mis ojos se fueron a sus pechos, cuyos mamelones se traslucían a través de la blusa, y eran tan afilados que parecían lanzas atravesando el sujetador. Suavemente, la empujé hacía la pared, y botón a botón le abrí la blusa, que no la dejaba caer al suelo. Acariciaba sus senos por encima de la tela del sujetador. No eran grandes, pero no las abarcaba con la mano. Deslizaba mi mano derecha por su cuerpo, y "mi chica", impetuosa, buscaba mi boca.

Mi mano iba bajando por sus muslos, hasta llegar a sus bragas, que nada más jalarlas cayeron, dejando al descubierto un poblado y rizado pubis. Me puse en cuclillas y besé levemente por ahí abajo, pasando enseguida a lengüetazos salvajes por todos lados. Sentía que mi pene crecía, así que lo ponía sobre su mojada flor y empezaba con un mete y saca, calibrando su calentura sexual. Y entonces, otra vez me percataba de que estaba famélica de sexo. Me pedía con los ojos y con la voz que me dejase de ensayos y que la poseyese, que la poseyese enseguida y que no parase...

Aún estaba yo vestido, pero erecto mi miembro. Quería hacerla mía despacio, al menos la primera vez, ya tendríamos otras, le decía, cuando su mano se iba a mi entrepierna. Samanta "estaba a punto", y yo le mordisqueaba los mamelones a través del sujetador, pero de pronto me apartaba con fuerza y empezaba a devorarme todo mi cuerpo.

Estaba lanzada, lo que hacía lanzarme a mí. La giraba, la ponía de cara a la pared, le bajaba las bragas y le daba cachetes en su redondo trasero. Su blusa caía, y yo con los dientes le desabrochaba el sostén...

Y entonces aparecieron dos despampanantes pechos con unos mamelones rosados, que hasta ahora no había visto. La tenía desnuda frente a mí, cara a la pared. Dejé caer mi pantalón, y mi virilidad salió briosa de su guarida de los calzoncillos. Se la puse en el agujero negro. Antes solo lo había sentido a través del pantalón, pero ahora lo tenía en su ano. Mi lengua lamía su cuello, rogándome ella que la penetrase, pero como estaba tan enfrascado en tan deliciosa tarea, nerviosa se giró hacia mí y gritó suplicante y repetido:

-¡Hazme tuya ya...! ¡Hazme tuya ya...!

Con sorpresa para ella, con el sujetador que le había quitado le até las manos a la espalda. Y esto le gustó. Luego, la tumbé sobre la cama con el trasero en pompa, que también le gustó. Terminé de desnudarme, y metí mi erecto y duro tallo en su desesperada corola.

-¡Empuja, empuja! -gritaba como una condenada.

La tenía a mi merced: manos atadas, culo en pompa y pidiendo que la penetrase. Y la penetré. Y los dos nos compenetramos y no adaptamos a la perfección. Y tanto disfrutamos que al otro día nos vimos de nuevo. Y, sin apenas hablar, directamente al motel.

Y a partir de aquel día, dieciséis meses ya, nos vemos dos veces a la semana y hacemos el amor. Samanta no quiere cena, no quiere copas, no quiere cine, no quiere discotecas... ¡Solo quiere que hagamos el amor!

Pero, con el paso de nuestras citas, me percaté de que no solo tenía necesidad de sexo, también de cariño. Tanto llegamos a congeniar y a desearnos el uno al otro que incluso hasta llegué a pensar que era la mujer de mi vida. Y, en realidad, lo era, porque, entre otras cosas, maravillosas para nosotros, estaba abandonada por su esposo. Como yo por mi esposa...

A los diez meses de nuestras rituales citas, le propuse muy en serio que nos divorciásemos y nos fuésemos a vivir juntos, e incluso que nos casásemos. Me miró, escéptica, sonrió irónica, y sabiamente me respondió, como solamente sabe hacerlo una persona realista:

Siento en lo más hondo que te quiero y te deseo como nunca he querido y deseado a mi marido, ni a ningún otro hombre, y jamás te seré infiel. Y también siento que tú me quieres y me deseas como yo a ti, pero se supone que los dos tenemos la suficiente experiencia en este asunto como para deducir que el matrimonio y la convivencia son los verdaderos asesinos del amor y de la pasión, por lo que tu propuesta podría ser el principio del fin de esta maravillosa historia que vivimos. Y dicho esto, ahora soy yo la que te propone que sigamos como estamos, que así podemos permanecer juntos toda una vida.


LA CAJA DE MSICA 2 UN RINCONCITO PARA COMPARTIR  - Pgina 36 29101010

Antonio Chávez López
Sevilla enero 2000

 :) 


Accede o Regístrate para comentar.


Para entrar en contacto con nosotros escríbenos a informa (arroba) forodeliteratura.com