El hombrecillo corría entre las titánicas paredes de grava y arena. Corría hasta que sus piernas le quemaran, como si un millar de hormigas marchasen bajo su piel, corría hasta que sus ojos ardieran de las saladas gotas de sudor que brotaban por su arrugada frente, quemada al sol de mediodía. Corría y su corazón, cual marcha de guerra espartana retumbaba dentro de su pecho, sus pulmones, hinchados al punto de reventar se rindieron al fin. Cayó sobre la paja podrida que cubría el frió suelo. Exhausto miro al cielo de Creta, el inmenso azul le recordaba los días de antaño, los días que jugaba; correteando a sus hermanas, viendo el ir y venir de la marea, viendo al sol esconderse tras el mediterráneo, uniendo, por un momento al cielo y la tierra. Dio un suspiro de melancolía. <<Sin duda>> dijo para sí mismo, recuperando el aliento <<Los amaneceres del ayer, brillaban con más intensidad>>cerro los ojos, acepto su porvenir. El príncipe que descansaba en su trono viendo correr al hombrecillo, bufaba. Poso sus grandes pesuñas sobre una enorme cantidad de huesos, que tronaban bajo su peso. Crack! Crack! Crack! Sonaba cada pisada. Crack! Crack! Crack! Los sonidos crecían mientras el príncipe se acercaba. Crack! Crack! Crack!. Y lo último que el hombrecillo que estaba perdido en sus recuerdos escucho, fue al príncipe bramar.