Mi Jefe murió hace un par de meses atrás.
Iba en automóvil por una avenida que pasa por el extremo final del aeropuerto principal de la ciudad. El hombre conducía su vehículo con la ansiedad natural de regresar a su casa luego de un arduo día de trabajo pero el destino le jugó una mala pasada. Un avión que había intentado despegar no pudo lograrlo y al final de la pista acabó cayendo sobre el techo de su automóvil y lo mató en el acto. En el accidente murieron, además, 63 pasajeros y un vendedor de helados que pasaba con su carrito en ese momento y por el mismo lugar.
Es difícil desmentir a los deterministas cuando suceden cosas como estas.
Lo cierto es que a mi jefe le encontraron sólo un brazo intacto. El resto de su cuerpo había sido pulverizado.
Bueno, bah, eso de “intacto” es también difícil de afirmar. Estaba bastante chamuscado, en especial la ropa y ese casimir Spencer de corte fino que solía utilizar en aquel año.
Tenía, además, su alianza matrimonial puesta (El oro resiste a cualquier cosa) por lo que los rescatistas concluyeron que era el brazo izquierdo de mi jefe el que había sido encontrado en el lugar. La anatomía y la vida social lo confirmaban. Así que al otro día concurrí a su velatorio, con el cajón cerrado, por supuesto, y compungido ante lo que había pasado. Saludé a la viuda –que parecía no estar demasiado consternada– y me acerqué a otros compañeros de trabajo que se hallaban en el salón.
– Pobre jefe. –dijo uno.
– Es cierto –agregó otro– Mira lo que le ha venido a pasar. Ayer estaba junto a nosotros, trabajando, y ahora está metido en un ataúd.
– Error –les dije yo que estaba al tanto de todo– En el cajón sólo está su brazo izquierdo, el resto del cuerpo ha sido pulverizado.
– ¡No! –Susurró el que estaba a mi derecha– ¡No puedo creer que estemos velando un brazo! ¡No puedo creer que estemos velando el brazo de un ser humano! Hice treinta y cinco kilómetros en auto desde mi casa para venir a velar un brazo!
–Es lo que se estila –repliqué– El hombre está hecho a imagen y a semejanza de Dios. El brazo de nuestro jefe, en definitiva, equivale al brazo de Dios. El brazo de nuestro jefe
es, en cierto modo, nuestro propio jefe. Las cosas son así y deben aceptarlas. Esto no lo digo yo sino que además lo dicen religiones milenarias. Allí está nuestro jefe. Les guste o no.
– ¿Qué brazo has dicho? –insistió el que estaba a mi derecha.
–El brazo izquierdo. –dije. Ya sabes que el jefe era zurdo.
–Ah sí, ya sé, es el brazo de sus retos y de sus admoniciones. El brazo de sus indicaciones arbitrarias, el brazo con que se hurgaba la nariz. Hubiera preferido velar el otro brazo, te lo juro. –dijo por lo bajo.
– ¿Y quién cargará un cajón tan liviano? –dijo el otro.
–Nosotros –repliqué– ¿Quién sino? Ya saben que el jefe nunca tuvo hijos.
Así que luego aconteció el final de la ceremonia.
El cajón llevaba tres manijas a cada lado. Y como éramos siete empleados, seis de mis compañeros cargaron aquel ataúd tan liviano y yo caminé junto a la viuda y junto a una de sus dos hermanas.
El cura rezó una oración en el cementerio.
Era un cura extraño. Bastante sucio y con los pelos parados. Vestía una sotana mugrienta y recitaba frases en latín como si no le importara nada de lo que estaba sucediendo en derredor suyo.
Y tampoco (lo que es peor) nadie entendía nada de lo que el cura les decía.
Esa parte –debo admitirlo– fue lo peor de todo lo que pasó aquel día.
Luego bajaron el cajón y lo cubrieron de tierra. Y allí quedó sepultado mi jefe, luego de que un avión se estrellara en el techo de su auto el día anterior.
Su vida fue muy controvertida, como les sucede a casi todas las personas.
Para muchos era un buen tipo y para muchos otros no era más que un cerdo. Yo no estoy capacitado para opinar.
Yo sólo quise ponerme a contar esta historia de un hombre que murió en un accidente y del que al final, tan solo terminaron enterrando su brazo izquierdo.
Comentarios
Meto tu relato en la categoría del esperpento, género literario del que decía Valle Inclán que deformaba la realidad cargando los tintes grotescos. Además, lo has aderezado con pinceladas puntuales de humor negro, desde el heladero casual, hasta el recuento de 63 muertos minimizando la cantidad global para que el protagonista sea el brazo del difunto, comparando su brazo siniestro con el de Dios todo poderoso.
Escribiendo como a mí me gusta que escribas, sin decir diciendo, habría sido más fácil explicar lo cabronazo que era el jefe, pero no,no…tu lo dices de otra manera “A tu manera”
¡Eres un crac!