Domingo, 3 de agosto. Norte de Fuerteventura. Mireia duerme mecida por el ruido del mar. Fuera, la playa tiene una lisura extraña, una calma de sueño suspendida por los hilos de las cometas que bailan despacio en medio del verano. Las olas nunca abandonan su trabajo, esa empecinada demostración del mecanismo sencillo de la vida. “Vamos y venimos, vamos y venimos” parecen decir, “no busques más secretos”. Mireia conoce la verdad de las olas y duerme tranquila. Algún día la olvidará, buscará razones y la metafísica rasgará el cielo de su inocencia con preocupaciones alejadas de su naturaleza. Se llama crecer, se llama dejar de escuchar, creer que no pertenecemos al paisaje, creer que somos más que todo lo que vemos.
La luz de agosto intimida, es un cuchillo disfrazado de risas lejanas pero su filo podría cortar en dos un alma despistada. Estamos aquí, dentro de todo esto, asistiendo a la ceremonia de escuchar las vueltas que da la Tierra sobre su propio eje, despidiéndonos de cada momento que vivimos, de cada aire que juega a entrar y salir de nuestros pulmones como una mariposa imposible de disecar. Parece que el tiempo se detenga en verano, como si su prisa se disfrazara con ropa de sport y te guiñara un ojo para hacerte ver que no pasa nada; pero miente, el tiempo miente y sus músculos están tensados y se pueden ver las huellas que dejan sus pies en todas partes: en la playa, en las servilletas de papel que vuelan por la piscina, en el humo del café, en la mirada de una anciana que desconoce tu nombre y tu lengua pero que al pasar asiente con la cabeza a tu mirada, corroborando algo que aún no sabes. Sí, el tiempo pasa.
Vistos desde arriba, a gran distancia, parecemos diminutos brillantes que se mueven y se afanan en existir. Imaginar ese tapiz llevaría años y más paciencia de la que somos capaces de mostrar. Brillantes que deambulan sin dirección, que chocan contra otros cuerpos, que se paran, que se cansan y siguen buscando. Mireia conoce este juego; en ocasiones la descubro con la vista perdida en la nada mientras sus dedos repasan el contorno de una muñeca; entonces sé que lo sabe, que la experiencia ha comenzado a manchar de tinta sus primeras páginas en blanco.
Comentarios
Dime porque la llamas Mireia...no es Mirella??
Un abrazo,
Es un placer leer tus comentarios. Tengo que contarte ya entre una de mis mejores lectoras y también casi entre una de mis amigas.
En catalán se escribe Mireia (mi mujer es catalana) aunque en España todo el mundo lo pronuncie Mirella. No había pensado en lo del tango... puede que tengas razón (como casi siempre)
Un gran abrazo.
Luis
Por lo demás, creo que esjusto la sensación que puede llegar a tenerse en una isla como esa, llena únicamente de playa, playa y mar. Reflexiones sobre lo que toca tierra y lo que mira desde el infinito, y sobre lo que el tiempo nos deja cuando pensamos en él. Un saludo, querido escritor
Luis