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Fantasías compartidas. Prólogo

AufDerMaurAufDerMaur Anónimo s.XI
editado junio 2014 en Erótica
Este relato está basado en mi propia experiencia personal, aunque como es de suponer hay detalles que se han alterado para respetar la privacidad de terceras personas. Este es sólo el prólogo, una introducción a la verdadera historia, que iré colgando poco a poco. Gracias por leer.

PRÓLOGO
Todos tenemos un lado oculto. Una parte de nosotros secreta y oscura que nadie o casi nadie conoce y cuya mera existencia tememos admitir.
Mi lado oscuro se llamaba Jack. Era de origen canadiense y tenía 26 años, uno más que yo. Yo acababa de empezar mi doctorado en psicología forense en la USC, y él trabajaba como ayudante de fiscal en Barcelona. A pesar de lo que pudiera pensarse, nuestro punto de contacto no fue nuestro trabajo, sino que le conocí a través de un videojuego al que mi novio, con quien mantenía una larga relación plagada de altibajos, se había aficionado poco después de comenzar a vivir juntos.
Una noche, me pidió que llamara a un tipo con el que jugaba para avisarle de que no podría conectarse, porque aún teníamos problemas con la conexión a Internet. Jack sabía quién era yo, por supuesto que lo sabía, y tras un par de minutos de agradable conversación me decidí a darle mi número de teléfono “por si alguna vez necesitara algo”. Nunca habría adivinado que fue ese preciso instante en que empecé a caer en una vorágine de dulce perversión desde la que no habría ya posibilidad de volver atrás.
Unos meses después, una noche de agosto, como de costumbre, no podía conciliar el sueño. Tenía las ventanas de la habitación abiertas, y la luz de la Luna arrancaba destellos plateados al sudor que perlaba mi piel desnuda. Hacía calor. Mucho calor. A mi lado, mi novio roncaba impasible, también como de costumbre sin haberme rozado siquiera. Cogí mi teléfono móvil de la mesita de noche, sin saber muy bien qué hacer para vencer el insomnio, y comencé a releer algunas conversaciones que había tenido la semana pasada con mi director de tesis por correo electrónico.
Entonces sonó un tímido “plink”. Alguien me hablaba por mensajería instantánea. Un escueto “¿Qué haces despierta?”, de Jack, por supuesto. Él sabía que no dormía bien. Que hacía meses que mi novio no me tocaba, y que yo tampoco estaba demasiado segura de querer que lo hiciera. Me levanté de la cama sin hacer ruido, sin contestarle aún. Mis pies descalzos tamborileaban quedamente sobre la madera oscura del suelo del apartamento mientras me dirigía al salón.
Me recosté en el sofá, desnuda, con las piernas encogidas bajo el cuerpo, y tecleé: “Sigo sin poder dormir. Hace demasiado calor, y tengo demasiadas cosas en que pensar”. Comenzamos a hablar, como a menudo hacíamos, intercambiando trivialidades sobre cualquier cosa, y cuando el reloj de la pared marcaba las dos y trece minutos de la mañana, me hizo esa pregunta que acabó despertando al animal que hay en mí. “¿Puedo preguntarte algo indiscreto?”. Intrigada, le respondí que sí, que por supuesto, y entonces lo soltó: “¿Qué harías si te dijera que a menudo imagino que estoy contigo?”. Durante unos segundos no le entendí. “Te refieres a que fantaseas conmigo cuando… tú…”. Obviamente no podía referirse a otra cosa. Me sentí algo turbada, extraña. Pero de repente me invadió una oleada de poder, crudo y abrasador. <<Fantasea conmigo… ¿de verdad?>>. Le di las gracias por su sinceridad y le pregunté por qué me lo contaba. Y entonces soltó la segunda bomba: “Porque estoy cansado de que sean sólo fantasías. Quiero que se haga real, que lo hagamos juntos, aunque sea en una fantasía compartida.” Un súbito rubor caldeó mis mejillas, y contuve la respiración durante unos segundos. Fantasías compartidas, lo había llamado.
Alarmada, quise responderle instantáneamente que no, que yo no era esa clase de chica. Toda mi vida sexual y sentimental había estado marcada por una simpleza que rallaba en la mojigatería, y aún a esas alturas de mi vida, había mil mundos que no conocía. Pero una vocecita dentro de mi cabeza susurró: <<¿Y por qué no?>>. Me mordí el labio, sintiendo una inoportuna humedad entre mis piernas. Realmente la idea me atraía. Mucho. Pero… ¿Estaba dispuesta a ignorar todas las convenciones sociales, todos los tabús?
Él esperaba mi respuesta, y la verdad es que yo ya sabía lo que iba a responderle, sólo que mi mente aún no era capaz de admitirlo. Un ronquido procedente de mi habitación me sobresaltó. Ya, bueno. También estaba eso. ¿No me merecía yo algo diferente? Ese pensamiento terminó de convencerme. Tragué saliva y, decidida, tecleé: “De acuerdo. Quiero ser una parte activa de tu fantasía”.
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