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Claudia

GuaicaGuaica Pedro Abad s.XII
editado junio 2014 en Narrativa
Claudia se pasaba el día esquivando a las clientas al ritmo de la música, era mucha la tarea que se iba acumulando desde la apertura al cierre y generalmente salía muy tarde.

No es que el servicio de autobuses nocturnos funcionase mal, ( de hecho, poniendose en el peor de los casos, en media hora estaba en casa), simplemente deseaba tener un coche. Llevaba tiempo pensándolo, pero nunca ahorraba lo suficiente.

En la tienda, apenas cada quince minutos, la encargada le gruñía no se qué de este estante o de aquel otro y la ropa que había que doblar con esmero.

Le gustaba almorzar en "Gones", los tallarines a los cuatro quesos estaban "de muerte" y tambien las tortitas con nata, una vez al mes se permitía un postre.

Muchas veces, se quejaba de la encargada que tenía, sobre todo cuando tocaba cubrir el turno del sábado por la mañana. ¡Parecía que aquella mujer pensaba que no tenía otra cosa que hacer!: Siempre le tocaba hacerlo a ella. Pero lo que más odiaba del trabajo eran las clientas: Chicas adolescentes con mejor figura, con caras más lindas y jóvenes, con dinero que gastar; que le recordaban continuamente lo rápido que pasaba el tiempo, lo vieja que se estaba haciendo. Venían tambien mujeres entradas en años, acompañadas por un par de niños; se notaba que, estas, tenían la vida arreglada, que no trabajaban, que eran dueñas de su casa; a Claudia le gustaba imaginarse ser una de ellas, las envidiaba con furor y un atisbo de odio, se podía adivinar en su mirada cuando, con aquellas voces profundas le pedían otro modelo, y otro, y otro. Luego venían las solteronas, gordas, que pretendían que se les encontrase una talla; esas eran una pérdida absoluta de tiempo, de un tiempo precioso que podría aumentar sus comisiones.

Y las prisas, siempre con prisas y sin poder ponerle mala cara a nadie. Bueno, a Javi, a Javito, si le ponía mala cara, pero es porque era un don nadie, un segurata, que parecía llevar allí más tiempo que ella y que se atrevía a sonreirle cuando le daba los buenos días. Mejor era resultar seria que dejar que se hiciese ilusiones. Solo faltaría eso: ¡Liarse con otro mileurista!

Aquél Lunes, cómo cada Lunes, había comenzado por escoger los vaqueros de marca, la blusita adecuada y un jersey, de cuello abierto, que marcase su figura. Luego, comenzó a recogerse esmeradamente el pelo: Vigilar que cada tirabuzón estuviese en su sitio, era una taréa primordial; luego las sombras y los coloretes, los perfiladores, el pintalabios, el rimel, volver a comprobar el pelo...

Si, estaba preciosa, y, para rematarlo, un acabado de manicura francesa. Perfecto, era la hora de hacerse notar, de salir de las brumas soñolientas de la trabajadora, con la imagen de una diosa.

Claudia era una chica especial, tenía educación, y clase, sobre todo tenía las cosas claras: Necesitaba un marido, uno con dinero, por eso su jornada laboral no comenzaba a las diez, con su turno. Eso quedaba para las otras chicas, para las dependientuchas conformistas y miserables, para esas a las que miraba todo el día por encima del hombro, (no fuese que pretendiesen subir por encima de ella).

Claudia comenzaba su día con un buen café, una hora antes de entrar en su sucursal, en una cafetería que había un par de calles antes de llegar. Una cafetería dónde, entre los oficinistas, se olía el aroma del dinero, de los directivos, entrados en años, pero con la debilidad de todos los hombres. Y ella quería llenar esa debilidad con toques de jazmin y de azahar.

Su madre siempre le enseñó que una mujer y un hombre están hechos para complementarse, para formar una unidad completa, y que el verdadero trabajo de una mujer, es encontrar el hombre adecuado.

Hacía un año que tuvo una aventura con uno de aquellos subdirectores, un cuarenton bien situado. Ella siempre tuvo bien claro que su juventud y su belleza, eran la contrarresta, de su origen humilde, en el negocio del amor. Y estuvo cuatro meses flirteando con aquel calvito gafotas, incluso consintió en subir más de tres veces a su despacho. Pero no salió bien, cuando quiso darse cuenta, aquél bicho, estaba dándoselas con una camarera.

Los chismes fuerón rápido, dolieron, y, precisos y directos, apunto estuvierón de manchar definitivamente su reputación. Pero siempre quedaba la esperanza de seguir los consejos maternos: de mostrarse serena y fuerte, y de hacer saber al mundo que ella no era la responsable, que era el hombre, el malvado que la hizo sufrir.

Por otro lado siempre supo que el dueño de la cafetería le ponía ojitos tiernos, sería tonta si desaprovechase la oportunidad de jugar aquella baza. Y a eso se dedicaba con todo su empeño: a dejarse ver, hasta que la eligiese como esposa alguno de aquellos hombres.

La cafetería estaba a rebosar, los cuatro correveidiles de siempre miraron con una sonrisa estúpida su entrada; el camarero ni se fijó en ella, estaba atendiendo a un par de tontas que no hacían más que ocupar su sitio de siempre. Ya se ocuparía de castigarle: hoy iba a ser día de sacarina, y además se le iba a olvidar pedir una napolitana, cuando se la trajese la cambiaría por un churro. Cuando ella llegaba, llegaba ella: Las cosas claras.
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