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Kabuki

LawlietLawliet Gonzalo de Berceo s.XIII
editado mayo 2014 en Negra
-KABUKI-

El sol desapareció sin apenas haber hecho acto de presencia, las nubes habían cerrado el cielo, el frio azotaba las calles y la gente se había resguardado en sus casas. Sobre la mesa del salón podían verse papeles con incoherencias escritas en sangre oxidada, libros apilados con páginas amarillentas y cubiertas de polvo, El Necronomicón, El Paraíso Perdido, un par de ejemplares de La Biblia Satánica, Malleus Maleficarum, De Umbrarum Regni Novem Portis… Toda clase de títulos acerca del ocultismo, del infierno. La habitación tenía un olor fuerte e intenso, de alguna parte de la casa emanaba un olor tan empalagoso como nauseabundo. Avancé hasta el piso superior y encontré una puerta con un pentagrama dibujado en sangre aun húmeda. Desenfundé, giré el pomo despacio y entré con precaución. En la moqueta de la habitación yacía el cuerpo sin vida, empapado en su propia sangre, de un bebe junto a una máscara kabuki rota. Había visto toda clase de cosas en esta ciudad, la cara oculta, la manzana podrida, pero jamás había encontrado un escenario tan espeluznante. El reguero de sangre traía hasta aquí, no más casquillos, no más cadáveres, no más rastros. Estaba aquí, podía sentirlo.

La mañana anterior.

Estaba de patrulla y sonó la radio. Un incidente en las canchas de baloncesto a un par de manzanas de donde me encontraba. Cuando llegué, me topé con un par de casquillos y unas manchas de sangre en el suelo. Atravesé la cancha y seguí el rastro hasta detrás de las gradas. De pronto, sentí presión en la espalda, me habían clavado algo, no era como un cuchillo, era más parecido a un alfiler, una aguja. Caí. Todo se volvió rojo sobre un negro infinito. Intentaba huir, pero no avanzaba hacia ninguna parte. Entonces desperté en una habitación. Tenía que haber pedido refuerzos, eso hubiera sido lo inteligente. Poco a poco, mis ojos recuperaban la nitidez. Me encontraba en una habitación sin apenas luz, fría y con un olor a humedad considerable. Estaba atado a una silla, de mi espalda apareció un hombre cuyo rostro estaba oculto por una máscara kabuki y un gran cuchillo en su mano. Todo era demasiado surrealista para ser cierto. El hombre se puso frente a mí, me miró fijamente e inclinó la cabeza hacia un lado. Puso el cuchillo en mi cuello y sin apenas ejercer fuerza, deslizó la hoja. Sentía el metal penetrando ligeramente la piel, era como cortarse con un papel. Tiró el cuchillo al suelo, salió de la habitación y cerro con llave. No entendía nada. Tenía que salir de ahí enseguida. Hice fuerza con los brazos y rompí la vieja silla de madera. Podía escuchar gritos tras la puerta, gritos sin sentido y propios de un lunático. Cogí el cuchillo y me escondí tras la puerta, esperando que volviera para hacer lo que demonios hubiera planeado hacer conmigo. Abrió y se acercó. Fui por detrás y, apunto de clavarle el cuchillo en su maldito cuello, se giró rápidamente. Esto hizo que se lo clavara en el brazo. Empezó a sollozar y a reír de manera asfixiante. Huyó rápidamente, yo traté de perseguirlo, pero estaba demasiado débil, le perdí entre la sombras.

Salí a la calle. Estaba en un pueblo, en algún lugar que desconocía. Mi reloj marcaba las 5 de la tarde, pero era totalmente de noche. Me preguntaba cuanto tiempo había estado inconsciente. No tenía teléfono, ni radio, ni arma… tenía que buscar ayuda en alguna casa. Al fondo de la calle podía ver un letrero de neón que ponía “BAR”. Entré. Las puertas rechinaban como si no hubieran sido engrasadas en siglos. No había mucha gente. Me acerqué a la barra y el camarero se aproximó. Le dije que necesitaba un teléfono. Me señaló uno junto a los servicios. Marqué el número de la comisaria, no tenía que llamar a casa, por suerte, nadie me esperaba allí, solo un puñado de botellas de whisky. “El teléfono marcado no existe”. Volví a marcar, esta vez más atento, pero con el mismo resultado. Nada tenía sentido. Estaba a punto de volverme loco y explotar.
¿Era una pesadilla? Si era una pesadilla tenía que hacer que la situación se volviera absurda, de lo contrario mi subconsciente seguiría adelante, pero si estaba despierto y hacia alguna locura… Me senté en una mesa del bar, pensando que hacer.

Fijándome en la pegajosa madera de la mesa, pude ver escrito “Yo vi la máscara. Necesito ayuda. Esto es un círculo sin salida. Fenrisúlfr, 6,6” ¿Fenrisúlfr? De nuevo, pregunté al camarero si conocía de algo ese nombre, era una calle, de lo que deduje que el 6 era el edificio y el piso. No sabía a donde iba todo esto, pero sentía el impulso de averiguar más. Tras unas indicaciones del camarero, dejé atrás el olor a serrín de aquel bar. Calle Fenrisúlfr, número 6. Era un edificio bastante viejo por su fachada.

Subí hasta el sexto piso, entre yonquis semi-inconscientes y un fuerte olor a vomito. Llamé y pude apreciar el crujir de la madera al otro lado de la puerta. Abrió un hombre escuálido, bastante tembloroso y con una paranoia severa. No tenía muy claro la relación, pero aquella mención a una máscara me tenía intrigado. Le dije todo lo que me había ocurrido y le hice un dibujo aproximado de la máscara. Reaccionó.

-Es-es-esa es la cara… la vi… e-era yo… me miras fijamente… ¿A dónde voy…? no se puede huir… No-no se puede…No se puede…

Me llevó un rato, pero conseguí enterarme, más o menos, de que le había sucedido. Le ocurrió algo parecido, pero él no escapó, le dejo vivir. Qué raro. Al salir del edificio algo, desde arriba, casi me aplasta. Era él, se había suicidado. Empecé a correr y termine fatigado en un callejón. Busqué mi inhalador para el asma en el bolsillo de la chaqueta y, junto a él, había un recorte, era una casa. Juraría que había visto esa casa en alguna parte al venir aquí. Retrocedí sobre mis pasos. Era casi media noche, seguía perdido en un lugar desconocido, con la sensación de que en algún lugar, alguien me estaba observando. Estaba volviéndome un paranoico yo también. En efecto, esta era la casa.

Las nubes habían cerrado el cielo por completo, la gente se había resguardado en sus casas. Tenía el presentimiento de que todo el mundo sabía que ocurría menos yo. Entré en la casa. Sobre la mesa del salón podían verse papeles con incoherencias escritas en sangre oxidada, libros apilados con páginas amarillentas y cubiertas de polvo, El Necronomicón, El Paraíso Perdido, un par de ejemplares de La Biblia Satánica, Malleus Maleficarum, De Umbrarum Regni Novem Portis… Toda clase de títulos acerca del ocultismo, del infierno. La habitación tenía un olor fuerte e intenso, de alguna parte de la casa emanaba un olor tan empalagoso como nauseabundo. Avancé hasta el piso superior y encontré una puerta con un pentagrama dibujado en sangre aun húmeda. Desenfundé, giré el pomo despacio y entré con precaución. En la moqueta de la habitación yacía el cuerpo sin vida, empapado en su propia sangre, de un bebe junto a una máscara kabuki rota. Había visto toda clase de cosas en esta ciudad, la cara oculta, la manzana podrida, pero jamás había encontrado un escenario tan espeluznante. El reguero de sangre traía hasta aquí. No más casquillos, no más cadáveres, no más rastros. El viaje a la locura había llegado a la última estación. Ya no quería saber nada, no quería escuchar respuestas.

La puerta se cerró tras de mí. Miré y ahí estaba. El loco con la máscara kabuki. Se puso frente a mí con la cabeza inclinada. Yo le solté un puñetazo. La máscara se rompió. Miré al suelo y no estaba él bebe, tampoco la otra mascara, solo estaba la que había roto yo con mi puñetazo. Al mirar la sangre del suelo me vi reflejado. Era yo. Tenía una máscara, pero no podía quitármela. Al volver la vista atrás ya no había nadie.

6 meses después del crimen de la casa Asmodeus, en el número 6 de la calle Fenrisúlfr, el agente Elathan fue ingresado de por vida en el centro psiquiátrico “Tengu” con un diagnóstico de esquizofrenia paranoide, habiendo asesinado a 3 personas, entre ellas un bebe de 6 meses. Entre las victimas había un gran número de símbolos como pentagramas, zodiacos, cabezas de cabra, pirámides, cartas, mascaras… Nunca hubo signos de trastornos psicológicos hasta ese momento y Elathan sigue negando haber sido el culpable, al contrario, cree que el asesino sigue suelto.

Comentarios

  • Nae SirudNae Sirud Juan Boscán s.XVI
    editado mayo 2014
    Me ha gustado. Manejas muy bien el ritmo, con muchas frases cortas y expresiones muy directas pero que no se repiten ni superponen (salvo quizá el fragmento "La habitación tenía un olor fuerte e intenso, de alguna parte de la casa emanaba un olor tan empalagoso como nauseabundo").

    Lo he leído rápido, pero dos pequeños detalles ortográficos me han saltado a la vista:
    "apunto de clavarle el cuchillo" Creo que va separado: a punto de
    "todo el mundo sabía que ocurría menos yo" Creo que se acentúa el qué.

    Saludos:)
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