¡Bienvenido/a!

Pareces nuevo por aquí. Si quieres participar, ¡pulsa uno de estos botones!

El juego de los hilos

anderosuanderosu Gonzalo de Berceo s.XIII
editado mayo 2014 en Narrativa
I.
Los martes salimos de clase tarde, casi de noche. Prendo un cigarro y voy caminando por el pasillo, cuando un chico bastante atractivo se me para al frente y me dice



II.
Estábamos en la colinita del campus, sentados al pie de la estatua para no ensuciarnos los pantalones. El resto de la gente parecía preferir la grama; algunos nos miraban. En eso iba bajando una muchacha bonita con un cigarro en la boca, y yo grité:

-¡Psst! –seguido de una señal con la mano, animándola a que se acercase. Mario bajó la cabeza, apenado.

Esperé a que ella se detuviera ante mí, subí la mirada y le dije:

-Regálame un cigarro.

Seguramente pensó que la había llamado para otra cosa, porque la sonrisa que traía se disipó de inmediato. Por un momento creí que me daría la vieja excusa de “no me quedan más,” pero no; sacó la caja y me extendió un Marlboro, que guardé en el bolsillo de mi camisa.

-¿Y para él? –dije, señalando a Mario con el pulgar.

-No, ya –respondió ella. Parecía que se iba a dar la vuelta para largarse cuando añadió:

-Ustedes no creen en la leyenda, ¿no?

Ni idea.

-¿Cuál leyenda? –dije yo.

Ella señaló la estatua detrás de nosotros. Era la figura de una mujer sentada con la cabeza entre las rodillas y los brazos cruzados sobre sus canillas. Parecía un capullo deprimente.

-Dicen que el que la toca no se gradúa –dijo ella, y se fue colina abajo con expresión satisfecha.

-Pues nada, primer semestre y ya no nos vamos a graduar –le dije a Mario bromeando-. Acompáñame allá abajo, que necesito ir al baño.

Cuando llegamos a la puerta del edificio más cercano, Mario me dijo:

-Ve tú y nos encontramos en el comedor, tengo sed.

-Vale –respondí.

Entré al edificio solo, pues, y me dirigí al baño. En la puerta del cubículo habían escrito con marcador negro: “aquí me cogí a Carolina Pereira.” Terminé de orinar, me lavé las manos y me fui sin mirarme en el espejo.



III.

Yo no sé para qué me molesto. La gente no entiende, no puede entender. Me despido de Patricia, que me mira como cansada, como si todavía me hablase por compromiso, por los cuatro años a nuestras espaldas, y yo quiero decirle, gritarle: “A la mierda tus cuatro años. Las cosas han cambiado.” Bueno, dice ella, si decides aparecerte, vamos a estar allá desde las siete como hasta las tres de la mañana. Creo que te haría bien salir, en serio. Sí, digo yo. De camino al estacionamiento veo a un grupo de hombres que me señalan y comentan cosas entre sí. También parecen reír, pero no estoy segura. Me subo al carro y salgo de esa maldita universidad.

Voy por la autopista con las ventanas arriba, dejando que la cabina se llene de humo como si fuese una cámara de gas, cuando diviso un embotellamiento un poco más adelante. También hay carros de policía y ambulancias en la escena. Suspiro; se me va a hacer tarde, y aún tengo que ir a la farmacia por medicinas, compota, pañales…



IV.

-Ellos salen de clases de noche, y yo seguía en la universidad, así que decidí aprovechar. Voy caminando por este pasillo y ella viene de frente, espero a que esté cerca y le digo, mira, no te asustes, pero he estado enamorado de ti los últimos cinco años. Era bella, Mario, bella. Sé todo sobre ti, insisto. Obviamente nunca la había visto en mi vida. Ella me ve raro y me dice, ¿ah, sí? ¿Cómo me llamo? Clásico; todas preguntan lo mismo. Rebeca, digo yo, porque tenía cara de Rebeca. No, responde ella riéndose. Desde ahí fue fácil; seguimos hablando un rato, compramos un brownie aquí en el comedor, y al rato ya estábamos en aquél banquito besándonos. Pero esto es lo mejor: en plena sesión ella se separa de mí y me dice, ¿quieres ir a otra parte? Bueno, vamos, digo yo, intentando aparentar tranquilidad. Terminamos yendo a la facultad de derecho, que es donde estudiaba ella también (nunca nos habíamos conocido porque ella es de quinto año y yo de cuarto). Todos los salones estaban cerrados por la hora. Intentamos el baño de mujeres: nada. Finalmente vamos al de hombres, y voilá, estaba abierto. Antes de entrar ella me pone la mano en el pecho como deteniéndome, como si quisiera decirme algo. Separa los labios, pero no le salen las palabras. Yo pongo mi mano en su espalda y la empujo con suavidad, como guiándola: entramos a un cubículo cualquiera y ahí mismo lo hicimos. Eso sí, junto a la ropa se le fueron las inhibiciones; casi no pude seguirle el ritmo. Era como si estuviese desahogándose por algo. En fin, hicimos todo lo que se puede hacer en un metro cuadrado. Después nos dijimos adiós y nos fuimos en direcciones opuestas.



V.
Dejo mis compras sobre la mesa del comedor y entro volando al cuarto de mamá. Ven, mamá, mamita, digo yo. Le doy la vuelta, le quito el pañal y la ayudo a levantarse. La llevo hasta el baño, la desvisto y le doy una ducha.

En la cocina tengo que hacer dos comidas; mamá no puede masticar mucho. Pollo para mí, puré de papa para ella. Cuando está sentada en el sillón es mucho más apacible. Era el sillón de papá.

Acerco la cuchara a su boca, pero mamá la aparta con la mano, y vierte todo el contenido en el suelo. Intento darle otra; ella acepta. Muevo su cabeza hacia atrás para ayudarla a tragar. Horacio, Horacio, dice ella, apenas audiblemente. A veces mamá tiene momentos de lucidez, aunque cada vez ocurren con menos frecuencia. Papá no está, mamá, papá se fue, digo yo.



VI.
Cuando salí encontré a Mario hablando con un amigo al cual no conocía. Mario nos presentó, pero su amigo iba apurado porque tenía clases, de modo que nos dijo adiós y se fue casi corriendo. Era mi oportunidad.

-Mario –empecé-, quiero que consideres algo que me ha estado molestando la última semana. Imagínate que de algún modo, no importa cómo, se crease un universo paralelo a este, pero idéntico en todo sentido. En ese universo, pues, necesariamente hay otro tú y otro yo. Ahora viene lo cortical del asunto: Esos doppelgangers nuestros, ¿tomarían las mismas decisiones que nosotros? ¿Vivirían exactamente la misma vida, morirían de la misma manera, etcétera? Piénsalo.

-¿De dónde sacaste eso, Ernesto? –dijo él-. ¿Ahora que estudias filosofía me vas a preguntar cosas así siempre?

Su respuesta me irritó. Era un tema muy serio, y él pensaba que le tomaba el pelo.

-No, no. Es que… Si eso es así, si nuestros dobles viviesen una vida idéntica, ¿cómo podría seguir creyendo en el libre albedrío?

-¿Y qué te importa a ti eso, Ernesto? ¿Tú ves dobles por aquí, caminando? No. Despreocúpate. Es más, presta atención.

Mario pegó un brinco, agitó los brazos al aire y relinchó. No había entendido nada.

-¿Tú viste venir eso? –añadió-. Apuesto a que no, porque acabo de decidir hacer algo anormal, solo para probarte el punto.

-Sí –lo atajé-. Pero no hubieses relinchado si yo no te digo esto primero.



VII.
Patricia se comporta extraño. Me mira. Ella cree que no me doy cuenta. El profesor habla y yo no escucho, siento como algo en mi interior que me aprieta y me estruja los intestinos. Ya quiero graduarme. Todo sería más fácil si ejerciese mi profesión. Mamá, sobre todo mamá. Tendría el dinero para ponerla en un hogar. Es lo mejor para gente como ella, de un estado tan avanzado. Estoy en quinto año, no falta nada para graduarme, para conseguir mi título. Solo hay que resistir un poco más.

El profesor da conclusión a la clase. Salimos. Intento caminar rápido, sé que Patricia va a querer hablarme. Se huele a kilómetros cuando quiere algo. Parece que soy muy lenta, porque Patricia me alcanza. ¿Te sientes bien? Estás pálida, dice. ¿Esa es su excusa?, me pregunto. Me siento perfectamente, gracias, digo yo. Seguimos caminando hombro con hombro varios metros, en silencio. Patricia mueve sus labios, roza el superior contra el inferior. Eso significa que está pensando en lo que va a decir a continuación. ¿Es verdad lo que todos están diciendo sobre ti? ¿Es verdad que tú…? y se calla. No sé a qué te refie… Pero no puedo completar la oración, se me revuelve el estómago y salgo corriendo en dirección al baño. ¡Hey! ¿Estás bien?, grita Patricia a mis espaldas. Logro llegar a la poceta justo antes de vomitar.



VIII.
Después de mi última clase me encontré con Mario en el comedor.

-Hasta mañana, Ernesto –dijo.

-Igual.

Me fumé el cigarro de camino al estacionamiento, mientras intentaba sacudirme la idea que infructuosamente había compartido con Mario. No quería creer que una confabulación cósmica me había puesto en ese estacionamiento a esa hora; que mi vida, mis novias, mis risas y mis penas eran todas producto de una serie de hechos inexorables, de una cadena irrompible y necesaria. Pero no hallaba manera de refutar esa posibilidad: era real. Sin duda hubiera sido un buen momento para tener una epifanía, lanzar los brazos al cielo y agradecer al Señor por darme la vida, pero nunca fui un hombre de convicciones; no quería entablar amistad con Dios por miedo a decepcionarlo.

Llegué a mi moto para descubrir que alguien la había rayado por un costado. Cualquier otro día me hubiese enojado. Me subí como abatido; podía ver con claridad al otro Ernesto haciendo lo mismo. Era como vivir frente a un espejo que emitía un reflejo más oscuro, más desesperante. En vez de tomar la ruta usual, decidí ir a casa por la autopista; inmediatamente me sentí ridículo, y ambos nos reímos de mi tentativa de evasión.

No es tarea fácil escapar de uno mismo. Era necesaria una resolución más drástica. Aceleré. Ochenta, cien… No, no era suficiente, lo sentía pisándome los talones. Ciento veinte. Ciento treinta. Ciento cuarenta…

Comentarios

  • anderosuanderosu Gonzalo de Berceo s.XIII
    editado mayo 2014
    IX.
    El resto del día es una tortura. Falto a mi última clase porque no puedo soportar el dolor. Esto no es nada, pienso. Esto es que al fin me vino. Cada vez me percato de más y más gente que me ve con fijeza, que me señala. No tengo la fuerza para averiguar qué pasa. Me subo al carro y salgo.

    En la farmacia: medicinas, compota, pañales. Llega mi turno de pagar: titubeo. También deme una de esas, por favor, le digo a la cajera, señalándole el producto.

    Le quito el pañal a mamá, la desvisto, la ducho. Sillón, comida, cuchara; la espera me está matando. Al fin entro al baño con el aparato. Espero tres minutos y lo veo. En la parte blanca que indica el resultado hay dos líneas rojas. Positivo.
Accede o Regístrate para comentar.


Para entrar en contacto con nosotros escríbenos a informa (arroba) forodeliteratura.com