El fuerte viento de aquella mañana levantó la cortina de la ventana y un rayo de sol acarició mi rostro de repente, haciéndome despertar. Froté mis párpados al mismo tiempo que soltaba un bostezo y después de estirarme abrí por fin los ojos, sólo para darme cuenta que aquella habitación en la que me encontraba no era la mía. Asustada, busqué entre las sábanas mi celular, pero no lograba encontrarlo, así que abrí cada uno de los cajones de un pequeño mueble blanco que estaba al lado de la cama. Tampoco tuve éxito. La desesperación comenzaba a inundarme cuando me di cuenta que tampoco encontraba mi bolsa; sólo estaban mis ropas esparcidas en el suelo, a excepción de mi sostén, que colgaba de una lámpara que estaba sobre el mueble blanco que había registrado antes… lo que hizo que recordara lo que había ocurrido aquella noche.
Estaba en una cafetería leyendo cuando escuché una voz justo delante de mí. «Disculpa, ¿te importa si compartimos la mesa? No hay más sitios disponibles.» Levanté la mirada y me encontré con un chico que aparentaba veinte años, como yo. Era bastante alto, de complexión media y su cabello que le llegaba hasta los hombros, era ondulado y castaño; su nariz era lineal y sus labios pequeños, también poseía un par de grandes ojos cafés. Bajé la mirada para examinar el lugar y efectivamente todos los sitios estaban ocupados, así que asentí con la cabeza mientras dirigía mi atención nuevamente al libro, dándole a entender que no quería que me molestara, lo que él comprendió perfectamente, pues se sentó en silencio. Cuando, alrededor de diez minutos después, pausé mi lectura, dejando el libro sobre la mesa, para tomar un poco de café, me di cuenta que él estaba leyendo también, lo que me sorprendió y me dibujó una sonrisa en el rostro sin darme cuenta, contrario a él, que al notar que lo miraba, levantó la vista y dejando el libro sobre la mesa también, me regresó la sonrisa. Mis mejillas se sonrojaron y yo sólo atiné a tomar mi taza y voltear hacia otro lado mientras tomaba pequeños sorbos.
—¿Vienes mucho por aquí? —me preguntó sin dejar de sonreír.
Dejé la taza a un lado del libro y le contesté —No, pero venía caminando cerca y me pareció buena idea venir a leer.
Love me do de The Beatles frenó mis recuerdos. Era mi celular. Sonaba justo debajo de la cama, así que me incorporé en el suelo para meter mi brazo derecho y después de unos segundos logré sacarlo. Era un número desconocido y justo cuando iba a aceptar la llamada colgaron, así que quise regresarla, pero ya no tenía saldo. Maldije y me quedé sentada ahí en el suelo, con la cabeza sobre el colchón e intenté regresar a donde mi memoria había sido interrumpida, pero no lo logré, sino que esta vez me recordaba llegando a la habitación donde en ese momento me encontraba con aquél chico… Apenas volteaba después de haber cerrado la puerta y se encontraba ante mi cuerpo semidesnudo; se dirigía hacia mí y sujetándome de la cintura me besaba con la misma tranquilidad que golpean las olas de mar un día sin viento. Llevaba mis manos hacia su cabello y lo acariciaba despacio, podría decir que incluso con ternura, mientras sentía como su lengua comenzaba a introducirse en mi boca para toparse con la mía y su aliento cálido me embriagaba; sus manos se pasaban a mis nalgas que les otorgaban lentas caricias, hasta que dejaba de besarme y se separaba apenas unos centímetros para quitarse sus ropas, con excepción de sus bóxers y me dejó caer suavemente sobre la cama. Él se ponía en el borde y acariciaba mis piernas, mientras sus labios repartían suaves besos en mis muslos, y yo, envuelta de excitación, comenzaba a acariciar mis senos. Sus dedos largos tomaban mis bragas y las dejaban caer junto con mis otras prendas, sólo para introducirse al fin en mi húmedo sexo deseoso de algo más, pero satisfecho de recibirlos; y así como estos al tocar un piano reproducen una bella melodía, lograban que yo reprodujera suaves orgasmos melodiosos llenos de deseo… pero después de unos minutos escapaban para dar paso a su tibia lengua, la cual salía por momentos también para situarse en mi clítoris, lo que hacía que mis gemidos fueran más fuertes y lograba estremecerme también. Cuando creyó que fue suficiente se levantó y dejó que sus bóxers resbalaran por sus piernas, mostrándome su pene erecto y con las venas perfectamente marcadas, a donde yo me acercaba y sujetándolo con mi mano derecha, comenzaba a acariciarle la punta con mi lengua, despacio, sin prisa… saboreando cada parte de ella. Y él, lejos de decirme con palabras que le gustaba, colocaba una de sus manos en mi cabeza y la acariciaba, jugando con mis cabellos. Abría bien la boca y entonces me metía todo su pene, acariciando con mis dedos sus testículos y levantando la vista para demostrarle cuanto me gustaba. Después de varios minutos volvía a aventarme suavemente sobre la cama y se dejaba caer a mi lado, lamiendo mi cuello y mordiéndolo de vez en cuando; se acercaba a mi oído de repente para susurrarme cuanto le gustaba mi cuerpo y besaba cada lunar de mis hombros y senos. Hasta que sentí como sus manos se colocaban en mis piernas para separarlas y, lentamente, me penetraba. Era lento y suave todo el tiempo, sólo hasta el final, cuando entonces se tornó todo más rápido y violento, ambos estábamos agitados y sudando, nuestros gemidos y jadeos llenaban toda la habitación…y justo cuando me dijo que estaba por correrse, yo solté un gran gemido provocado por un orgasmo que me había resucitado después de una muerte tan placentera.
Estaba comenzando a sentirme excitada cuando recordé que tenía que preocuparme por otras cosas, como saber donde estaba y al darme media vuelta vi que mi bolsa se encontraba encima de una silla que estaba en la esquina de la habitación. Revisé que no me faltara nada y entonces levanté mis ropas del suelo y comencé a vestirme. Cuando se abrió de golpe la puerta. Era él.
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