Esto es un fragmento de un capítulo del libro que estoy escribiendo. Espero que os guste:
Estaba tan cansado que, cuando se apoyó en el amplio escrito de cerdo, se quedó dormido. Y entonces soñó con Sandra.
Diluviaba y aquella beldad rubia lo aguardaba la lluvia. Torrentes surgían del río, que ya estaba completamente desbordado, y de ellos las tres sombras. Sandra, que era luz, salía corriendo al ver las tres sombras, y él, Andros, que era el Héroe de aquella historia, se interpuso entre Sandra y las sombras.
Y les apuntó con su fusil: a través de la mira vio cómo avanzaban hacia ellos, danzando con una elegancia cruel. Cuando estuvieron lo suficiente cerca de ellos, pudo Andros discernir que aquellas sombras eran los pétalos de una rosa negra.
Una sombra se adelantó: era más alta y corpulenta que las demás, y dijo:
—No has conseguido nada. Eres un cobarde, y lo peor de todo es que te crees que eres alguien especial, y solo eres un ser acomplejado y reprimido. Viste lo que nunca ibas a poder obtener... y lo destruiste.
Las tierras de los río se ahogaban con el agua del mismo río que les había dado la vida, y la orilla de más allá se teñía de rojo, y los lamentos de los crímenes más horrendo llegaban hasta ellos. Las sombras bullían, simplemente bullían.
Una segunda sombra muy pequeña dijo:
—No te guardo rencor por lo que hiciste o por lo que provocaste que se hiciera, pero me duele ver esa cara tan fea, porque mira que eres feo. —Las carcajadas infantiles e inocentes llegaron hasta él, y pudo ver la vida de quién ya no sería nunca: vio triunfos, desengaños, amoríos, riquezas y pobrezas.
La última y tercera sombra también se adelantó, y pronunció las siguientes palabras:
—Hay quiénes no reconocen la realidad, y hay quiénes la reconocen, la acepta y aun así la niegan. Hubo proyectos e ilusiones de gente normal, mundana, que siempre desearon lograr ser felices, pero hay quiénes se chocan con la ambición de los tiempos. Nunca volveréis a ver un atardecer en estas tierras, ni a sentir el viento primavera, ni a beberos la belleza del verano, porque vosotros estáis muertos, muertos, por mucho que oigáis el cuerno. Venas y arterias.
Andros se mareó, y la realidad empezó a darle vueltas: todo fue blancura, una blancura cegadora que le hizo cerrar los ojos mientras los pétalos se desvanecían.
En aquella blancura infinita y eterna, una voz le susurró:
—La próxima vez que quieras follarme no te pegues un puñetazo en el estómago, ¿o te da miedo violar a tu propia amiga? ¿Quieres follarme? ¿Por qué no lo haces? ¿Tienes miedo a las mujeres y a lo que tienen entre las piernas?
No, no, no, no ,no,... ¡NOOOOOOOOOOO, POR FAVOOOOOR!
Sandra lo sacudía todo lo que podía. El cuello y la espalda de Andros se obcecaron en fustigarle, pagándole la mala postura durante el sueño.
—¡Despierta, Andros! —Sandra lo seguía sacudiendo, pero lloraba, y el llanto la hacía aun más hermosa y etérea, como una de aquellas vírgenes rubias de ojos azules ya olvidadas.
El amanecer gris y gélido se presentaba por la ventana. Las luciérnagas se habían marchado.
—¿Qué pasa? —La voz le salió ronca y pastosa. El dolor seguía campando de aquí para allá.
Sandra lloraba y lloraba: se había puesto un camisón de la madre de Andros que provocaba que los pezoncillos, erectos por el frío que acompaña al amanecer, se desmarcasen y provocasen la lujuria matutina de Andros.
—¡Es Jamena, que se está muriendo en Cirenia! —Y un pétalo negro se coló por la ventana con los aires matutinos.
Comentarios
No obstante, los textos de las sombras me han gustado. La que se ríe de manera infantil habla como un niño enfadado. Y ese momento de tienes miedo a lo que tengo entre las piernas me ha parecido fabuloso. Poco más que decir, me hubiese gustado entender más de esta historia pero me hay ciertos momentos que me han impresionado.