-Dios no existe –dijo el profesor de religión, acompañado por el grito ahogado de la clase entera.
Pausa, sonrisa pícara.
-Porque Dios es –concluyó inclinándose, casi haciendo una reverencia, y de no haber sido instruidos con suma circunspección, los alumnos habrían irrumpido en gritos y aplausos de júbilo.
Ludwig no estaba tan convencido sobre el mérito de aquel aforismo, pero no comentó nada a sus compañeros, pues no quería quedarse solo e impío en los recreos.
Sin embargo, Ludwig nunca olvidaría el episodio, y siendo ya más grandecito y libre, habría de escribir un libro muy famoso. En él criticaba las proposiciones filosóficas, denominándolas fríamente como sinsentidos sintácticos, y sonriendo a cada clak de la máquina, pensando en cómo el profesor debía estar en ese preciso instante revolcándose en su tumba, y muy pronto en las librerías, edición de lujo y letra dorada: Ludwig Wittgenstein.