Hace años
que intento escribir una novela.
Aprovecho
sobre todo los veranos:
cuando el rumor de la depuradora
de la piscina
acompaña mi silencio,
mientras mis hijas duermen
boca abajo
agarrando con fuerza algún muñeco
o pieza de un juego
para velar su sueño.
La novela no llega
a veinte páginas.
Nació con las ruedas de atrás
metidas en el barro
y mi cabeza no es capaz de sacarla de allí.
Me gustaría llamar a una grúa
literaria,
que viniera con sus aparejos
y su determinación.
“Veamos, ¿cuál es el problema?”
me preguntarían.
“Es la trama”,
diría yo
rascándome la barbilla.
Al minuto
comprobarían que no hay tal trama.
La novela
(digamos
las ruedas de delante)
empieza
con la muerte de mi abuelo
en 1993.
Recuerdo sus zapatos relucientes
y su traje oscuro
escondiendo su cuerpo,
golosina para las moscas
que cortejaban el féretro en medio
del verano.
Una buena muerte
ayuda
a que las teclas
cojan carrerilla,
pero
cuando hay que saltar
siento el chasquido de mis rodillas
que dicen: “no,
aun no”.
Cada verano
siento la obligación
de abrir el documento,
de sufrir,
de despertar a mis hijas
con el ruido de un motor enloquecido
que no es capaz de mover nada.
Este verano
me resisto.
¿Qué quiero demostrar?
No hace falta
escribir una novela,
posteridad
es un término anticuado
que suena a monolito,
a bicarbonato.
Mis hijas
siguen durmiendo.
Los restos de mi abuelo
serán
ya cenizas
y componentes químicos
listos
para integrarse en el ciclo de la vida.
Quizá no pasó nada
extraordinario
aquel verano,
1993.
Y ahora,
que mi novela descanse en paz.
Amén
y me bajo a la piscina.
Comentarios
... yo estoy convencida de que las historias a medio crear tienen vida propia....
(... que te refresques en la piscina)
:cool: