A veces
asomo la cabeza dentro de alguien.
Me quito el sombrero
antes,
no,
no por educación.
Temo las ráfagas de viento
y mi timidez
llamaría
a su propia policía
para arrestarme.
Ya dentro
intento
aparentar naturalidad,
no ser ese hombre en conserva
que mira desde su etiqueta:
“Hola, ¿qué tal?”
Estoy perdidamente dentro
y miro
el calendario de la pared
que pone 27/06/88.
¿Qué me quiere
decir
con ese día?
Camino por los jardines de dentro
de ese desconocido.
Hay aspersores girando y batiendo
los primeros grumos de luz cruda (a.m.)
Hay cucarachas-robot
cuchicheando a mi paso
y cheerleaders borrachas
que mandan
al cielo
telegramas pringosos
de amor barato.
Hay un centro comercial en miniatura
con personas
del tamaño
del holograma de la paloma de VISA
que llevan bolsas
invisibles
de la marca Nada & Nada.
A veces
ya no puedo más
y me marcho corriendo.
Tiro los dulces
de su welcome pack
y sus jodidos globos de helio
en forma de “vuelve pronto, querido xxx”
No resisto
tanta fiesta.
Vuelvo a casa
jadeando
y escribo cien veces en la ventana:
No volveré a asomarme a nadie.
No volveré a asomarme a nadie.
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