Continúo avanzando por la avenida Colón sin un rumbo fijo, atrapado por los recuerdos de una noche inolvidable, que, sin embargo, permanece borrosa en mi mente, como alterada por algún recuerdo exterior, o quizá por mi mera intención de no recordar detalles que prefiero pasar por alto.
Recuerdo haber estado en algún tipo de fiesta. Las luces parpadeantes, de todos los colores imaginables, me dan a entender que era una de bastante prestigio y me pasé bailando toda la noche. Seguramente, era una boda. Estaba toda mi familia y mis amigos. Recuerdo haber visto a la novia, hermosa, con un traje que dejaba entrever la mayor de todas las bellezas.
Recuerdo cómo la mirada del novio se posó en mí varias veces durante la celebración, como escudriñando mis acciones, hasta que finalmente se aventuró a venir hacia mí y hablar conmigo. No recuerdo exactamente de qué hablamos, pero sí que sé que la discusión se puso tensa. Me resulta extraño cómo es posible que unos sucesos que ocurrieron hace menos de 3 horas se sitúen tan confusos en mi mente.
Me miro las manos por primera vez y observo magulladuras, que llegan hasta los brazos. Empiezo a tomar consciencia de mi situación física y empiezo a sentir dolores prácticamente en todo el cuerpo. Me pregunto en qué tipo de accidente me vi involucrado, pero lo único que recuerdo es a mí disfrutando de la cena en compañía de mi familia. Intento que mi mente continúe descubriéndome los detalles de la noche pero no soy capaz de formar una imagen nítida. Consigo ver una habitación con dos personas a mi alrededor, pero mi cerebro no las identifica.
Me empiezo a desesperar mientras avanzo por la calle. Pienso en volver a mi hogar, pero hay una fuerza que me lo impide. Soy consciente de que, de volver a casa, me dormiré y ya seré incapaz de recordar nada, así que decido ir a un lugar tranquilo para intentar despejarme. Pienso en bajar al parque que sigue el río, así que empiezo a avanzar con más brío. En unos veinte minutos, llego al camino. Está desierto, así que me encomiendo al sonido embriagador de los grillos y la tranquilidad de la noche.
Llego a un bosquecillo y me siento en un banco. Busco en mis bolsillos alguna pista, pero sólo encuentro mi cartera. La saco, la abro y me fijo en la primera foto. Una chica hermosa me saluda con una sonrisa encantadora, con el mar de fondo y su pelo ondeando al viento. Solo ver su cara me anima, hasta que mi mente empieza a revelarme los secretos que oculta esa foto.
Me veo a mí mismo en un descampado a unos 10 metros del recinto donde se celebraba la boda, hablando por teléfono con un hombre que presumiblemente estaba ya dentro. En mi reloj eran las 9 de la noche. La conversación con aquel hombre era airada, ya que yo no hacía más que repetir una misma frase: “No lo entiendo. No entiendo por qué lo eligió a él. Me pienso tomar mi venganza.”
Mi interlocutor muestra su descontento conmigo y me dice que estará allí toda la noche y que me va a vigilar para que no cometa ninguna estupidez. Pero yo le contesto de malas maneras y decido colgarle. Empiezo a avanzar hacia la fiesta. Estoy convencido de que en aquel momento estaba bastante contento, como si tuviese algo en mente. Me miro las manos y pensamientos siniestros que no soy capaz de comprender me llegan a la mente, indescifrables en la distancia, pero que seguramente en aquel momento me estaban poniendo cada vez más inquieto. Mis manos estaban en perfecto estado.
Entro en la fiesta y me siento en mi correspondiente mesa, al lado de unos familiares que me miran con interés, y me empiezan a preguntar por qué he tardado tanto. Respondo escuetamente y continúo pensando en mi plan mientras la comida baila con mi paladar. No soy capaz de recordar qué comía exactamente, pero debía ser algo suculento, aunque mi mente estaba en otra parte.
Acaba la cena y salgo de nuevo fuera. El ambiente es poco animado, ya que la discoteca de dentro tiene ocupada a la mayor parte de los asistentes. Me siento en un banco y empiezo a pensar en por qué me he llegado a ver en esta situación. Me veo a mí mismo paseando con ella, viviendo en el mismo hogar, cuidando de nuestros hijos… Empiezo a soñar y la mente me lleva a los mejores momentos de mi vida, que estaban protagonizados por ella.
Pero el sueño termina, aquel hombre aparece y se la lleva de mi lado. Me vuelvo a ver en el banco, en la boda del amor de mi vida, lamentándome por algo que ya no tenía solución. “¿O quizá sí?”, me pregunto. Mi mente me lleva a pensamientos turbios, se vuelve cada vez más oscura y el odio se apodera de mi mente. Pierdo la noción de la realidad y, sin darme cuenta, un revólver aparece en mi mano. Seguramente era una premonición. Un objetivo claro y un medio para acabar con él, claro, sencillo, inapelable. Era perfecto.
Cargo el revólver y me quedo sentado. Mi mente ya no es capaz de llamar a la cordura y asumo mi responsabilidad. Aquel hombre me había quitado lo mejor que había tenido en mi vida y debía pagar por ello. Las demás ideas como la responsabilidad, la caridad y la culpabilidad se difuminaban en mi mente, como bloqueadas por la rabia. Empiezo a comprenderlo: De alguna manera, estaba destinado a ser un criminal. Un prototipo de criminal.
Como si estuviese todo planeado por el destino, el novio abandona la discoteca y sale del edificio, avanzando hacia la zona donde estaba yo. La gente lo para y le pregunta por cómo está. Se le ve radiante, en su mejor momento, disfrutando al máximo de su noche. Me rio por dentro de su felicidad, y disfruto con la imagen mental del final de esta historia. Lo veo allí delante, como un pez que ha picado ante mi anzuelo de amabilidad.
Se acerca finalmente a mí y se sienta a mi lado. Comenzamos a hablar sobre cómo él conoció a Lorena. Me da las gracias por haberlo ayudado siempre con sus problemas con ella, y también por haberlo apoyado desde la infancia y haber sido su mejor amigo. Al ver a alguien tan amable, mi mente se empieza a preguntar por qué tendría razones para matarlo, pero no atiendo a razones. Mi bloqueo se hace cada vez más fuerte conforme me habla de lo inmensamente feliz que es, me cuenta sus planes de formar una familia y me explica por qué eligió el lugar para la luna de miel.
Me decido a cumplir con mi obligación y le ofrezco dar una vuelta para que se despeje. Él acepta sin rechistar y bajamos por el camino del río, el mismo donde ahora estaba yo. Nos encontramos en el mismo bosquecillo y nos sentamos a hablar en el mismo lugar, alumbrados por la luz de una luna que se veía más grande que nunca, como iluminando nuestro camino hacia el final de esta historia.
La conversación se pone tensa, ya que ya no soy capaz de controlar mis nervios, y le echo la culpa de todo en lo que me he convertido. Le recrimino el haberme quitado a Lorena, el haber olvidado que siempre fui yo el primero que se interesó por ella. Él me responde irritado que ella nunca me quiso y que yo lo sabía, y que mi deber era rehacer mi vida. No lo soporto más. Saco el revólver y cumplo con mi deber con un único disparo. Él grita y me mira con una mezcla de sorpresa y reproche.
Su mirada antes de morir me devuelve a la realidad. Mi mundo se tambalea, me asusto de lo que he hecho. Tiro el revólver al suelo, o quizá resbala por mi mano tan temblorosa como llena de sudor. Me arrodillo ante su cuerpo inerte, y observo lo horripilante de mis actos. Ya no hay vuelta atrás. Me quedo unos momentos pensando en que, por mi egoísmo, había destrozado la vida a la persona que más quería. Me doy cuenta de que mi amigo tenía razón, de que yo no tenía derecho a recriminarle nada. Le pido perdón, pero sé que ya no me oye.
Me pregunto qué pensaría la gente de la fiesta del accidente. Me lamento del dolor que les iba a producir, aunque sabía que ya era demasiado tarde, que la culpa era mía y que lo había hecho con total libertad. No quería ser yo quien viese a Lorena destrozada, y tener que ver su expresión acusatoria y su profundo desprecio como última visión antes de ir a la cárcel. Los sentimientos se agolpan en mi alma y la culpabilidad me destroza.
Recojo el revólver del suelo, me lo pongo en la sien, y me dispongo a disparar, pero algo me golpea por detrás. Seguramente, mi ayudante nos había seguido, aunque no lo podía asegurar al cien por cien, ya que no pronunció ninguna palabra en mi presencia. Se limitó a evitar un accidente que yo seguía viendo necesario, estando ahora en el mismo lugar.
Me despierto en mi casa y salgo a la calle para despejarme, sin poder recordar cómo había llegado a esa situación. Como si fuese una historia pensada por una mente compleja y asquerosamente lógica, vuelvo al lugar de los hechos y me siento en el lugar que me corresponde. Veo el revólver en el mismo lugar donde yo lo había dejado, y, como si el pasado y el presente se fundiesen, termino con lo que he empezado.