Capítulo I
~Indiana~
Llegó a la caída de la tarde desde el norte, deslizándose sigilosamente entre los árboles como si aún se encontrara acechando a alguna presa. Sus pasos estaban cuidadosamente medidos: posaba primero el talón, siempre un pie detrás del otro en línea recta, y mantenía las rodillas convenientemente flexionadas para que amortiguaran cualquier sonido. A veces, cuando el terreno aparecía cubierto con una capa de hojas secas más gruesa, balanceaba el peso sobre la cara externa de sus pies, ralentizando su avance pero asegurando su discreción. Sobre su hombro derecho colgaban un par de conejos, las patas atadas por un cordel, que se mecían suavemente al ritmo de sus movimientos. En la mano contraria portaba un arco sencillo con una flecha aún montada, de manera que si surgía la necesidad de hacer uso de él sólo tendría que tensar la cuerda y disparar. Aquella mañana había dejado el rifle en el campamento: solía decir que los animales cazados con armas de fuego nunca perdían el sabor a pólvora. Al divisar el tenue resplandor de la hoguera, apretó el paso. Se encontraba lo bastante cerca del claro donde se reunían sus compañeros como para permitirse aquel desliz respecto a la cautela en su caminar. Con todo y con eso, su instinto de supervivencia natural provocó que su llegada pasara desapercibida para la mayoría de los hombres que se encontraban allí reunidos.
El círculo de luz que rodeaba la fogata se había convertido en un hervidero de mosquitos, de forma que el tipo que se encargaba de la comida se veía obligado a remover el contenido de la olla sin apenas levantar la tapa. Del interior del recipiente surgía un delicioso borboteo que, como descubrirían más tarde, no hacía justicia al sabor del guiso. El improvisado cocinero, un muchacho de apenas veinte años que había sido reclutado expresamente para las labores de menor importancia, se agitó inquieto al percatarse de la presencia que parecía haberse materializado súbitamente junto a él. Tras recolocarse el sombrero, un lamentable gesto para camuflar su nerviosismo, se hizo con los animales que habían sido dejados a sus pies. No pudo reprimir un escalofrío al observar el orificio que presentaba el cráneo de cada conejo. Habían sido dos disparos certeros, completamente limpios. Otro hombre se aproximó al fuego, rompiendo el tenso y turbador silencio que presidía el crepitar de la lumbre.
–Si hubiera sabido que esta noche cenaríamos carne fresca no me habría atiborrado de pan seco –bromeó el recién llegado.
Se trataba de un hombre maduro, de rostro curtido y pequeños ojos negros que jamás dejaban de titilar, recordando irremediablemente a los de una rata. Las sombras que vertían las llamas sobre él le otorgaban un aspecto hierático que no encajaba con su carácter afable. Sin esperar una respuesta se sentó junto al muchacho que cocinaba, sobre un delgado tronco de abedul, y extrajo un cuchillo de su bota. Le faltaban el dedo corazón y una falange del meñique de la mano izquierda.
–¿Por qué no te sientas, Olive? –invitó, sin levantar la vista del conejo que se disponía a despellejar–. Charlie aún no ha vuelto.
La aludida, en cambio, sí centró en él su mirada, con manifiesto desinterés. Al cabo de unos minutos relajó la postura, se colgó el arco a la espalda y dio media vuelta. Sin pronunciar palabra se dirigió hacia la zona donde descansaban los caballos mientras los demás hombres que formaban el grupo avanzaban en dirección contraria, atraídos por el olor del guiso.
Poco antes de que el sol fuera engullido por el horizonte extendió sus últimos rayos a ras de suelo, al fondo del bosque, tiñéndolo momentáneamente de rojo fuego. Apenas unos minutos después llegó la fría luz del crepúsculo, derramando un celeste mortecino sobre las temblorosas hojas de los árboles hasta más allá de donde alcanzaba la vista. Las sombras se alargaron infinitamente tocándose unas a otras y se fundieron en una opacidad uniforme, húmeda. El anochecer trajo consigo la inquietud, el recelo. Los mismo hombres que horas antes trabajan hombro con hombro escrutaban los rostros de sus compañeros más cercanos con desconfianza, preguntándose qué ocultarían bajo aquellos sombreros, en el interior de aquellas chaquetas. Se encendieron algunas linternas solitarias, y cada uno fue a reunirse allí donde aparecía un cerco de luz que despejara sus temores más irracionales, a la espera de su turno de recibir un plato caliente con que llenarse el estómago.
El claro quedó inundado por un murmullo acogedor, acompañado del entrechocar de las cucharas contra los cuencos de madera. El individuo al que le faltaba parte de los dedos charlaba animadamente con otras tres personas que se encontraban sentadas alrededor de la hoguera donde se había cocinado. A su derecha, el muchacho artífice del estofado mordisqueaba con fruición un pequeño trozo de carne que había rescatado de las profundidades de la olla, ajeno a la conversación que se desarrollaba a su lado.
–Tenía unos pechos que olían a rosas y a desierto, y cada noche la contemplaba secar la saliva con que los borrachos los salpicaban. Eran una perdición. Conocía algunas canciones que sonrojarían a las más pudorosas, era lo que más me divertía de ella. Por aquella hermosa bailarina de Kansas City perdí medio meñique, hace ya de esto doce años –explicó orgulloso el tipo de los ojos de rata, después de haber enumerado otras tres historias similares correspondientes a las respectivas falanges de su dedo corazón, o más bien a la ausencia de ellas. A partir de aquel momento a ninguno de los presentes le cupo la menor duda de que la cordura no era su punto fuerte.
–¿Qué dedo te cortarás cuando me vaya yo, Samuel? –preguntó la llamada Olive, que acababa de acercarse a ellos.
Durante la milésima de segundo que permaneció pendiendo del aire el silencio anterior a la respuesta, los hombres alzaron la vista hacia ella como si pretendieran leer en su rostro la verdadera intención de sus palabras, sutilmente camufladas por un tono dulce e inocente. Sin embargo, en el interior de sus almendrados ojos verdes sólo se atisbaba un brillo de ternura paternofilial.
–Tendré que cortarme las dos manos, querida. Y quizás incluso sea necesario perder un pie también –aseguró el aludido con comicidad, pero sonriendo sinceramente.
Samuel palmeó el tronco con suavidad, indicándole a la mujer de rasgos ligeramente indígenas que tomara asiento en el hueco que quedaba a su izquierda. Cuando ésta hubo aceptado su invitación, le tendió una ración de guiso y regresó a su conversación distraídamente.
Resultaba cuanto menos llamativa la presencia de una persona del sexo femenino en aquel lugar, en aquella situación, por lo que se hacía muy complicado no tratar de observarla disimuladamente. Tal vez el hecho de que utilizara ropas como las de los hombres, unos pantalones y una camisa de gamuza, aliviara la peculiaridad de la imagen, pero ni siquiera su sencilla vestimenta conseguía disimular por completo su hipnótica feminidad. Su piel, excesivamente bronceada en comparación con la de las mujeres pálidas de ciudad, así como sus maneras bruscas y algo primitivas, disuadían a cualquier incauto que tuviera la tentación de acercarse más de lo debido a ella. Por otra parte algunos se sentían intimidados por aquellas plumas de halcón que se adivinaban entre sus cabellos, confirmando que las historias que se contaban estaban al menos fundamentadas en algo real. El muchacho encargado de la comida se preguntó si también habría cazado los pájaros a los que pertenecían.
Unas espuelas tintinearon entre la espesura, desviando su atención de improviso y provocando que su corazón se desbocase. Su juventud e inexperiencia habían hecho que durante toda la jornada se sobresaltara constantemente, a veces ante situaciones tan ridículas que tras el susto inicial había querido asegurarse de que nadie se había percatado de su reacción. Una vez que el sol se había puesto y el bosque había quedado absorbido por una negrura impenetrable, su miedo no había hecho más que crecer. Una sombra se movió entonces sobre las otras que configuraban el fondo del claro donde se encontraban, y su instinto hizo el resto. Sus dedos se crisparon sobre el gatillo del revólver. La sangre le martilleaba en los oídos. De nuevo aquella furtiva silueta deslizándose por la linde del bosque, pero esta vez otro oscuro perfil se había sumado a ella. Notaba la boca seca, cada músculo de su cuerpo en tensión. Miró de reojo a sus compañeros, uno a uno, y descubrió que permanecían ajenos a lo que había incitado su alarma. Volvió a sentirse estúpido por haberse precipitado, por haberse dejado llevar ante lo que probablemente no fuera más que una ilusión. Intentó serenarse, recuperar la compostura, pero una breve risa hizo que no pudiera desterrar el nerviosismo que se agitaba en lo más hondo de su pecho. Sus ojos se toparon con los de la mujer, que parecía encontrar muy gracioso su comportamiento.
–¿De dónde demonios sacas a estos muchachos, Samuel? –sonrió maliciosamente Olive–. La mitad de ellos parecen tan asustados como si jamás hubieran dormido a la intemperie.
–No sea dura con él, pequeña –respondió el hombre, comprendiendo de inmediato a qué se debía aquel comentario–. Es la primera vez que Pat trabaja con la banda, es normal que tema ser sorprendido.
–Me pareció ver a alguien –masculló el joven a modo de disculpa, sonrojándose.
–Nunca mires demasiado rato a la oscuridad o te volverás completamente loco, ranchero.
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