Disturbios en la planta de arriba, un mono salta, coge un cacahuete y se lo come al instante. Salta y salta y se va. Dos señoras bajan de la primera planta y suspiran, despiden a sus hombres y se preparan para más del viejo mete saca: se van a sus cuartos y sacan un poco de papel de plata con una pastilla de hidroximorfona envuelta en él, buscan por entre los trastos algo con que esnifar y encuentran un vaso de roncola con una pajita, cogen la pajita y tiran el vaso. Este se rompe. Los restos del vaso son aprovechados, ellas recogen los dos trozos más grandes para cortar la hidroximorfona, y huelen su polvo por turnos. Cuando acaban una de ellas estornuda, la otra se cae de espaldas y llora. La chica que estornuda piensa que tiene la boca seca, bebe un trago de agua y ofrece la botella a su compañera, esta bebe y lo acompaña con un poquito de metilmorfina.
A la salida, en la calle, más calmado que de costumbre, se mueve de un lado para otro sin saber adonde ir, así que se detiene para tomarse un par de pastillas de hidrocodona. Sin fliparse, se baja de su podio y sigue caminando sin rumbo fijo; finalmente se mete en el coche y se come un par de alitas de pollo con salsa barbacoa. Delicioso.
Arranca el motor. Dos negros montados en un cadilac lo persiguen; los negros están acompañados de unas prostitutas que practican el dar sin recibir y se lucen sin pudor. La priva se tambalea de un lado para otro por el coche y de vez en cuando una de las prostitutas bebe desenfrenadamente y ríe y quiere que su negro se vaya al asiento trasero, pero este no es el momento.
Serpientes gigantescas vigilan unos cubos de basura llenos hasta los topes de dinero. Una serpiente se emociona, y alza la cabeza, mirando en derredor. (De fondo Cuerpo y alma) Un hombre con sombrero de copa atraviesa la carretera sin mirar a izquierda ni derecha, cuando llega a la otra acera un hombre le detiene:
–¿Es usted policía?
El señor se saca la cartera y le muestra una orden de búsqueda con su retrato.
-¿Es usted este?
Ambos se miran, pero no pasa nada; el primero se va y el otro prosigue su caminata. A la vuelta de la esquina suenan las sirenas de un par de motos de policía que persiguen a Sombrero de copa. Se agacha y coloca sus manos tras su cabeza, vacía sus intestinos y antes de que le priven de su libertad tose. Pero con fuerza. De tanto toser, los otros le dan unos minutos para que se tranquilice y respire. Sombrero se tira al suelo y anuncia que debe tomarse su medicina, y vacia unas rancias gotas de lisérgico. Bebe con avidez y ríe, ¡ja ja ja! A la pasma no le hace ni puta gracia, y el uniformado que estaba más cerca le pega con la porra en la cara repetidas veces hasta que pierde el conocimiento.