Amanda luchaba por controlarse; habría querido clavarle las uñas y borrar su sonrisa de sarcasmo. No le gustaba sentirse forzada a una conversación que no deseaba. Pero debía obedecer aunque solo fuera para librarse de su presencia. Ya hablaría con César sobre el atropello del que había sido víctima, y no descansaría hasta lograr que Raymundo León le ofreciera una disculpa.
—Iré a cambiarme —dijo en un tono que revelaba la batalla librada por tener que someterse a su voluntad.
Cuando salió del orfanato había jurado que nunca más aceptaría una prepotencia, y de alguna manera estaba recordando una etapa de su vida que prefería olvidar.
Entró a su habitación y tomó el teléfono para hablar con su amigo. César se encontraba en viaje de negocios, y desde que se fue no tenía noticias de él. No era normal que tuviera el celular apagado, y empezaba a sospechar que la presencia de Raymundo tenía que ver con el mutismo de César.
—Es inútil que lo llames —dijo Raymundo, apareciendo de pronto en la habitación.
—¿Qué haces aquí? —preguntó Amanda cerrando su bata con exageración.
—Ya pasaron los cinco minutos —afirmó, acercándose al clóset para abrir la puerta—, creo que tendré que hacer el papel de nana.
Amanda no daba crédito a lo que veía; después de buscar entre su ropa, Raymundo sacó una blusa rosa y un pantalón crema que aventó sobre la cama.
Quería detenerlo, pero estaba paralizada por algo más que una sensación de miedo que cubrió su corazón de pura adrenalina. Ahora Raymundo se acercaba a ella con un brillo amenazante en su mirada. Instintivamente empezó a retroceder, el borde de la cama impidió que escapara de su cercanía, cayendo sobre el lecho. La bata dejó al descubierto sus piernas torneadas, convirtiéndose en la viva imagen de su sensualidad. De repente no pudo apartar los ojos de Raymundo.
Estaba como hechizada, atrapada por un deseo que se avivaba al calor de su mirada. Quería ser acariciada por ese hombre, sentir el roce de sus dedos; la sensación de su boca sobre la suya invitándola a saborear el calor que guardaba dentro. Necesitaba experimentar el placer de sentirse entre sus brazos humedeciéndose con su sudor, entibiándose con su aliento, disfrutando de la fiesta que inventaría para ella. Era un disparate anhelar una intimidad con ese sujeto, pero nada podía hacer ante la fuerza de sus emociones.
Raymundo se recostó junto a ella mientras sus manos deshacían el nudo de la bata. Amanda respiraba con dificultad, no tenía voluntad; simplemente se dejaba llevar por el deseo que se había afianzado en su interior. Raymundo abrió la bata dejando al descubierto su cuerpo desnudo, envolviendo a Amanda en un intenso calor a medida que sus dedos recorrían su vientre.
—¡Detente! —suplicó ella sin mucho convencimiento.
—No es lo que me dice tu cuerpo —respondió Raymundo con la voz enronquecida de pasión.
Lo que había empezado como una lección de poder se fue convirtiendo en una dulce tortura a la que Raymundo no quería renunciar. Solo deseaba fundirse en el cuerpo de Amanda hasta apoderarse de su alma. Sin dejar un espacio en sus pensamientos que no fueran para él.
Ella se había convertido en una obsesión desde la primera vez que la vio. Hermosa, como una Venus consciente de su atractivo, luciendo su cabello platinado que realzaba la elegancia de sus facciones. Sonreía con coquetería al único amigo que tuvo; desde la mesa de aquel restaurante pudo observarlos sin que ellos se dieran cuenta, envidiando a César por la forma en que ella lo miraba.
Tantas veces la imaginó así, desnuda frente a él; ansiosa de ser amada sin límites ni tiempo que cercenara el deseo que había entre los dos.
De repente bajó la cabeza y sintió una embriagante turgencia bajo sus labios. Sin poder controlarse se perdió en el valle de sus senos, libando con delicadeza cada una de sus cumbres que enarbolaba sus primitivos deseos, que lo guiaron hacia un pequeño triángulo que protegía su intimidad.
Amanda separó las piernas en un acto involuntario, enajenada por el placer que la dominaba y sin fuerzas para librarse de esa prisión. No podía pensar; estaba flotando en el mar de los sentidos, donde era nada frente a esa embestida que avivaron sus ganas de ser poseída más allá de la razón.
—¡Vístete! —ordenó Raymundo, apartándose de ella.
Amanda tenía los ojos cerrados, pero sintió que él la atravesaba con la mirada dejándole sentir su desprecio. Con movimientos torpes anudó la bata avergonzada por su flaqueza. Nunca se atrevería a confesarlo, pero Raymundo había logrado que todo su mundo se redujera a ese momento, borrando de su mente cualquier pensamiento que la alejara de ese instante de gloria y sumisión total.
—No puedo hacerte mi mujer donde te revolcabas con César —aseveró Raymundo, reflejando en sus palabras la rabia que lo dominaba.
PILAR CUETO
Esto es un fragmento de mi novela Contrato Prenupcial. Siempre me podrás encontrar en mi blog
http://cuentosdeamordepilar.blogspot.com/
donde publico post que te pueden interesar.