LAS NOCHES DE NOHIVERN
Capítulo 0: Introducción
Bajaron la ladera como un alud, rompiendo todos nuestros sueños. Llevábamos varios días caminando sufriendo a cada paso, como si avanzáramos por un terreno plagado de cepos hambrientos que podían dispararse en cualquier momento mordiendo nuestras piernas. Y yo me sentía parcialmente responsable de ese sentimiento que compartíamos.
- ¡La tierra está podrida! ¿Cuántas veces lo tengo que repetir?
Y era cierto. Hardie, jefe de los agricultores, deshizo un pedazo de tierra en su mano dejando caer finos hilillos de arena al suelo. Eran de color pálido, carecían del rojizo llamativo de la arcilla. Por ello se decía que a la tierra se le había ido la sangre. Y sin sangre, nada puede vivir.
El gentío alrededor quedó mudo, si bien todos compartían un grito aterrador en sus entrañas. Era la primera vez que tantos aldeanos nos reuníamos en la plaza central, porque también era la primera vez que un problema nos azotaba a todos, sin excepción: el hambre.
- Algo se podrá hacer, Hardie.
El mandamás de la aldea intentaba calmarnos, pero a pesar de que era un buen hombre todos teníamos claro que nadie sabía más de agricultura que Hardie.
- Nada. Cuando la tierra se pudre y pide un descanso no escupe vegetal alguno. Habrá que esperar a que el suelo quiera volver a trabajar. Unos meses, quién sabe si años.
Esta vez la población emitió un murmullo generalizado de preocupación.
- Pues pediremos ayuda al rey, que nos preste parte de los cereales de su reino, nuestro reino.
- Nadie entra- un hombre de gran tamaño se hacía hueco entre la multitud -, y nadie sale de aquí.
Haovern se adelantó y se puso en el centro de la reunión, captando la atención de todos, si no lo había hecho ya con esas palabras. Un hombre cuyo imponente torso descubierto mostraba cicatrices de heridas a las que muy pocos habrían sobrevivido.
- ¿Nuestro reino? Estamos abandonados. Somos una mísera aldea lejos de todo lo que preocupa a reyes y conquistadores. Nadie quiere este trozo de mierda porque nadie va a atravesar los bosques plagados de elfos para llegar a estas tierras improductivas que, mucho me extrañaba que no se agotaran antes. Nadie comercia aquí porque nadie quiere morir con una flecha élfica en su cabeza, así que subsistimos sin ayuda. Sabíamos que más que una aldea, era una prisión. Si no hay comida, nadie la va a traer. Y nadie con dos dedos de frente saldría de aquí a por ella.
Todos los pobladores callaron, creando un silencio sepulcral.
- Pues habrá que salir, los tengamos o no.
Haovern se giró hacia mí, avanzó dos pasos, recordándome su gran altura al ponerse a escasa distancia de mis ojos.
- ¿Conoces de alguien que haya salido y los elfos no hayan dejado su cadáver a la entrada del pueblo escasos días después? No se toman muy bien que invadamos sus bosques. Por algún motivo, no vienen aquí a asesinarnos y nos dejan esta porción de tierra, de la cual no podemos salir.
- Puede que ese motivo sea la clave. De alguna manera, nos permiten vivir. Si pudiéramos hacerles saber que no invadimos su territorio, si no que sólo pretendemos salir de aquí, puede que nos dejen pasar.
- ¡No! Puede que tu juventud te haga creer en esas ilusiones. Mírate, aún no tienes barba. Yo a tu edad era igual. Pero esos elfos no negocian. Su bosque es sagrado, mirar uno de sus árboles ya lo consideran un insulto. Nos permiten vivir fuera de él, por eso nos dejan vivir aquí, y si hubiéramos sido listos habríamos abandonado la aldea antes de que el bosque al crecer tanto acabara rodeándonos sin salida.
- Pues la alternativa es quedarnos aquí hasta que nuestros cuerpos no aguanten más y se desvanezcan por la hambruna. Yo no sé tú, pero prefiero una muerte repentina por una certera flecha que la continua agonía de no tener algo que echar a la boca. Y lo mejor, sigo teniendo fe en el diálogo con esos elfos que, por muy poca esperanza que haya, ya es más que quedarnos aquí ante una muerte segura.
Yo tenía un poco de esperanza, justo lo que el pueblo necesitaba para movilizarse. Les contagié de mi sentimiento y decidieron optar por intentar cruzar los bosques para buscar algo de lo que alimentarse.
Avanzábamos lentamente y la multitud generaba bastante ruido, lo cual estratégicamente no nos ponía en buen lugar si queríamos pasar desapercibidos. Temíamos por una emboscada, por la aparición repentina de aquellos seres del bosque.
Y los elfos aparecieron, los vimos bajar por la ladera de la poblada montaña hacia nuestra posición. Lo que no vimos tan bien fueron las primeras flechas que caían sobre nosotros. Muchos cayeron al suelo, gritando de dolor. Azar, el simple azar hizo que fueran otros y no yo los que cayeran en la primera tirada.
De repente varios enemigos aparecían por detrás de los árboles, con el sigilo que sólo los habitantes de los bosques pueden desarrollar. Me pareció que algunos hasta aparecían de debajo del suelo, pero todo sucedía tan rápido que era incapaz de centrar mi visión en un único punto del entorno. En mis fugaces cambios de dirección veía de todo. Gente con la que había convivido con las vísceras fuera, algunos sin cabeza. Hasta niños. Y un bebé siendo devorado por una de las bestias del bosque que aquellos asesinos sabían convocar. En ese momento, no pude más.
- ¡Quietos! ¡Quietos! ¡Quietos!
Mi voz hizo que el bosque retumbara acosado por una onda expansiva que había salido de mi cuerpo. Muchas hojas aún caían al suelo desplazadas por semejante fuerza cuando todo se ralentizaba a mi alrededor hasta que tanto aldeanos como elfos dejaron de luchar. El más alto de ellos y con más tatuajes en su cuerpo se puso frente a mí.
- ¿Conoces nuestra lengua?
- No – le dije estúpidamente, pues le había entendido perfectamente -. Nunca la he hablado, ni he leído sobre ella.
Pero aunque yo no me diera cuenta, el murmullo y la sorpresa de mis compatriotas me hizo deducir que estaba hablando en élfico.
- Entonces debes morir.
Fueron las últimas palabras antes de que un filo metálico atravesara mi estómago. El elfo retorció su espada, haciéndome escupir sangre y restos de mi vida por igual. Me agarró de mi corto pelo marrón y tiró de él para mover mi cabeza y que le mirara a los ojos.
Unos ojos que brillaban con una intensidad que no había visto en ninguna parte. De repente empezó a nublarse mi vista, empecé a verlo todo oscuro salvo esos dos ojos brillantes que fueron la última imagen que pude procesar antes de caer al suelo.
Y entonces, sentí que se me había escapado la vida. Lo que nunca llegaría a saber hasta años después, es si en ese momento morí yo, o murió él.
Los aullidos me despertaron. Soñaba a menudo con aquel pasado fragmento de mi vida, el que me había convertido en lo que ahora mismo era. Un suceso del cual esperaba aún descubrir muchas cosas. Pero no era el momento, aquellos gritos lastimeros en plena noche me recordaban que tenía tareas pendientes. Parecían lobos regalándole el último de sus esfuerzos vocales a la luna llena. Pero los aullidos no venían de ningún animal. Eran emitidos por humanos. Una extraña enfermedad llamada “La muerte aullante” estaba asolando la ciudad, y yo había sido llamado para ayudar a encontrar una solución. Por eso estaba allí, en Nohivern.
La Joya del Norte.
· Antes de nada, un millón de agradecimientos a cualquiera que se pase por aquí, lea o comente. De verdad.
· Soy un apasionado de la literatura fantástica, y en consecuencia del rol. Tanto que soy incapaz de jugar sin escribir relatos de la partida, y en este caso lo hago sobre 'Neverwinter Nights'. Es algo que siempre hago, pero esta vez me decido a colgarlo aquí por si a alguien le entretiene.
· Y nada, esta es mi primera incursión aquí, con la que presento mi forma de escribir y me presento ante vosotros. Espero que os guste y, de nuevo, gracias.
Comentarios
Pero la historia está bien escrita, con buen ritmo y un buen final aunque un poco confuso. Pero de eso se trata, no?
Saludos,
Chelo
Gracias por el comentario que anima y alegra un montón, muchísimas gracias por molestarte. Y por los consejos, que pienso ir poniendo en práctica para ir mejorando el formato.
Y sí, el final es un poco confuso, simplemente estaba soñando/recordando una parte de su pasado a la que se irá haciendo alusión a lo largo de la historia.
¡Un saludo!
¡Hola! Sí, a mí me gusta dar giros a la historia, espero que guste. Y sobre todo, ¡muchísimas gracias por haberte molestado en comentar!
LAS NOCHES DE NOHIVERN
Capítulo 1: La academia
Lo que no me gustaba tanto del ambiente cortesano eran aquellas estúpidas prendas, cada cual más pintoresca, no me hubiera importado que prendieran fuego al armario que había en mi habitación junto a todo lo que tenía dentro. Opté por la más oscura de las prendas, una camisa de tela negra con demasiados adornos de tela marrón cosidos y más pliegues en las mangas de los que a mí me parecían necesarios. El pantalón a juego, demasiado ceñido para la comodidad de mi zona inguinal, pero al menos con suficientes bolsillos como para llevar un arsenal de pociones. Me vestí con la rapidez que deja escapar la pereza tras una noche de mal dormir.
- Señor, Lady Aribeth ha comenzado su discurso, desde hace ya unos cuantos minutos. Disculpe si le estoy molestando pero…
Abrí la puerta interrumpiendo las palabras de aquel mensajero que me esperaba al otro lado de la habitación, un joven de buen porte y caballeresca media melena rubia.
- Gracias por el aviso. Ya voy.
- De nada, ¡Señor!
Noté demasiado entusiasmo en sus palabras, así que algo me decía que no iba a haber silencio durante el trayecto hacia la sala magna de la academia.
- Señor, ha sido usted reclamado personalmente por Lord Nasher, sin duda un honor.
- Me llamo Tekai – le dije ofreciéndole una sonrisa mientras me aseguraba de haber cogido varios pergaminos de hechizos y ajustaba mi daga en el cinto -. Y si a un honor lo llamas haber sido traído a una ciudad con una plaga que se extiende sin solución pudiendo contagiarme en cualquier momento, entonces lo es.
El mensajero hizo un gesto de desaprobación.
- Mi nombre es Pavel y disculpe mi atrevimiento, Señor Tekai, pero mi hermano y yo tuvimos que superar numerosas pruebas para ser admitidos. Usted, en cambio, ha sido reclamado. Has de ser alguien enorme.
La academia se había creado para luchar contra la plaga. Un cuartel para reclutar cualquier ser capaz de hacer algo en contra del mal que se extendía cada vez más sin forma alguna de frenar su avance. Se había solicitado la ayuda de cualquiera que pudiera aportar algo significativo y a la vez se reclutaba fuerzas prometedoras a las que se sometía a duras pruebas de acceso con la esperanza de encontrar un nuevo salvador aún no descubierto.
Seguimos avanzando por los pasillos de la academia de Nohivern, un templo enorme hecho de piedra maciza sellada por paredes de cristal, para otorgar un aspecto parecido al hielo que rodeaba la ciudad. Me pregunté cómo una ciudad aislada en el norte, una zona tan improductiva, podía disponer de una economía suficiente como para mantener edificaciones de tan importancia.
- Sin duda, Nohivern se enfrenta a uno de sus mayores retos en los últimos tiempos – Lady Aribeth ya había comenzado su discurso en el aula magna cuando llegamos, así que buscamos un hueco entre la multitud de reclutas para poder escuchar el resto -. Una enfermedad de la cual no sabemos mucho todavía, se extiende por toda la ciudad. Amenaza con destruirla. Pero la Joya del Norte no caerá fácilmente.
Aribeth hizo un descanso para tomar aire, aunque muchos pensábamos que tras su imponente pecho cabía aire para hablar sin parar durante horas. Físicamente, nadie esperaba menos de la persona al cargo de dirigir la lucha contra “la muerte aullante”. Un físico prodigioso digno de la mejor de las paladines y una extrema y cautivadora belleza que reflejaban algo de diosa en su cuerpo humano.
- Somos la última frontera contra bárbaros, dragones y el resto de bestias que habitan las tierras más al norte de aquí. Si nosotros caemos, el reino entero se tambaleará. Lamento tener que cerrar las puertas de la ciudad y teneros aquí encerrados, pero la plaga no puede salir de aquí. Os deseo una grata estancia en la academia, y que el trabajo duro dé sus frutos rápidamente. Mi corazón es vuestro, y vuestras manos mis armas. De vosotros depende el futuro de Nohivern, y de todo el reino.
Miles de aplausos dieron por finalizado el discurso de Lady Aribeth. Alentadoras palabras que aludían a nuestra responsabilidad en la academia. Pero iba a hacer falta algo más que palabras para derrotar a “la muerte aullante”. A pesar del ruido de la multitud exaltada por la presencia de Lady Aribeth, pude escuchar hablar a un reducido grupo en una de las esquinas de la sala gracias a mi agudizado oído. Una habilidad que le debía a mi trágico pasado con los elfos.
- Vaya mujer esa Aribeth, está para cogerla y...
- ¡No te despistes! - el más alto de todos iba cubierto con una oscura túnica -. Como la subestimes sólo un poco rebanará tu cuello antes de que consigamos acabar con ella.
El resto sólo eran alardes y palabras dignas de cualquier borracho a altas horas en la taberna. Muchos oídos agradecerían que aquellas lenguas hubiesen sido cortadas. Acaricié mi daga para comprobar su filo. Mis vacaciones en Nohivern habían terminado en aquel momento.
Capítulo 2: Conspiración
Me disponía a acercarme a los conspiradores de la sala magna cuando una mano se apoyó en mi hombro. Me giré con la daga a medio desenvainar para ver que era uno de los guardias el que llamaba mi atención.
- Lady Aribeth quiere hablar contigo, en privado.
Afirmé con la cabeza, dejé descansar mi arma en su funda y me dejé guiar hasta una pequeña sala dos pasillos a la izquierda de la gran estancia donde se había realizado la conferencia. El lugar a donde había sido dirigido no era muy grande, ni se observaba lujo alguno ni señal de grandeza. Imaginé que tanta sencillez era necesaria para crear un clima de confianza y que los visitantes no estuvieran influenciados ante la opulencia de los altos mandos de Nohivern.
Pero aunque me hubieran llevado al más tranquilo de los floridos prados del mundo, era imposible controlar los latidos del corazón al ver a la mujer que me esperaba al fondo del habitáculo.
- Te esperaba. Tekai Ispalis, ¿verdad?
En persona no era tan alta como desde su pedestal, pero su portentosa armadura plateada ya hacía el trabajo de suplir su corta estatura en cuanto a intimidación se refería. Su larga melena castaña clara adornaba un rostro que parecía haber sido diseñado con el más fino de los pinceles y sobre todo, cubría una mente digna de elogiar.
- Sí, Señora – no pude contestar con más palabras, uno se queda sin habla ante alguien así.
- Bienvenido a Nohivern. En mi nombre y el de toda la ciudad agradezco que hayas respondido a la llamada.
- Acepto de muy buen grado los agradecimientos, pero he venido a ayudar a unas personas enfermas, no a responder a la llamada de la ciudad – dije mientras ella me ofrecía un vaso con algún tipo de infusión.
- Igualmente te lo agradezco – sonrió transmitiendo un halo de alegría innata -. Estás entre mis favoritos, así que ruego que me permitas otorgarte una bendición para que mi dios te proteja.
- Disculpe – añadí mientras con la mano hacía un gesto para declinar su ofrecimiento -, respeto sus creencias, pero no quiero la bendición de un dios que si de verdad existiera no permitiría que una plaga tan asoladora siguiera extendiéndose.
Su sonrisa se desvaneció de repente. Sentí que le había faltado al respeto, sin ser esa mi intención. Bebí para tragar aquel tenso silencio. La bebida que me había ofrecido no sabía a nada.
- A veces hay que creer hasta en lo que no entendemos, recuérdalo bien Ispalis.
Hizo el gesto de la bendición con sus dedos no sobre mí, si no sobre mi bebida. Procedí a dar otro trago y esta vez ya no me sabía a agua, si no a zumo afrutado con un toque de bebida fermentada que no sabría describir.
- ¿Has oído eso? – su mano fue directa a la empuñadura de su mandoble y su cuerpo se había tensado.
Negué con la cabeza, y como semielfo me preocupó no haber detectado nada. Aribeth también era una semielfa, pero mi caso era excepcional, lo que me permitía unos sentidos todavía más afilados que los típicos de la raza. Pero Lady Aribeth no estaba al cargo por nada, imaginé qué duros entrenamientos había tenido que sufrir para llegar a ese nivel.
La mujer se movió rápidamente. Desenvainó su mandoble, que debía pesar lo suyo y lo hizo bailar en el aire con gran agilidad. Sin que pareciera haber golpeado nada, el metal se manchó de sangre y un chorro de líquido rojo inundó la estancia. Segundos después, un cuerpo perdía translucidez para mostrarse ante nosotros.
Agudicé mis sentidos para observar que había un segundo hombre oculto en la sala que se dirigía a Aribeth por sus espaldas. No sé si habría conseguido hacer un giro completo y levantar su pesada arma a tiempo pero no estaba dispuesto a descubrir que no. Hice un rápido gesto con los dedos y un proyectil mágico impactó en el enemigo antes de que alcanzara a la Señora de Nohivern.
Aribeth me observó e hizo una reverencia como agradecimiento. Me acerqué al segundo cadáver que seguía perdiendo su transparencia en busca de alguna identificación. El hombre sólo iba ataviado con una túnica negra. Estaba desnudo y no había tatuaje alguno. Iba a ser difícil saber la procedencia del ataque. Si habían conseguido ocultarse tan hábilmente con un conjuro de invisibilidad, había que tener un mínimo de respeto a los enemigos.
- ¡Los animales! Ispales, ¡te necesito!
- ¿Animales? – el grito de Aribeth me había asustado, pensé en la existencia de más enemigos en la sala que no había conseguido revelar -.
- Sí, los de Aguas Profundas. Trajimos unas especies raras porque hay rumores de que con ellos se puede conseguir una cura. ¡Seguro que han venido a por ellos! Ten – me ofreció una llave -, es del gran portón a la izquierda al salir de aquí. Yo no puedo ir, seguro que me han aplicado algún hechizo localizador, por eso sabían dónde estaba, y si voy hacia los animales les estaré diciendo dónde están. Ve, Tekai, avisa a los guardas, a quien haga falta, pero protege esos animales, que son nuestra última esperanza. Te lo ruego.
Un rostro tan bello nunca debería reflejar tanta aflicción, así pues me puse en marcha.
Chelo
¡Me alegro mucho! Y sobre todo, te agradezco que te molestes en comentar, muchisimas gracias.
Me alegro de que te vaya gustando, y sobre todo de que te hayas molestado en comentar. Sé que todo lo que narro aquí es bastante denso, así que agradezco de corazón que alguien se moleste en echarle un ojo. Un saludo y ah, ¡espero la continuación de tu historia!
Capítulo 3: Las criaturas de Aguas Profundas
Salí de la sala en la que estaba reunido con Aribeth y giré rápidamente hacia la izquierda con tal velocidad que más que introducir la llave pareció que la lancé contra la cerradura. Abrí el portón y tuve que reaccionar con premura para coger unas prendas al vuelo que me habían lanzado.
- Señor Tekai, ¡póngaselas! Es lo que nos diferencia de los enemigos, acaba de comenzar una batalla campal en la academia y nadie sabe quién es quién.
El joven que me había lanzado aquellos ropajes era el mismo que había venido a despertarme momentos antes. Me puse rápidamente aquella túnica básica de hechicero de Nohivern, que seguía siendo igual de detestable que cualquier vestimenta de allí, pero al menos ahora iba de azul. Del color de los buenos. Era agradable, si no necesario, ir bien identificado ante tanta confusión.
- Vamos, Señor Tekai, tenemos que seguir ayudando – dijo el joven mientras sacaba su lanza del cuerpo de un trasgo.
- Tenemos una misión más importante que lo que sea que estás haciendo, y necesitaré tu ayuda. ¿Sabes dónde están los establos, Pavel?
El chico sonrió al ver que recordaba su nombre y comenzó a guiarme. Necesitaba un guerrero, alguien diestro con las armas que hiciera de parapeto y de choque frontal con los enemigos mientras yo preparaba mis hechizos. Aún teniendo su ayuda, cogí una lanza insertada en el cuerpo de uno de los guardias fallecidos para mejorar mi cuerpo a cuerpo.
Avanzamos por los pasillos enfrentándonos a numerosos trasgos. Aquellas criaturas de cuerpo menudo parecían subhumanos afectados por la hambruna debido a su delgada constitución y tocados gravemente en el hígado por su color amarillento. Si a eso le sumabas su desagradable rostro de rata maquiavélica, yo agradecía que mis habilidades me permitieran atacarles a distancia. Por suerte, sucumbían ante mis proyectiles mágicos, un hechizo de bajo nivel que no me cansaba en demasía repetirlo constantemente. Atacaba con ellos a los enemigos que se acercaban a Pavel ya que, por mucho ímpetu que tuviera, seguía siendo un joven inexperto al que había que proteger.
Seguíamos adelante a buen ritmo hasta que en el último pasillo que desembocaba en los establos tuvimos que frenar en seco. Un ejército de trasgos aguardaba en la puerta, alguien había convocado aquella marea de criaturas detestables para retrasar a cualquiera que intentara llegar a la zona, consiguiendo así más tiempo para capturar a las criaturas de Aguas Profundas sin ser interrumpidos.
Indispuesto a dejar que se las llevaran puse las palmas de mis manos enfrentadas la una con la otra para que entre ellas surgiera una esfera luminosa blanca. Pronuncié las palabras precisas para activar el conjuro y de repente múltiples rayos de todos los colores salieron de entre mis manos hacia todos y cada uno de aquellos trasgos. De repente, las criaturas comenzaron a pelearse entre ellas. Pavel, que aún seguía perplejo por el despliegue visual de mi hechizo de enajenación, reaccionó y entendió que teníamos que aprovechar la confusión para atravesar el tumulto de criaturas y entrar en los establos.
- ¡Tarde! ¡Llegáis tarde! – un hombre de corta estatura gritaba en el centro de aquellas cuadras, jadeante y curvado con las manos en los muslos, hablaba entrecortadamente mientras tomaba aire -. Se las han llevado…
- ¿Esto es lo que ha enviado Lady Aribeth? ¿Por qué no ha venido ella misma? – el otro hombre que había en la sala, más recio y con menos pelo, me señalaba desde su imponente armadura engalanada con telas de costosa procedencia.
- Soy Tekai Ispalis, me envía la Señora, si hubiera venido ella habría delatado la posición de las criaturas.
- Para lo que ha servido… - el hombre de la armadura se retiró disgustado y mientras hacía un gesto de desprecio con el brazo, nos dio la espalda dejando ver el poco pelo gris que cubría los laterales y la zona trasera de su cabeza.
- Disculpad a Desther – el de menos estatura de los dos parecía haber recuperado el aliento -, como buen caballero no tolera bien la derrota. Llegamos cuando ya habían desligado a las criaturas y se esfumaron sin dejar pruebas. Es un desastre, Tekai, un desastre.
- Siento no haber llegado a tiempo, vinimos tan pronto como nos dimos cuenta del ataque.
- No te preocupes, habéis hecho bien llegando aquí vivos, muchos han caído entre estos muros durante la invasión. Buen trabajo. Os merecéis un descanso. Lady Aribeth y yo analizaremos la situación, haremos un plan de acción y os reclamaremos entonces. Mientras podéis descansar.
- No – intervino Pavel, cabizbajo, su flequillo rubio cubría su cara -. Si me disculpáis, yo abandonaré la academia. He visto morir a mi hermano, y yo mismo he sido incapaz de controlar mis nervios, no quiero volver a pasar por una situación igual.
- Te comprendo – contestó el hombre bajito -, y por eso no te pediré más de lo que ya has hecho por nosotros, que es mucho. Sin embargo, Tekai Ispalis, a ti te espero cuando te necesitemos. Aribeth me ha hablado muy bien de ti, puedes ser muy útil.
El hombre se despidió educadamente con una reverencia y se marchó. Yo acompañé a Pavel a la salida de la academia, intentando animar un corazón demasiado dolido por la pérdida de su hermano y le deseé lo mejor en su nueva vida. Seguramente ya no lo volvería a ver.
Decidí gastar mi recompensa en la mejor de las posadas de la ciudad, o al menos, en la que más alejada estuviera de los gritos de una “Muerte Aullante” que volvía a coger ventaja con este nuevo ataque.
Era el momento de descansar. Muy pronto Fenthick volvería a llamarme, pues así se llamaba aquel hombre educado de baja estatura que al parecer era el prometido de Lady Aribeth.
Y yo sigo agradeciendo que te sigas pasando por aquí, ¡no te imaginas cuánto!
Capítulo 4: Tekai Ispalis
Pasaron tres días hasta que recibí la nueva llamada de Lady Aribeth, con sus tres noches de aullidos que si bien podían parecer del más apoteósico de los licántropos, pertenecían a humanos. Humanos enfermos que veían cómo su tórax se convertía en una caja lastimera, la piel se resquebrajaba en jirones desprendiéndose si no permanecía de forma cadavérica, y los músculos se desintegraban creando un aspecto casi esquelético al que se le podía llamar de todo menos vida. Sin cura alguna, y desde que habían escapado las criaturas de Aguas Profundas, también sin esperanza.
En comparación, ver mi cuerpo sano era un privilegio impagable y el simple elitismo de afeitarme me parecía un insulto a la buena suerte. El único motivo que hizo que mi daga arrasara con mi vello facial era saber que iba a encontrarme con Aribeth. Me puse mi propia túnica de hechicero, unas telas negras con motivos rojizos en señal de su mágica resistencia al fuego. Como experto en hechizos de frío, el calor era mi peor enemigo y tenía que protegerme de él.
Había aprovechado aquellos tres días de estancia en Nohivern para entrenar el combate cuerpo a cuerpo. Como hechicero, el contacto físico no era mi fuerte.
Recordé entonces el momento en el que elegí dominar la magia, o ella me eligió a mí. Yo era un semielfo, el único nacido de dos humanos. Los miembros de mi raza son un híbrido entre un humano y un elfo, pero en mi caso no fue así. Sabía que ese era el motivo por el que me habían llamado en Nohivern. Buscaban cosas inexplicables, cualquier existencia más allá del conocimiento que pudiera dar luz a algo todavía más desconocido, “la Muerte Aullante”. La desesperación era tal que buscaban cosas que no comprendían por si pudieran tener una casual relación con otra cosa que tampoco entendían.
Yo nací humano, y las habilidades élficas me llegaron de regalo. Sentidos agudizados, conexión con la naturaleza y refinadas habilidades musicales, entre otras como una mayor longevidad. En el aspecto físico, poco había recibido. Mi cara no era para nada afilada, era más bien de facciones rectangulares, y mi pelo castaño oscuro empezaba a escasear. Empezaba a notar una alopecia que ya no me permitía mi antigua larga cabellera. Envidiaba a los elfos por su larga melena. Ellos no la perdían, o si lo hacían era muchos años más tarde debido a su longevidad. En el pálido color de piel sí nos parecíamos, pero en este caso por elección mía. Como experto en la magia del frío, el sol y yo no éramos muy amigos.
Recordé cómo las habilidades élficas invadían mi cuerpo, y yo al sentirme más poderoso sentía que tenía que aprovechar mi nueva condición para ayudar a los demás. Por eso decidí convertirme en mago.
Para sorpresa de mi maestro, yo aprendía los hechizos de manera exageradamente rápida. Eso no era bueno, ni malo. Significaba que nunca sería un mago, y que yo era un hechicero. Los hechiceros nos acostumbramos a controlar una energía interna que existe de manera innata en nuestro cuerpo. No la aprendemos, simplemente llegamos a saber cómo utilizarla en algún momento de nuestra vida. Para ello, no necesitamos leer interminables tomos de magia para aprenderlas. Y eso es un arma de doble filo. Nuestra velocidad de aprendizaje es más rápida, pero en cambio no podemos desarrollar hechizos más allá de lo que estamos predestinados, como hacen los magos con sus incansables horas de estudio.
“Si un enemigo llega a acercarse a ti, es que todavía no eres lo suficientemente buen hechicero”. Recordélas palabras de mi maestro como una guía de motivación. Y como uno nunca debe creerse lo suficientemente bueno, decidí entrenar también mis cualidades físicas por si tenía que entablar combate directo. Aprendí a manejar espadas cortas. Por suerte las bajas temperaturas de Nohivern no permitía un forjado adecuado del metal, creando armas menos consistentes pero más ligeras y manejables. Malas para cualquier guerrero, perfectas para un novato del combate físico como yo.
Aquellos días en Nohivern también los había dedicado a terminar un entrenamiento en el que llevaba varios meses trabajando, el de crear hechizos sin necesidad de moverme. Eso me permitiría llevar armaduras sin que me impidieran un movimiento rápido de brazos para ejecutar cualquier tipo de magia.
Até mi nueva espada a la cintura, puse la daga en el cinto y me dirigí a la academia a responder a la llamada de Aribeth. Habían estado tres días planeando el próximo movimiento. Esperaba no defraudar en cualquiera que fuera la misión que habían preparado para mí y que los aullidos comenzaran a cesar en la ciudad cuanto antes. Nohivern comenzaba a convertirse en un enorme cementerio.
Y yo te lo agradezco y valoro no imaginas cuanto. Sé que estos textos son densos de leer, más aún cuando todo hasta ahora es descriptivo, al final del próximo capítulo ya introduzco un personaje que es de mis favoritos y sé que le va a dar más sentimientos y agilidad a la historia (o eso espero).
Así que, de todo corazón, ¡gracias por molestarte en pasarte pora aquí!
Capítulo 5: Volver a empezar
La academia había cambiado radicalmente desde la última vez que estuve en ella, parecía que hubieran pasado cien años en sólo tres días. Habitaciones calcinadas como resultado de la batalla iluminadas por velas que recordaban a los jóvenes alumnos virginales en el arte bélico masacrados, y barnizadas con un tono de pesimismo y pesadumbre generalizado. La caída de tantos alumnos había dejado bastante hueco vacío en las instalaciones, justo lo que faltaba a los cada vez más afectados por “la Muerte Aullante”. Así pues, la academia se había convertido en un sanatorio.
Tuve que esquivar esputos sangrientos, trozos de carne que se separaban de aquellos cuerpos y una lástima creciente en mi corazón para poder llegar a la sala donde Aribeth y una docena de personas estaban reunidas.
- Debido a la cuarentena de la ciudad para evitar la expansión de “la Muerte Aullante” y con las murallas cerradas, las criaturas no han podido escapar, sin duda siguen en la ciudad. Y las vamos a recuperar – dijo Lady Aribeth en un tono optimista que no concordaba con su rostro y gestos.
- Sí, las vamos a recuperar, pero no será contigo al mando - replicó el hombre rudo que ya había visto anteriormente días antes en la academia, aquel veterano de engalanada armadura-. Si el honor corriera por tus venas, abandonarías el cargo tras haber perdido las criaturas y nos dejarías el control a mí y a mis yelmitas.
- ¡Desther! ¡No te voy a permitir que faltes a mi prometida! – el abad Fenthick Musgo había salido en defensa de su futura esposa -. Lord Nasher Alagondar la designó como la encargada para acabar con el Aullido, si dudas de ella dudas del Señor de Nohivern. Se te concedió un puesto en el Congreso porque la gente tiene mucha fe en la Orden del Yelmo, y fe es justamente lo que necesitan en tan aciagos momentos. Pero te ruego que no excedas tu papel.
Aquel menudo hombre reflejaba sabiduría, cordura y un saber estar acorde a las finas telas anaranjadas que cubrían su cuerpo.
- Bien, si no hay más interrupciones, os comunico que hemos optado por una acción a pequeña escala – continuó Lady Aribeth -. Las fuerzas de Nohivern bastante trabajo tienen con encargarse de los cadáveres y las rebeliones de la población asustada, además de que un ataque masivo sería poco útil cuando todavía no sabemos contra qué tenemos que enviarlo. Un ataque organizado y puntualmente medido nos hará más efectivos.
- Además de que implica utilizar menos gente – añadió Desther, por primera vez colaborador en lugar de crítico -. Vista la facilidad con la que entraron en la academia quizás deberemos evaluar a cada una de las personas con la que contamos, en lugar de reclutar en gran número y apresuradamente.
- ¿Insinúas que hubo un traidor en la academia? – cuestionó el abad Fenthick.
- Además de que fue un error la política de reclutamiento, sí.
Todos pudimos ver cómo aquellas palabras se convertían en un punzón en el estómago de Aribeth. Sus buenas intenciones se habían convertido en un plan fallido, ahora duramente criticado por Desther, líder de los caballeros yelmitas.
- Es una opción que he tenido en cuenta – decidió cortar el silencio la Señora -. Por eso he llamado aquí a los pocos en los que únicamente confío, y jamás irán en solitario a recuperar las criaturas, estando vigilados entre ellos. En este pergamino he puesto las parejas que he decidido formar y la zona de la ciudad en la que buscará cada una. Os deseo mucha suerte a todos. Os ruego tengáis mucho cuidado y que Tyr esté con vosotros.
No me hizo falta acercarme al pergamino como el resto de compañeros para leer mis anotaciones gracias a mi agudizada visión de semielfo. “Airina Westerday, Distrito de la Península”.
- ¿Airina? – grité para que una respuesta me mostrara quién iba a ser mi acompañante.
En una de las esquinas de la habitación se oyó un considerable ruido, como si se desmoronara una montaña de objetos. Giré la mirada hacía allí como todos y pude ver una delgada chica junto a una bolsa rota y montones de libros a su alrededor. Cobijada por las sombras intentando pasar desapercibida, había llamado la atención de todos en contra de su deseo.
- Yo… Yo soy Airina – la chica cuyos mofletes habían tomado un color rojizo como el rubí levantó su brazo para acompañar aquellas palabras.
No creo que continue la historia de Semarin, es solo una historia pequeña continuación de la grande que escribí hace una porrada de años atras (22 para ser exactos). Estoy reescribiendo la grande, pero la voy a cambiar un poco, estoy intentando cambiar un poco el formato y la idea en sí, pero llevará tiempo. Gracias por tu interés.
Jeje, es un nombre que ha ido evolucionando, siempre que hago un relato nuevo lo uso modificándolo un poco. Empecé con Dairana y esta vez ha tocado ese. ¡Millones de gracias por seguir pasando por aquí!
Muchísimas gracias por seguir leyendo, me alegra muchísimo. Y te animo con esa gran historia, espero que pongas algo por aquí. Un saludo.
LAS NOCHES DE NOHIVERN
Capítulo 6: Airina Westerday
Que Airina era una chica muy poco comunicativa se descubría en segundos, prueba de ello era que no habíamos hablado nada más allá de los saludos cordiales desde que habíamos salido de la academia.
Su físico tampoco ayudaba mucho a vencer su timidez, un cuerpo muy delgado con una cara de niña que reflejaba la más pura de las inocencias. Su melena rubia brillaba como el sol, aunque apostaba a que ella hubiera preferido un tono más oscuro de cabello para destacar menos.
Como en una parte de mi pasado yo había sido no mucho más extrovertido que ella, decidí no molestarla con conversaciones agobiantes y mantuve el silencio mientras recorríamos las calles de Nohivern hasta que ella decidiera o se atreviera a romperlo.
- ¿Cuáles son tus habilidades? – los tonos rojos volvieron a subir a sus mejillas -. Quiero decir… ¡No estoy interrogándote! ¡Ni tienes que responder si no quieres! Es que… Me gustaría conocer el estilo de lucha de mi compañero para saber cómo ayudarle mejor. O cómo estorbarle menos…
Reí ante su aturullamiento mental, de manera amable para quitarle preocupaciones y nunca de modo humillante.
- Soy hechicero.
La muchacha frenó en seco, sus ojos se abrieron de tal manera que hasta la luna llena habría envidiado tal amplitud mientras me señalaba inquisitivamente.
- ¿Hechicero? – gritó en medio del inminente anochecer de la ciudad justo antes de agachar la cabeza -. Yo… Yo soy maga…
- ¡Maldita empollona!
Casi pude escuchar su corazón acelerado al acompañar mi última exclamación con un rostro serio y hostil. Me arrepentí en seguida de aquella broma.
- Lo siento, Airina. Sólo bromeaba, no me importa que seamos… Que seamos lo que somos. Dicen que de lo que más se aprende es justamente de las opiniones contrarias a las propias, así que será un honor compartir esta misión contigo.
Históricamente, los hechiceros y los magos habían estado constantemente enfrentados. En cuanto al aprendizaje de la magia, eran conceptos totalmente opuestos. Los hechiceros eran genios que aprendían los hechizos de manera innata, mientras que los magos lo hacían tras horas de estudio. Se decía que hechicero se nace, mientras que el mago se hace. Los magos envidiaban que los hechiceros pudieran controlar hechizos que ellos tardaban años en adquirir tras pesadas e interminables horas de leer libros tediosos. En su lugar, a nosotros nos gustaría poder aprender leyendo y no estar limitados a lo que nuestro cuerpo decidiera ofrecernos.
-En la academia observé que usabas proyectiles mágicos y rayos de color para confundir. Espero que no sean lo mejor de tus habilidades – la chica volvió a avergonzarse al escucharse a sí misma pareciendo querer quedar por encima mía.
- Vaya, parece que eso no es suficiente para la señorita, tenemos aquí a una niña lista por lo que parece.
- A los doce años ya había leído más de mil libros… - esa frase la dijo en voz bajísima para no parecer que se jactaba de ello.
- Y sin embargo sólo sabes usar hechizos de protección y alguna llamarada.
Aposté que un escalofrío recorría su espalda, había dado de lleno.
- Escudo de protección y manos ardientes – dijo ella tocada en su orgullo -. ¿Cómo lo sabes? En la academia no hice más que esconderme, ¿acaso me conoces de antes?
- Llevas un escudo bordado en esos ropajes de seda, material sólo accesible para familias ricas. Debe de ser difícil sobrevivir con una actitud como la tuya en escalafones tan altos de la sociedad. Protección para evitar todo lo que no eras capaz de soportar y algún hechizo para demostrar que no eres tan débil como pareces; soléis elegir el fuego porque es más llamativo. ¿Me equivoco?
- Ya… Ya estamos llegando – señaló las puertas del Distrito de la Península con unos ojos realmente humedecidos.
- Sé como te sientes, Airina – aunque sabía que la muchacha quería dar la conversación por zanjada, me era realmente difícil quedarme impasible ante el sufrimiento de la gente -. Te comprendo más de lo que puedas creer. Aunque rayo de escarcha es uno de los hechizos que puedo utilizar, me llamaban chico de hielo antes incluso de aprender magia.
Mostré mi identificación como recluta de Aribeth a los guardas para que abrieran las puertas del distrito.
- A partir de aquí las cosas se ponen difíciles – dije mirando a un horizonte que comenzaba a sucumbir a la oscuridad de la noche -. Pero me siento más seguro con la maga más prometedora de los Westerday a mis espaldas.
No me hizo falta mirar hacia atrás para saber que los ojos de la muchacha habían empezado a derramar lágrimas. Las personas que se sienten débiles durante toda su vida se emocionan ante el mínimo reconocimiento. No había mostrado mi confianza en ella sólo para que se sintiera mejor, de verdad creía en el potencial de esa chica. Por mi desarrollada capacidad de empatizar, deseaba que así fuera y pudiéramos volver a atravesar las puertas del distrito de vuelta sanos y salvos.
Pero me gusta, se notan tus influencias del rol clásico y como buena friki no puedo rechazar eso^^
Jeje yo el Baldur's Gate lo tengo en la lista de juegos que tengo que jugar. Bueno... en tiempos de guerra se puede ver cualquier raza atacando a cualquier otra raza. Más triste aún, si es que hay algo más triste que matar a secas, matándose incluso personas de la misma raza entre sí. De todas formas sólo pretendía una pequeña anotación sobre el pasado del personaje como introducción, al que habrá que volver. Muchas gracias por pasarte por aquí, por molestarte en leer, y por comentar!!! De corazón.
LAS NOCHES DE NOHIVERN
Capítulo 7: La prisión
Los ruidos del choque del metal adornaban como burdas campanas los gritos de los guardas que intentaban organizarse junto a los que los presos emitían en honor a la cercana libertad.
- Ten mucho cuidado, Airina, y si se acerca un preso a ti, no dudes ni un segundo en utilizar esas manos ardientes.
- ¿Qué? – me contestó la joven maga sorprendida -. No pienso hacer daño a nadie. No… No sería capaz.
- He conocido a mucha gente que no era capaz, y que ahora reposa bajo un manto de flores – seguíamos apoyados de espalda al muro externo de la prisión ocultando nuestra presencia, buscando el momento oportuno para atravesar el patio sin ser vistos y entrar en las instalaciones.
- Nunca he…
- ¿Matado a nadie? – terminé su frase -. Siempre hay una primera vez, la que te acompaña durante largas noches de pesadillas hasta que hay una segunda vez, y una tercera. Y entonces uno se acostumbra y ya no es matar lo que te tortura, si no el si esa ejecución era justa o no. Hay situaciones en las que o se mata o se muere, y sólo se puede seguir vivo si actúas de manera coherente.
- Ya – escuché mientras me asomaba para ver si teníamos vía libre para avanzar -, pero es que no sabemos si es justo. ¿Quién te dice que esos presos no están ahí sólo por robar un trozo de pan? ¿Merecen la muerte?
- Nadie huye de una prisión por robar una barra de pan, no se arriesgan a una condena eterna para librarse de unos días de castigo.
- ¿Ni siquiera con el Aullido pisándoles los talones?
Suspiré. La muchacha tenía razón.
- Está bien, no ataques a nadie. Tú utiliza tu hechizo de protección para ayudarnos a sobrevivir, yo me encargaré de los conjuros ofensivos. Vamos, ahora no nos ve nadie.
Avancé unos pasos hasta que noté que no me seguía, obligándome a retroceder de nuevo tras el muro.
- ¿Qué haces? Era el momento oportuno.
- Que tampoco quiero ser cómplice de alguien que está dispuesto a matar.
- Airina – puse mis manos en sus hombros para intentar ser más persuasivo -, esos hombres son asesinos, violadores, te matarán si no les atacas tú. He viajado demasiado para saber que esa escoria no merece vivir si ello conlleva retrasarnos en la búsqueda de una cura. Hazme caso, tú…
Me arrepentí en demasía de unas palabras que ni siquiera llegué a decir.
- Yo, ¿qué? – contestó tan desafiante como dolida -. Yo soy una niña rica que siempre ha vivido en su palacio ajena a todo ese mal, y por eso no sé nada.
- No, Airina, lo siento. De verdad. No quería decir… - saqué uno de los pergaminos de mis bolsillos y se lo entregué -. No lo abras hasta que no acabemos la misión, esa será mi disculpa, pero ahora hay cosas que hacer. Entraremos sigilosamente y saldr…
¡Bum! Una explosión lo suficientemente fuerte como para fragmentar el muro en el que estábamos apoyados decidió dar por finalizada nuestra conversación. Los fragmentos despedidos de la piedra del muro hostigaban mi cuerpo y lo que más me dolía era ser incapaz de calcular el alcance de mis heridas más allá de saber que no podía levantarme del suelo.
Cuando pude abrir los ojos y ser consciente de lo que había ocurrido había un hombre frente a mí con una espada bastarda dispuesta a ser clavada en mi pecho. Tumbado en el suelo y sin poder moverme pude ver cómo bajaba el metal dispuesto a atravesar carne y hueso. Bajó a tal velocidad que hizo silbar al aire y me pareció extraño que de repente mi caja torácica sonara como un cristal al romperse, aparte de no notar dolor alguno. A dos dedos de mi pecho se desplegaba una capa de diamante invisible y efímera que frenó el ataque progresivamente haciendo que el filo no pudiera llegar a mi cuerpo.
La capa cristalina que me cubría se llenó de sangre por su parte más alejada de mí y en tonos rojizos pude ver que del pecho de mi agresor salía la punta de una daga.
El cuerpo del que quería ser mi verdugo cayó inerte a un lado y tras él pude ver una joven y delgada figura de melena rubia que respiraba enfurecida. El mismo cuerpo que había ejecutado segundos antes el hechizo de protección sobre mí para otorgarme aquel escudo transparente y que había matado a mi agresor por la espalda. Una niña que en aquellos momentos parecía de todo menos una niña. Apretaba fuertemente y con rabia el pergamino que le había dado momentos antes.
- Por tu bien, ¡espero que la disculpa que pone aquí valga la pena y que lo que acabo de hacer haya sido justo!
Me levanté como pude, la culpabilidad me daba la energía necesaria para sobreponerme a las heridas de la explosión. Fui hacia ella y la abracé fuertemente, temeroso de romper su fragilidad. Lloró. Mucho. De tal manera que su llanto se imponía sonoramente hasta a los poderosos aullidos de los enfermos alrededor.
Me acababa de salvar la vida, y sin embargo no sentí que fuera el único motivo por el cual supe que nuestras existencias iban a estar unidas a partir de ese momento para siempre.
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Jeje me alegro, a mí me encanta ese personaje, espero seguir tratándola bien. ¡Millooooooooones de gracias por seguir apareciendo por aquí!
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Capítulo 8: La llave de la prisión
Me giré para ver a la dueña de aquellas palabras sin dejar que Airina cediera ni un centímetro entre mis brazos.
- Soy Sedos Sebile, al cargo de la guardia de Nohivern en el asunto de la prisión. Repito, ¿estáis bien?
Los capitanes no tenían uniforme regulado, por lo que sus telas casi transparentes acompañadas de una ropa interior y unas muñequeras de cuero endurecido no me permitían saber si mentía o no. Pero el hecho de que no hubiera desenvainado su espada me daba la suficiente confianza para creerla.
- Ella sí, yo un poco tocado. Pero estaré bien en unos segundos.
Busqué una poción de curación de mi bolsillo. Por suerte algunas botellitas permanecían intactas tras el ajetreo anterior. Mantuve la respiración mientras tragaba aquel compuesto de insoportable sabor. Se decía que muchas personas en estado crítico habían perecido por ser incapaces de tragarse la poción sin vomitar. Noté el efecto balsámico y cómo mis músculos y huesos se recomponían instantáneamente.
- ¿Qué ha pasado aquí?
- Un motín – dijo la capitana mientras se cercioraba con su vista de que la poción curativa cumplía su objetivo -, o algo peor. Han tomado la prisión. Alguien desde dentro se ha apoderado del edificio, y ha dejado escapar a los presos para crear confusión. No sabemos mucho más, porque no podemos entrar. Tienen muchos hombres en las puertas, y magos en las ventanas. Esa explosión la hizo uno de ellos, en cuanto ven a alguien cerca los alejan de esa manera. Estamos esperando refuerzos por parte de Lord Nasher para hacer un ataque frontal. Pero dudo que venga alguien.
Airina y yo nos miramos y no hizo falta palabra alguna para delatar nuestros pensamientos. Posiblemente el autor del robo de las criaturas, el enemigo de Nohivern se había apoderado de la prisión como base de operaciones. Viendo que aquello más que una penitenciaría tenía aspecto de fortaleza, no había hecho mala elección. Pero era una hipótesis que teníamos que confirmar.
- Bien, vamos a entrar.
- ¿Cómo? – preguntó Sedos sorprendida mientras me giraba para observar la imponente prisión.
- ¿Tienes arqueros?
- Algunos ballesteros creo que sí, ¿piensas romper esa gran roca con flechas?
Airina rió ante el irónico comentario, aunque apostaba que con su brillante inteligencia ya era capaz de saber lo que estaba pensando.
- Quiero que apunten a las ventanas, y que a la mínima señal de luz disparen, que no permitan completar los hechizos a los magos que tienen allí de vigilantes. Eso me permitirá atravesar el patio hasta la puerta sin explosiones ni sorpresas. ¿Me permites?
- ¿Y después? – se sobresaltó un poco al ver que cogía su espada corta.
- Después ya es cosa mía.
Blandí su espada y la mía con los dos brazos para comprobar la diferencia de peso entre ellas y saber qué fuerza aplicar a cada una para hacer ataques simétricos con ambas manos. La lucha a dos espadas no es que fuera mi especialidad, apenas la había utilizado más que para impresionar a algunas chicas. No sé si la elección de tomar los dos filos era más por utilidad o porque Airina estaba presente. La miré y afirmó con la cabeza, así que supe que ella tenía claro su papel.
- Bien, todos preparados. ¡Vamos allá!
Salí corriendo hacia la puerta recortando la larga distancia entre el muro y la puerta de la prisión. Apenas alzaba la vista de vez en cuando para ver que las luces que aparecían en los ventanales se apagaban al segundo debido al buen trabajo de los virotes de los guardias. Incapaces de pararme con la magia, pude ver algunos de los hombres apostados en la entrada tensar su arco. Las flechas quedaban sin dar en el blanco insertadas en el escudo de protección que previamente Ainara había preparado para mí. Una vez recorrido la mitad del camino me puse a concentrarme en las palabras que tenía que aplicar y una luz blanca se hizo cada vez más grande frente a mi pecho, hasta que una vez invocado el hechizo multitud de luces de todos los colores salieron de mí viajando hacia sus objetivos. Los enemigos empezaron a luchar entre sí y yo frené en seco para hacer una señal a los guardias de que podían comenzar su avance. Sedos Sebile no parecía estar muy segura de dar la orden.
- ¡Ahora! Estarán un tiempo confusos por el hechizo de enajenación, sin saber a quién tienen que atacar. ¡Tus guardias lo tienen más fácil ahora para entrar! – Ainara gritó tanto para explicarle la situación a Sedos que la mujer no tardó en ordenar el avance.
Mientras me dedicaba a clavar mis espadas en carne enemiga una tras otra pude ver llegar al grupo de guardias que no tuvieron dificultades en asegurar la entrada ante unos enemigos confusos y desorganizados. En apenas unos minutos conquistamos el portón y la entrada a la prisión.
Estábamos dentro.
Chelo
Chelo
Y yo sigo agradeciéndolo, y ultravalorándolo. No sabes lo que me alegra
Jaja es la misma, es lo que tiene reutilizar los nombres como te comentaba anteriormente. Ainara era otro personaje a través del cual he ido evolucionando el nombre, y mi Word lo reconoce pero Airina todavía no, así que me lo ha cambiado ahí automáticamente...
Así que además de agradecerte que leas, ahora tengo que agredecerte que me ayudes a darme cuenta de los fallos. Gratitud duplicada, ¡si es que se puede doblar el infinito!
Sí, sí, es una errata, bien visto. Como siga metiendo erratas así voy a tener que llamar a los desratizadores. Jaja, qué simpática forma de mostrar un error, ¡te lo agradezco!
LAS NOCHES DE NOHIVERN
Capítulo 9: Devorador de intelectos
Uno de los guardias había encontrado algo más que pasillos plagados de repugnante olor por los excrementos acumulados de los prisioneros y nidos de ratas. Sin duda la privación de libertad era el menor de los castigos que recibía uno al ingresar en la prisión. La angustia que generaba el tétrico paisaje y algunas máquinas de tortura que nos brindaban su presencia así lo atestiguaban.
- Sólo al parecer – la capitana dio un sobresalto al escuchar la voz del carcelero jefe -. Los que estarán muertos más que en apariencia seréis vosotros. Vuestra plaga no me importa, a mí no me afecta, y no dejaré que me utilicéis para acabar con ella.
- ¡Es un devorador de intelectos! – Airina hizo alarde de su sabiduría -. ¡Se apoderará de la cabeza de ella!
Sebile intentó quitarse la criatura de encima pero fue demasiado tarde. Aquel cerebro andante pareció desaparecer, y con él toda esperanza de vida de la capitana. La mujer cerró los ojos y vio como su cuello perdía rigidez, permitiendo que su barbilla acariciara su pecho.
- Vuestra enfermedad me da igual, no permitiré que me utilicen para curarla – decía ella, si es que era ella.
- Se ha introducido mágicamente en su cabeza y ha devorado su cerebro ocupando su lugar, ahora es la criatura la que la controla – Airina retrocedía asustada mientras decía esas palabras.
- ¿Entonces qué?
Cogí mis espadas con fuerza y las dirigí hacia la capitana como respuesta a la pregunta de uno de los hombres de Sebile.
- Ya no es nada. Habéis oído a la chica. Se ha comido su cerebro. Ya no… Ya no es nadie. Tenemos que matarla si queremos hacer salir a la criatura. Entiendo que vosotros tenéis más relación con Sebile y os costará más esfuerzo, así que os haré el favor de ejecutarla yo mismo, salvo que alguien quiera hacerlo en mi lugar.
El silencio evidenció los pensamientos de los guardias, por lo que puse las espadas cruzadas. Airina comenzó a sollozar. Puse el cuello de Sebille entre mis armas y las moví fuertemente cada una a un lado, decapitando a la capitana. La criatura volvió a hacer estallar su cráneo antes de que llegara al suelo en busca de un nuevo objetivo en el que sobrevivir.
Pero la joven maga no iba a permitírselo. Airina ejecutó el conjuro de manos ardientes inundando selectivamente la habitación de fuego, intentando no herir a ninguno de nuestros compañeros con el objetivo de freír a aquella criatura.
Airina tenía razón, así que yo mismo me lancé por la ventana que la criatura había utilizado para huir. Pude escuchar el grito de la muchacha al ver que me lanzaba desde aquella altura de tres pisos. Por diferencia de peso caía más rápido que aquel cerebro, lo que me hizo alcanzarle y poder ensartarle con mi espada, dándole muerte.
- Aquí arriba, pequeña – le dije sentado en un saliente de la pared exterior por encima de la ventana.
- ¿Cómo lo has conseguido?
- Feyr – señalé a una figura que todavía aleteaba por el tejado de la prisión -. Es mi gárgola de hielo. Nunca me ha fallado, y gracias doy de que no lo haya hecho ahora.
- ¿Un familiar? ¿Has convocado un familiar? ¿Sabes convocar familiares? – la chica parecía entusiasmada -. ¿Me enseñarás a hacerlo?
- Por supuesto, pero antes tenemos que llevarle algo a Lady Aribeth.
Observé una vez más el cadáver del devorador de intelectos que reposaba clavado en mi espada como un pollo a punto de ser cocinado.