Cuatro wiskis ya y eran tan sólo las seis de la tarde. Acodado en una punta de la barra, de lado, veía todo el local. Un poco más lejos, la mujer de sus sueños, con un vestido corto, rasgado, de filigranas rojas en fondo de oro, parloteaba con el camarero. El la miraba de arriba abajo y luego volvía a subir, despacito, sin prisas en la oscuridad de escote, con los ojos entrecerrados, como las alas de un coleóptero a punto de emprender el vuelo. En ese momento, después de besar la copa de Drambuie, ella alzó la cabeza y su larga melena baya se estremeció entre los hombros; su risa, como un coro de níños, atravesó la música como otra música, sonaba "Una historia de play back", entre las paredes.
En ese mismo instante entró el garañón, alto como la puerta, detrás sus dos amigos. Se instalaron entre ella y él, pidieron sus copas entre relinchos y risotadas. La voz del garañón tronó en el espacio. Sus amigos le palmeaban la espalda vigorosa y se empujaban y zarandeaban jugando. Ella puso su pupila negra en la comisura del ojo para ver su fuerza debajo de la camisa, la levantó para ver su mandíbula morena y se tropezó con unos ojos dilatados en un charco amarillo. El con la inercia del brazo le tocó la barbilla, dilatándose un segundo, la piropeó. Ella expresó su asco en el rostro y le apartó la mano. "No me vuelva a tocar nunca", le escupió en su mentón agujereado. "Que bonita te pones cuando te enfadas, te salen chispas de los ojos", respondió el garañón agarrandole las dos muñecas, entre las sonrisas de sus compinches.
"Ella dicta en la sombra y tu... solo mueves los labios".
El hombre de la punta de la barra salta hacia atrás y alzando el taburete metálico, golpea con toda su fuerza en la cabeza del garañón, que cae a plomo, con las patas de la banqueta a la defensiva, se enfrenta a los colegas, blancos como el queso blanco, que intentan recoger al amigo que es una mueca en el suelo. "¡Fuera, hijos de puta, fuera!". Los escuderos agarran al tipo que deja un hilillo de sangre y lo sacan fuera; uno llama a un ambulancia. Ella se tapa los ojos con las dos manos y chilla: "¡No, no, no..., no...!". El susurra a unas manos, "Lo siento, lo siento."
"No digas una palabra más, no me fio de tí ya oí..."
Un revuelo de sirenas, silencia la canción en la penumbra de un crepúsculo de verano, dentro del bar.